DURANTE veintiocho años ha permanecido en un rincón de mi modesta biblioteca, durmiendo el sueño de los justos, un libro que compré entonces ilusionado y que no me atreví a leer por culpa de algunos amigos pusilánimes.
-¿Pero vas a leer ese libro?
-Si se te ocurriera llegar al final, terminarías loco.
-Eso está bien para lectores histéricos y extravagantes.
Total, que me asusté y lo escondí. Pero la pasada semana, sin querer, mientras leía el artículo de don Enrique González sobre el sueño de un Obama convertido en Don Quijote, se me apareció de nuevo aquel libro y me dije: ahora sí; ahora lo leeré contra viento y marea.
Todavía no les he dicho que la publicación reencontrada se titula "La interpretación de los sueños", escrita, como ustedes no ignoran, por el psiquiatra y neurólogo Sigmund Freud, nacido en Austria y de origen judío.
El libro me está resultando sumamente atractivo, no sólo por lo que se dice en él sino porque Freud tuvo la suerte de contar con un traductor de categoría: don Luis López Ballesteros, a quien el propio Freud felicitó por su labor en una carta fechada en Austria el 7 de mayo de 1923.
De un tirón llegué a la página 90, después de algo más de tres horas de lectura. Dije de un tirón y no es cierto porque descansé un par de minutos al llegar a la página 77. Encontré allí un comentario que quise copiar por la importancia que tiene para mí. Luego he seguido con interés y no me ha importado que algunos amigos hayan vuelto a interponerse en mi camino, haciéndome creer que Freud está anticuado y que los psicoanalistas más recientes han echado por tierra algunas de sus opiniones.
Vuelvo de nuevo a la página 77 para ofrecerles lo que copié hace un rato:
"Un músico oyó una vez en sueños una melodía que le pareció completamente nueva. Varios años después la encontró en una vieja colección de piezas musicales que él no había tenido nunca en sus manos".
Me dirán ustedes que la cosa no tiene la importancia que yo quiero darle. Pero ocurre, amigos, que he vivido una anécdota parecida. En realidad no la viví yo, pero fui el confidente. Un día, mi amigo de juventud Ignacio Acosta González me dijo ilusionado:
-Voy a escribir una canción. Su melodía es para mí una obsesión continua. Está todo el día en mi cabeza y sueño con ella toda las noches.
Debo aclarar que Ignacio, fallecido hace varios años, era músico y formaba parte como saxofonista de la entonces famosa orquesta Los Rialtos. Como no era cosa de traer a cuestas el saxofón, se limitó a silbar para mí aquella melodía que envolvía su mente día y noche. Corté el silbo de Ignacio a los pocos segundos. Aquella melodía -bellísima, en efecto- era "Ansiedad", la más famosa de las que cantó Nat King Cole.
¿Qué había ocurrido? Le di muchas vueltas al asunto y llegué, unos días después, a esta conclusión, que no sé si será o no correcta:
Cuando Ignacio nació, el cantante norteamericano tenía ya 24 años. Ignoro cuándo ofreció Nat King Cole por vez primera su célebre "Ansiedad", pero mi amigo sería entonces un niñito. Captó la canción y la olvidó luego durante años. Una noche, ya mucho mayor, Ignacio oyó en sus sueños la vieja melodía y él creyó que le había llegado la inspiración de las musas. Por eso pretendía pasarla a papel pautado. Sólo puedo decir que, sin querer, le di un mazazo a mi amigo, cuando le hice saber que su sueño lo había traicionado.
Parece ser que tales fenómenos forman parte de lo que se llama sueño hiper- mnéstico, que se distingue de otros tipos de sueño en que éstos suelen traer consigo recuerdos muy alejados en el tiempo y que el sujeto, al revisarlos, cree estar ante algo nuevo, algo que nunca conoció. Tengo, sin embargo, una duda, como la tienen varios neurólogos y psiquiatras citados por el propio Freud. ¿Cómo pudo mi amigo olvidar la canción de Nat King Cole y no la recordó aquella noche, cuando le llegó a la memoria tan nítidamente? Como estoy a mitad de mi lectura, tengo la esperanza de encontrar pronto la oportuna respuesta.
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