ALGUNAS noches, cuando acabo tarde en la oficina, paso por delante de un supermercado que a eso de las diez sacan en contenedores de basura los productos caducados. Alimentos que todavía se pueden consumir con garantías sanitarias, pero inservibles para la venta al público porque ha pasado la fecha límite. No ahora, cuando la crisis económica está presentando los primeros síntomas de hambruna, sino desde hace mucho tiempo, presencio en esas noches escenas penosas. Un nutrido grupo de mendigos -quince, veinte; a veces más- esperan la salida de los contenedores. Apenas los empleados del supermercado los sacan a la calle, se abalanzan sobre ellos como una bandada de gaviotas famélicas. Tanta es la necesidad de los necesitados -redundo a propósito-, que los responsables del supermercado han contratado a guardias de seguridad para evitar altercados entre ellos.
Esto que les estoy contando ocurre no sólo ahora; ocurría ya hace un año o año y medio. Ahora es peor. Muchas noches he caminado rápido por aquel lugar, mirando hacia otro lado, como si nada de aquello me incumbiese. ¿Me incumbe? Hace poco, sin embargo, me senté en el banco de una cercana parada de guaguas para presenciar toda la escena: el antes -la espera nerviosa de los mendigos-, el durante -la avalancha lastimosa sobre los contenedores de basura, mientras los operarios del camión de recogida lo vacían deprisa para que esa ejecución de la dignidad humana acabe cuanto antes- y el después; el después comienza cuando el camión de la basura ya se ha marchado, los seguritas se han retirado y los pordioseros inician una pelea de perros entre ellos para disputarse la magra cosecha de la jornada.
Esa noche me quedé a presenciar aquella escena penosa no por morbosidad; ni siquiera para flagelar mi mala conciencia. He aprendido que se vive mejor sin conciencia; ni buena, ni mala. Permanecí allí por cierto sentimiento de morriña. Hace muchos años -un cuarto de siglo, si no me falla la memoria- vi escenas parecidas en la capital del Perú. Algunas tardes, cuando no encontraba nada mejor que hacer, recorría los llamados pueblos jóvenes que circundan a Lima -Leoncio Prado, Tres de Julio, Los Laureles?; aún me suenan sus nombres- para fotografiar su miseria. Kilómetros menesterosos de suburbios interminables, habitados por personas de mirada ausente expulsadas de la Sierra por el terrorismo de Sendero o por el hambre, que acaso sea la forma más abismal de terror. Jamás pude imaginar que veinticinco años después vería lo mismo no en los aledaños de la Costanera, sino en pleno centro de Santa Cruz.
Por aquellos días, el Gobierno peruano decretó que los alimentos no consumidos en restaurantes, e incluso en banquetes oficiales o privados, se distribuyeran entre los pobres. Acabo de leer que la Dirección General de Comercio del Gobierno de Canarias se ha reunido con la Asociación de Supermercados para plantear, como una medida de urgencia, repartir entre los sectores sociales más necesitados la comida en buen estado que se tira a la basura por caducada. Nunca es tarde para equipararnos con lo que suponíamos superado.
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