CADA momento de nuestra vida atesora posibilidades de renovación y enriquecimiento, que afloran, con especial ímpetu, cuando la adversidad se impone como obstáculo y amenaza. La capacidad de sublimar o sortear los instintos naturales, que se nos presentan como pesadas anclas que nos fondean en el mar de la confusión, nos será útil para vencer el temor que atenaza nuestra existencia desde el seno materno hasta la muerte. Gran parte de nuestra vida se alimenta de temores fundados o ficticios hasta la locura, la rabia o la violencia. Nuestra desgracia reside precisamente en que somos la encarnación del miedo y esa circunstancia representa, en cierta forma, nuestra perdición.
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