1.- Bajando por la carretera de Chío, la que le dicen desde Boca Tauce a Guía de Isora, uno ve ya la flor incipiente en los almendros y ha quedado atrás la retama helada, alimento de las cumbres. El Teide luce su mejor traje, el del invierno, y los niños juegan distraídamente en las cunetas con los restos de la nevada. Un viaje a Las Cañadas es relajante, sobre todo si pruebas el puchero canario del parador, escaldón incluido, que te deja listo para los restos. Al Teide hay que mirarlo cuando se van los turistas, dice Pedro , el director, y no le falta razón. "O después de las seis de la tarde o antes de las diez de la mañana; estas son las horas de observatorio", sostiene mi amigo. Todo está nevado, desde Guajara al teleférico, pero sólo con cercos de lo que cayó, porque el solajero ha derretido lo mayor. Bien es verdad que en las zonas de umbría del parador nadan trozos de hielo. Te advierten de que no camines sobre ellos. Las Cañadas luce muy hermosa en las tardes del invierno, con ese techo de cielo azul del que disfruta casi todo el año.
2.- He reservado para quedarme un día, para disfrutar del silencio de la noche y del frío de los altos y de la quietud del paisaje y de la fragancia de la retama y de la brisa ligera que llega del más arriba, de ese volcán irresistible que preside las Canarias desde tiempos muy remotos. Ese faro, ora blanco, ora gris, que se vislumbra a kilómetros de distancia, desde el azul de los cielos, desde el verde de los mares. Una excursión a Las Cañadas reconforta el ánimo, hace olvidar los pesares, disipa las dudas, alimenta los espíritus, le hace a uno sentirse más libre. Mucho más libre.
3.- He bajado, digo, por Boca Tauce hacia Guía, el pueblo donde mi padre se curó de una tuberculosis infantil. Cómo ha crecido Chío, algo más que un barrio, con consultorio y farmacia y pueblo de winche y de obra dominguera. El mago del sur sigue trabajando los domingos para echar sus planchas y sus techos, esto no lo para nadie, a pesar de todos los esfuerzos y de todas las vigilancias. Ha quedado lejos el Teide, pero la vista de la cornisa montañosa, allá arriba, impresiona más a medida que uno baja. Un café en el camino, para reponer fuerzas, y un breve recorrido por Guía, la ciudad de mi buen amigo Pedro Martín , de cuyas fiestas -y dando mi brazo a su hermana- fui mantenedor, tantos años ha. Por fin he vuelto.
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