LEJOS de disminuir, la crispación entre los partidos políticos, especialmente entre los que tienen la mayoría en el Gobierno, sus constantes confrontaciones, se han multiplicado en las últimas semanas, Pepe Ignacio. Las acusaciones mutuas de corrupción y la influencia en algunos sectores de la Justicia y de las Fuerzas de Seguridad que han tenido o tienen a sus órdenes o cuya designación depende o dependió de su voto está extendiendo aún más el descrédito de la clase política, que ya iba impregnando, como mancha de aceite, la falta de confianza de los ciudadanos, al observar cómo los políticos de todo el mundo, y en especial los españoles, que son los que más nos importan, siguen fracasando en el modo de afrontar la crisis económico-social y política que ya se ha convertido en constante crisis del sistema democrático.
Crisis que se está acercando a los perfiles de varias democracias iberoamericanas y africanas, en las que los distintos poderes se confunden y corrompen, desequilibrando el delicado andamiaje que es el mecanismo de los contrapoderes. Que no están para hacerse la guerra, sino para que, desde su libertad, independencia y autonomías equivalentes, cumplan cada uno con su papel constitucional y no se dediquen a entorpecerse unos a otros, lo que beneficia siempre al poder ejecutivo, que es el que, en último término, tiene la responsabilidad de gestionar los recursos y las políticas que deciden las mayorías.
* * *
La degradación del sistema democrático no es de hoy, Pepe Ignacio, procede de su propia implantación histórica. Como dijo Churchill, es "la peor forma de gobierno, excepto todas las otras formas que se han probado de tiempo en tiempo". La cuestión hoy es que, tras la II Guerra Mundial, los procesos de descolonización y la caída de las llamadas "democracias socialistas", lo único que ha funcionado ha sido la democracia capitalista, a base de sucesivos procesos especulativos de acumulación de la riqueza que, al menos durante el último tercio del pasado siglo, produjo extensas mejoras de la distribución de lo que llamamos "estado del bienestar", que sólo pudo ser disfrutado por una minoría del Occidente desarrollado, a costa de la explotación, la especulación y el sometimiento de la mayor parte de la población y de los recursos de la Tierra por unas minorías dirigentes depredadoras.
La caída del comunismo no fue seguida de una depuración de los sistemas democráticos, sino que se intensificaron los mecanismos de corrupción y especulación capitalista. Pasamos de la burbuja de la producción en masa para extender el consumo desaforado, a la burbuja tecnológica y de la globalización, para entrar ahora en la burbuja de la especulación petrolífera y del gas natural, los dos combustibles de los que dependemos desde hace más de sesenta años. Un mecanismo consumista que ha depauperado el planeta y, si bien ha extendido un mayor reparto de los bienes de consumo en gran parte de la población mundial, especialmente en los países propietarios de esas riquezas energéticas, no ha mejorado una justa distribución de los beneficios, sino que ha propiciado mayores acumulaciones de capital especulativo y mayores bolsas de pobreza y miseria.
El llamado "occidente desarrollado" se encuentra ahora con la competencia financiera del mundo islámico, que ya no es sólo rico en recursos petrolíferos, sino que dispone de un nivel de reservas financieras y conocimientos tecnológicos, por lo menos equivalentes a los del mundo occidental. Con la ventaja para los dirigentes islámicos de que son regímenes autoritarios que no tienen que dar cuentas a sus electores.
* * *
Canarias, toda España, necesitan sumar esfuerzos para salir de la crisis, y evitar que sus políticos sigan peleando por el reparto de las migajas del banquete y de la fiesta que ya acabó. Ahora se trata de hacer un esfuerzo por repartir mejor la escasez de medios económicos, de trabajo y de oportunidades que la crisis nos ha traído. Pero los dirigentes de todo tipo tienen que predicar con ejemplos de austeridad, creatividad y eficiencia en la gestión; lo que pasa por una renovación a fondo de las clases directivas de todo el mundo. Estados Unidos ha dado el primer paso. Veremos si la cumbre del G-20 y la reunión posterior con la OTAN y la UE contribuyen a reorientar las políticas globales, tanto en el plano económico como geopolítico y estratégico, antes de que, como algunos expertos auguran, sus errores nos aboquen a una nueva confrontación universal. Como sucedió con las grandes crisis anteriores.
* * *
En una situación como la que vivimos, los electores tenemos que apoyar a los líderes que estén dispuestos a políticas de unidad, austeridad y sacrificios bien repartidos. Jubilando a su suerte a los políticos corruptos que se hayan distinguido por depredar el presupuesto y realizar una ineficiente gestión de los recursos públicos y de las parcelas de Gobierno, en el nivel que les haya tocado administrar.
Una democracia regenerada debería establecer más duros regímenes de incompatibilidades en los dirigentes políticos y económicos, así como sistemas de elección y selección en los que tuvieran más participación los ciudadanos, bien para la conformación de las listas electorales, limitando el papel de los partidos, o la designación de los directivos de empresas privadas.
Porque el fundamental desafío del sistema democrático en esta era de cambio que vivimos no es el uso alternativo del derecho cuando se alcanza el poder, como viene practicando el "zapaterismo" vigente, sino que pasa, Pepe Ignacio, por la recuperación de la confianza y la transparencia del sistema democrático y de sus dirigentes, tanto políticos como económicos y sociales. No pueden ser unas castas privilegiadas y depredadoras del esfuerzo colectivo, sino que han de ser el espejo de honestidad, capacidad de sacrificio y entrega en el que se miren la pluralidad de personas que aspiramos a vivir en un sistema democrático libre, digno y justo. De ahí nuestro deseo de regeneración.
* * *
Aquí, en nuestras islas, malos están los tiempos para soñar con la soberanía y la independencia. O, por el contrario, ¿queremos a río revuelto ganancia de pescadores? Lo que nos hace falta es menos xenofobia, menos pleitos insulares, más laboriosidad, competividad y eficiencia en nuestro trabajo y necesitamos de quien venga de verdad a crear riqueza. No de otros para llevarse los beneficios obtenidos a la orilla africana, con el pretexto de frenar el éxodo de los cayucos, cuando en realidad van a aprovechar la mano de obra barata que allí existe para trabajar con nuestros conocimientos sobre la agricultura, el comercio y el turismo, en contra de los intereses de Canarias.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD