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El embrollo vasco

8/mar/09 07:35
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LAS ELECCIONES autonómicas gallegas y vascas se han saldado con un retroceso claro de las opciones nacionalistas que concurrían a ellas. En Galicia, el Bloque Nacionalista Galego (BNG) ha sido expulsado del gobierno regional como consecuencia de la mayoría absoluta reconquistada por el PP, y en el País Vasco los partidos separatistas han perdido la mayoría absoluta parlamentaria, aunque ha vuelto a ganar el PNV.

El caso gallego ha sido nítido: al Partido Popular le ha sobrado un escaño de los necesarios para obtener mayoría, lo que ha desactivado el riesgo de que los gallegos residentes en el extranjero acabasen decidiendo el color del gobierno autónomo. Alberto Núñez Feijóo, pues, será el próximo presidente de un Gobierno monocolor, y su política irá encaminada, primero, a corregir los disparates de los últimos cuatro años, tanto en materia lingüística como en la administración corriente del dinero público, muy necesitada de un cambio profundo ante el espectáculo de despilfarro protagonizado por la extraña coalición de socialistas y separatistas.

Complejidad

Más complejo es el panorama resultante de las elecciones vascas. Ha ganado, como era previsible, el Partido Nacionalista Vasco, que ha obtenido 30 escaños de los 75 de que consta el Parlamento autónomo; pero la ausencia de la candidatura de la ETA y la decisión de la banda de pedir a sus votantes un voto nulo ha propiciado que entre el sensible crecimiento del partido socialista (25 escaños) y el hecho de que el PP haya salvado los muebles, como suele decirse (13 escaños), la mayoría absoluta parlamentaria esté controlada por esos dos partidos.

La primera reacción del PNV fue reivindicar como partido más votado no sólo su presencia en el Gobierno autonómico, sino también su Presidencia. Pedir es gratis. Su argumento era que el PP ha sido siempre contrario a las coaliciones de perdedores. Y eso es cierto, pero sólo cuando ha sido la fuerza más votada; en Canarias, por ejemplo, la teoría no se hizo realidad, sino todo lo contrario. Y, además, a estas alturas parece un poco pueril esta reivindicación, visto lo visto. Aquí todos van a tocar poder, y pensar otra cosa es estar en la luna.

La situación es endemoniadamente complicada: el PNV, partido ganador, está a expensas de la decisión de los otros dos (el resto de partidos parlamentarios es irrelevante), que están en condiciones aritméticas de gobernar juntos. Pero, ¿lo están también políticamente hablando? De momento no hay respuesta clara a esta cuestión clave. El PSE parece que quiere a toda costa la Presidencia, pero sería la primera vez desde 2004 que algún socialista accediera a otorgar al PP algún protagonismo político; además, una coalición con los populares eliminaría el apoyo del PNV a Rodríguez Zapatero en el Congreso, y no cabe descartar que, con un Gobierno autonómico que haya enviado a los nacionalistas a la oposición, los terroristas decidan intervenir en la política vasca a su manera, es decir, con atentados, con víctimas o sin ellas, y con la agravante de que en estas circunstancias tendrían más encubridores de sus delitos.

Ahora, en esta primera fase de contactos, el socialista López pide al PP el voto para ser lehendakari, a primera vista a cambio de nada, para negociar después lo que haya que negociar; lógicamente, el popular Basagoiti exige, para empezar, que López defina su política en unos cuantos puntos centrales en los que hasta ahora se ha mostrado ambiguo, además de pedirle seguridades de que no cambiará de aliados a media Legislatura. Hoy todavía no se sabe que haya obtenido respuesta.

Si López quiere ser lehendakari, o bien acepta los planteamientos del PP, o bien negocia con el PNV una coalición. Esto no es ningún disparate, porque eso permitiría a los nacionalistas conservar poder en lugar de ir a las tinieblas exteriores de la oposición después de treinta años de mandar. Pero quizás es demasiado pronto para dar una coalición PSE-PNV en estos términos; antes ha de haber muchos regates, muchos órdagos, muchos faroles y muchas horas de conversar, romper y volver a conversar. Y si bien esta alianza tendría muchas más ventajas que inconvenientes para ambos, la cuestión de la Presidencia podría acabar enviando la operación al traste.

Vienen, pues, ahora semanas de mucha intoxicación informativa, mucha desinformación y mucha confusión entre lo que debería ser análisis de la situación y lo que puede ser sólo la expresión de los deseos de unos y otros. Nadie lo tiene fácil: el PNV ha de hacer concesiones que para muchos nacionalistas son insoportables, pero la alternativa es ir a la oposición; el PP es la pieza clave para que López pueda ser lehendakari, pero no tiene ninguna seguridad de que, una vez encumbrado el socialista, les haga la pirula, como se suele decir, y traicione sus posibles compromisos adquiridos para ganarse el voto de los populares en la investidura; y el PSE se inclina por pactar con el PNV, pero necesita inexcusablemente el voto del PP para que López sea el lehendakari, y eso no lo va a obtener gratis.

Posdata

Mientras todo esto ocurre, Rodríguez Zapatero a lo suyo: ir de acá para allá como un boxeador sonado por el laberinto de la crisis diciendo vaciedades y acelerando un proyecto de ley que convierta el delito del aborto provocado en un derecho, que podrían ejercer las madres desde la minoría de edad (16 años) sin consentimiento paterno en las catorce primeras semanas de gestación, y cumpliendo determinados requisitos burocráticos a partir de ese momento.

Aparte la flagrante inconstitucionalidad de este disparate (que probablemente el Tribunal Constitucional neutralizaría con otra sentencia abyecta como la de Rumasa), el propósito de Rodríguez es sacar los abortos de las estadísticas que lo ponen frente al espejo y asegurar el negocio de los aborteros, literalmente descuartizadores de hijos, que quedarían al abrigo de toda intervención de un juez. Trágico.

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