LOS RECUERDO como unos hombres de aspecto enjuto, estatura regular y bigotito torpemente perfilado, apenas visible sobre unos finos labios. Y recuerdo que asomados a una mirada ciertamente extraviada, casi como el mismo color de la noche, iban tomando nota de todo, mientras ensayaban sus gestos con un interés a priori algo variable. Pero la verdad es que, si bien lo intento, no acierto a establecer con claridad en qué instante me extravié detrás de aquellas sonrisas a préstamo, aunque lamento que entonces no fuera capaz de adivinar las impúdicas mentiras en cada una de sus ensayadas posturas, ni tampoco haber reparado en esa costra de mezquindad que los envolvía, como un traje hecho a medida. Acaso sería, pienso, porque a uno la vida lo va enseñando a entregarse poco a poco, a la obediencia ciega; esa vieja costumbre de la piel.
Ahora los recuerdo como a esos típicos personajes que pasan por el invierno dejando sitios abandonados, produciendo al por mayor iniquidad, ayuno, rencor, desesperanza... Y aunque la mayoría del tiempo uno pueda encontrarlos parapetados tras un cristal usado y transparente, también transitan entre los ruidos y se mezclan con la gente, casi como cualquiera, celebran infelices cumpleaños y gruñen los buenos días, entre dientes; se mueren de tedio pensando en paraísos y, al final de todo, se sacuden el polvo del tiempo con un brillo de tristeza en los ojos.
Dicen que una ciudad es siempre un lugar distinto, excepto cuando llueve, pero a la vuelta de cada esquina pende el alma oscura de las cosas y se destacan las figuras de la ausencia. ¿Qué le vamos a dar a los que andan debajo de las charcas y las piedras; a quienes no alcanzan siquiera el tamaño de sus sombras; al que se mira solo y no lo aguanta; a quienes mastican penurias y amargos pedazos de soledad?
Le tengo miedo a la vida, pero mañana tiene que ser un día más, aunque hoy pareciera que todo el ayer del mundo no tuviera más allá de dos años.
*Redactor de EL DÍA
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