Santa Cruz de Tenerife
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MARTES, 24 DE FEBRERO DE 2009

Entre la fiesta colectiva y la intimidad de un indiano

Santa Cruz de La Palma fue ayer, como antaño, una ciudad volcada con el recuerdo de guasa genuina de los inmigrantes palmeros que en el siglo XIX regresaron de Cuba. Una fiesta que nace en la rutina de cada participante.

V.M., S/C de La Palma

Una niña se asoma al puerto. Manos apretadas, ojos bien abiertos. No pestañea. Sólo mira. A lo lejos se adivina la silueta de un barco de vapor. A ella se lo han contado. Nunca lo había visto. Ahora, lo siente... De aquella historia hace ya 100 años. Quizás más. Inmigrantes que se fueron con los bolsillos vacíos, con la ilusión agarrada entre los dedos, que vuelven ricos, orondos, con puros en la boca y billetes saliendo de sus bolsillos... Regresan a su pequeño terruño. Todo palmero, por su naturaleza, por su forma de ser, siempre añora volver.

Es difícil trasladar sentimientos en el tiempo. Conocer con exactitud si era ansiedad, emoción o simple curiosidad lo que aquella gente, la niña, sentía con la llegada de cada barco. Pero sin nostalgia, ¿para qué?, cada año llega la fiesta. Sabes que algunos cayeron a la mar, que otros se hicieron más pobres, que muchos, bastantes, ni tocaron su sueño... ¿y qué? Ayer todo eso, la historia, quedó, por una día, en el "maletero". Fue el momento de recordar con "salero", entre la multitud, a generaciones pasadas que se fueron para hacer "Las Américas" en el siglo XIX y que después de dejar huella por su esfuerzo y dedicación, decidieron volver a una cuna que no se olvida.

La fiesta también es intimidad. Una rutina que sólo puede vivir cada indiano. Te levantas y hace sol. "¡Bien!". Primeras risas. Ropa perfectamente planchada del día anterior, mirada detenida al espejo y traslado a Santa Cruz de La Palma. Todo empieza por aparcar. "Benditas motos". Aceras, pequeñas plazas... todo vale. Más ahora que la Policía Local y el ayuntamiento no se llevan bien. Al final, tras mil vueltas alrededor de lo mismo, del pequeño círculo en el que se convierte la ciudad, un diminuto trozo de jardín se transforma en el estacionamiento ideal. Ya estás en el centro de la historia, de la historia colectiva.

A esa hora, son las 11 de la mañana, la calle Real ya está llena de blancos. Y de negros vestidos de blanco. A la espera de la "Negra Tomasa", ese hombre ataviado de mujer que da color al inicio de Los Indianos, los bares se van "forrando". Las habituales sillas y mesas se convierten por un día, por 24 horas, en barras improvisadas. Primera copa. "Parece de barril". ¡Choss! Te arripias. A la tercera, no te quejas. Ya no lo notas.

Llegas solo, sin compañía, pero en media hora, casi sin darte cuenta, estás metido dentro de un grupo, del mogollón, cuyos integrantes te llaman "colega", aunque no te han visto en sus vidas. No te quejas. Te bañan de polvos. Lo disfrutas. Son formaciones de música cubana. Llegados de La Gomera, de Tenerife... de ¿Gran Canaria?! Estos sí que saben¡ Pasan de sus pequeños indianos canariones, de los que copiaron, para disfrutar de lo genuino. Los miras y, sin querer, los abrazas. Es un gesto que te nace.

Entre copa y comida, beber sabiendo que volverás en guagua, se hacen las dos de la tarde. Salió la "Negra Tomasa" y ni la viste. Te enfadas un minuto por el despiste. Ya son horas donde cada espacio de la ciudad, cada milímetro, se llena de amantes del Carnaval. Ayer fueron 50.000, quizás algo más, ¿qué importa?

En la rutina del indiano hay un breve espacio para el almuerzo. Algunos ya diseñados, preparados de antemano con familias y amigos; otros de bocadillos llevados en la mochila. Llega la barabunta. Son la seis de la tarde. Lo que antaño era un desfile, ahora es casi una concentración. Te metes en el medio. Zarandeo viene, abrazo va. Bebes, casi te lo tiran, un vaso de vino; bailas con una vecina que te aprieta sin esperarlo; evitas al "chotis" que busca bronca... y todos van subiendo. Lentos, pero caminan en busca de La Alameda, aunque por el medio te "corta" una batucada, de aquellas que pintan poco, nada, en los indianos, y, sin perder tiempo, buscas refugio junto a una parranda. A lo lejos ya no ves. Ni te importa. Te va lo cercano. Culpas al hielo. Siempre tiene la culpa.

En verdad, es temprano. Sobre las 22 horas. Estás en la plaza. En lo último del trayecto. Hay música... y gente. Te sientas. Es justo el momento, nunca antes, que entiendes que es un carnaval distinto. De polvos, recuerdos y risas. Una fiesta que te atrapa.

 

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