CUARENTA y tres menores de un total de sesenta y cinco personas suponen un porcentaje elevado que no me he puesto a calcular. Tampoco merece la pena hacer cábalas sobre lo que hubiese ocurrido en el ámbito mediático -y en cualquier ámbito- si uno sólo de esos menores llegado a El Hierro en un cayuco se hubiese ahogado, como sucedió hace poco con una patera cuando intentaba alcanzar la costa de Lanzarote. El lunes leí que países como Mauritania, Senegal, Gambia o Guinea culpan a España de esta desgracia, argumentando que la vigilancia de las costas canarias está desatendida. ¿Y qué pasa con los que dejaron salir a la patera? ¿Y con los gendarmes marroquíes que, al parecer, miraron para otro lado? ¿Lo hicieron porque estaban cansados y no tenían demasiadas ganas de trabajar, o porque alguien se los ordenó? En dos palabras, y prescindiendo de rodeos, ¿ha utilizado Marruecos desde siempre la salida de pateras hacia Canarias y el sur de la Península como un elemento de presión en sus relaciones políticas con España?
Cuarenta y tres menores de un total de 65 personas me siguen pareciendo muchos menores. ¿Quién y por qué?, me pregunto. ¿Quién embarca a niños en unas frágiles embarcaciones para que realicen una travesía al borde de la muerte? Las mafias, claro. Y nos quedamos tan tranquilos con la respuesta. Porque las mafias, convertidas de pronto en instituciones de misericordia, se dedican a recorrer altruistamente los países africanos para seleccionar a los mejores adolescentes y traerlos de gratis hasta Canarias. No son los familiares de esos niños, empezando por sus padres, quienes pagan la ingente cantidad -ingente teniendo en cuenta la economía de los lugares de origen- que cuesta un puesto en cualquiera de esas barquillas. "No permitas que la realidad te estropee un buen titular", me decía un señor al que tuve por jefe cuando frecuentaba las redacciones de los periódicos. No permitas que la realidad te estropee el cliché preconcebido de que lo malo siempre está en una orilla -la nuestra- y lo bueno en la otra. En fin, el quién está claro; falta dilucidar la razón del porqué. Pues, sencillamente, porque los menores se quedan en España. Ni uno de los que han llegado a Canarias ha sido repatriado. Un beneficio añadido para las Islas, pues son adultos en ciernes con ganas de trabajar y de abrirse camino en la vida, y un empobrecimiento adicional para los países de los que proceden, que están perdiendo lo mejor de una generación. Lo mismo que le ha ocurrido durante medio siglo a la Cuba castrista -la mejor gente de ese país hace tiempo que vive en el exilio-, y que le sucedió a la España franquista durante los primeros años de la dictadura. Las razones para salir de África no son, principalmente, políticas. El resultado, empero, es el mismo.
No obstante, el porqué de tantos niños en un cayuco tiene otra respuesta más sórdida. Esos menores antes o después se harán mayores, con lo cual sus parientes pueden optar a la reagrupación familiar y encontrar un hueco al sol del primer mundo. Una estrategia planeada a medio plazo. Un país serio -¿es España un país serio?- no puede consentir que le metan entre las piernas goles tan burdos y que luego, por si lo anterior fuera poco, lo culpen no sólo de la goleada sino de las tragedias añadidas.
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