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TAL CUAL PABLO PAZ

Ser feliz sin motivo

17/feb/09 07:27
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SINCERAMENTE pienso que lo mejor que le puede suceder a una persona es ser feliz sin motivo. Es más, ser feliz sin ni siquiera proponérselo o desearlo. De tal forma que la ausencia del deseo haga sentirnos colmados y plenamente satisfechos con nosotros mismos. No hay que olvidar que, como dice el Tao, en el deseo se haya la manifestación y en el no deseo el propio misterio de las cosas. No en vano, ser feliz es un estado de ánimo; si se prefiere, un estado mental donde la felicidad depende, exclusivamente, de uno mismo.

Otra cosa, bien distinta es el sentimiento de felicidad que sí depende de factores puramente subjetivos, y que varía tanto como individuos puedan existir. Se dice que quien realmente reúne todas las condiciones para ser feliz, al menos sin motivo alguno, son aquellos que orbitan en la infancia. Es como si dijéramos que la felicidad depende, y mucho, de no tener conciencia de que nuestros actos generan siempre unas determinadas consecuencias y que, por consiguiente, se ha de terminar asumiendo una estipulada responsabilidad que ha de poner necesariamente en peligro el equilibrio entre lo que somos y lo que tenemos y aquello que en realidad queremos ser o tener.

El modelo consumista que impera en nuestra sociedad es, precisamente, el menos proclive para obtener dicha felicidad; sobre todo, cuando la mercadotecnia imperante se encarga de crearnos continuas insatisfacciones que terminan haciendo que nos aferremos como podamos a nuevos deseos, los cuales solemos aplacar con productos que, se supone, sirven para proporcionarnos una felicidad que a la hora de la verdad nunca termina por llegar.

Pero, obviamente, no existe una felicidad plena basada tan sólo en cosas materiales; es evidente que cada cual es feliz a su forma. Vivimos en un mundo mercantilista, donde la felicidad también tiene un precio; incluso un precio político que actualmente tiene visos de globalidad y que nos conduce de forma irremediable a ser infelices de tanto ansiar y buscar una determinada felicidad que, repito, casi nunca termina de llegar. Es como si, de pronto, el derecho a ser felices se hubiera convertido en un deber; un deber que tenemos los ciudadanos que, además, no estamos dispuestos a reconocer otra tutela que la de nuestros propios deseos.

Actualmente, vivimos un espejismo social en el que hasta la felicidad se encuentra subvencionada. Es como si nos encontráramos cómodos sobreviviendo a costa de la protección del Estado, arrinconando nuestra libertad individual e, incluso, la iniciativa de ponernos a buscar la felicidad por nuestra propia cuenta sin renunciar, por supuesto, a equivocarnos por el camino. Vivimos en una pura contradicción social porque si, por una parte, queremos que nos dejen en paz, a la vez pretendemos que se ocupen de nosotros y de nuestros problemas. Está claro que nos cuesta trabajo entender que la riqueza no da la felicidad -aunque ya sabemos que ayuda a ello-, pero la realidad es que las cosas materiales son, o deberían serlo, un elemento más en el bagaje que conforma la trayectoria de nuestra propia vida, en la que donde, más que perseguir la felicidad, deberíamos poner los medios para crearla; de tal forma que seamos capaces de poder conciliar nuestra independencia individual con la capacidad de vivir y compartir aquello que amamos con las personas que nos rodean.

Tal y como está montada nuestra sociedad, el papá Estado y el Gobierno de turno que administre sus recursos deberían esforzarse en llevar a cabo determinadas políticas y acciones sociales, para que los individuos que vivimos en dicha sociedad dispongamos de los medios y oportunidades necesarios para poder desarrollar nuestra convivencia en paz y en libertad. El hecho de tener cubiertas las necesidades básicas de trabajo, salud, educación y vivienda contribuyen, sin duda, a tener paz interior y ser feliz, aunque sea a ratos.

Es evidente que no se puede ser feliz durante todo el tiempo, ya que no existe la felicidad absoluta, pero tampoco parece lógico que la vida esté hecha para compartir con los demás tan sólo la desesperanza, que por lo visto es lo que nos parece unir a los ciudadanos en esta situación de crisis no sólo económica, sino incluso de valores y de principios, y que nos está arrastrando melancólicamente hacia una incertidumbre pétrea, debito unos dirigentes que no sólo nos mienten, sino que son incapaces de ver e interpretar con acierto la cruda realidad que nos aleja, cada vez más, de la posibilidad de disfrutar de una determinada felicidad que nos procure seguridad, bienestar, tranquilidad y esperanza; y eso que la felicidad no debería ser un fin en sí misma, ni siquiera un destino, sino, en todo caso, un medio, un trozo de trayecto a lo largo de nuestras azarosas y complicadas vidas.

macost33@hotmail.com

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