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LA OROTAVA

Si los zapatos hablaran...

La zapatería Chávez, situada en el número 15 de la plaza de San Francisco, mantiene viva la impronta de su fundador, mientras que en la calle Cuatro Esquinas conserva todo el encanto de un oficio tradicional el taller del recordado Santiago Bello, en el que trabajan Iglesias y Albelo.
15/feb/09 07:34
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LAS ZAPATERÍAS de la plaza San Francisco y de Las Cuatro Esquinas mantienen la tradición artesanal./ R.B./ Á.M.
LAS ZAPATERÍAS de la plaza San Francisco y de Las Cuatro Esquinas mantienen la tradición artesanal./ R.B./ Á.M.

R. BARRETO, La Orotava

Cada zapato, zapatilla, bota o botín atesora todo un cúmulo de vivencias y secretos de sus dueños. Apilados en las estanterías, parecen aguardar la hora de calzar aquellos pies de quienes han sucumbido al olvido en los talleres que aún perviven en La Orotava, con sabor a tradición y abolengo. Cientos de historias individuales y colectivas apiñadas en medio de herramientas, antiguas máquinas Sínger de coser, al abrigo de lo que constituye todo un museo vivo del oficio de la zapatería en el casco histórico de la Villa de La Orotava.

¡Ay, si los zapatos hablaran..! No digamos si cantaran, puesto que algunos no sólo guardan secretos sino también los olores de la transpiración de los pies.

Cada calzado encierra una historia y también un "modus vivendi" y también denotan la clase social de quienes lo exhiben. En la relación con los clientes prima la palabra y el compromiso entre las partes, el artesano se obliga a realizar el trabajo apalabrado y el cliente a satisfacer la cantidad estipulada cuando recibe la prenda ya reparada, pero los zapatos almacenados constatan que no siempre ocurre de esa manera.

La zapatería Chávez, situada en el número 15 de la plaza de San Francisco, mantiene todavía viva la impronta de su fundador, don Pedro Chávez Trujillo, en el quehacer transmitido a sus hijos Juan Pedro y Tomás Chávez Méndez, que llevan consigo la esencia de un oficio que se resiste a desaparecer, pero, como según explican a EL DÍA, su futuro está abocado a la extinción porque nadie desea tomar el relevo en una profesión sacrificada y que exige mucha dedicación, hasta doce horas diarias. Tal vez no hagan uso del consabido descando de los lunes, como corresponde a los zapateros, día dedicado al asueto de estos artesanos.

Desde la calle adoquinada de San Francisco se vislumbra la modesta, pero recia, puerta de madera, que lleva estampadas las rugosidades y marcas del paso del tiempo.

Los escalones de piedra señalan la antigüedad del inmueble, todo un santuario del calzado corriente, de diferentes épocas, tallas, colores y texturas.

Almanaques, planchadoras de hierro, carteles y fotografías de santos y los recortes enmarcados de los reportajes publicados en la prensa isleña. Un rincón y museo de un oficio artesanal, que en otros ámbitos adquiere tintes más tecnológicos, acordes con la modernidad y la vida ajetreada, donde la rapidez es una exigencia..

Lo único novedoso y que casi desentona con el conjunto del taller es la moderna máquina lijadora, que tiene en desuso.

"Mi recordado padre abrió este taller -señala- en 1951, era un apasionado del oficio al que dedicó toda su vida y supo transmitirnos su cariño por el mismo a nosotros. Él me contaba que frente a su casa había un zapatero con el que aprendió el oficio en su juventud".

Agrega, por otro lado, que "nosotros dejamos los estudios para seguirlo, una profesión que desempeñamos hasta ahora sin ningún problema".

Asegura que esta profesión requiere un aprendizaje basado en la práctica constante, no se adquiere su dominio con un curso por sí solo, sino con mucha dedicación y entrega".

La zapatería Chávez se ha ganado el reconocimiento de una clientela fiel desde hace años y que trasciende el ámbito insular. No hay un perfil determinado del cliente que acude a reparar su calzado. En este sentido, apunta que "aquí suele venir gente de toda clase, condición y lugar. Generalmente, acuden al taller a arreglar sus zapatos, para que se cambie la suela, se ajuste un tacón o se lustre la piel. Pero, como en toda profesión, la nuestra tiene su cara y su cruz, porque no siempre los clientes recogen sus encargos, y sus zapatos quedan olvidados en las estanterías. Como se puede apreciar, hay hileras repletas de calzado pendiente de retirar, que han sido reparados, y eso se traduce en dinero que se deja de percibir por trabajo ya hecho".

Los precios por reparación de las piezas están en función de la envergadura, los materiales y tiempo empleado. Un arreglo o remiendo puede costar hasta 28 euros, pero los hay mucho más baratos. Los costos que se manejan ahora nada tienen que ver con los precios que regían en los años cincuenta del pasado siglo cuando Pedro Chávez abrió el taller de la plaza de San Francisco.

El tiempo promedio de la reparación de una pieza oscila entre treinta minutos y tres horas, incluso mucho más tiempo, en función de la magnitud del deterioro. Siempre trabajamos pieza a pieza, aunque eso no quiere decir que nos dediquemos a otros zapatos, mientras se sella una suela o la parte inferior de un calzado concreto. La mayoría de las reparaciones se efectúa sobre las tapas y las suelas".

"En este taller trabajamos toda clase de cueros y materiales -precisa Juan Pedro Chávez-, empleamos martillos, tenazas, alicates, pulidores y lijadoras, entre otras".

Asegura que en este oficio no falta trabajo, por regla general, pero en época de crisis económica la gente acude más a los talleres para reparar los zapatos.

Juan Pedro y Tomás heredaron el oficio de su padre, don Pedro Chávez, quien siempre gozó del aprecio de su amplia y variada clientela debido a la calidad de sus trabajos que, incluso, llegó a exponer en muestras artesanales como la afamada Feria Regional de Pinolere a finales del siglo pasado.

Diversidad

La zapatería de Santiago Bello (fallecido) situada en Las Cuatro Esquinas de la Villa de Arriba es otro exponente de un oficio tradicional que se ha ido perdiendo con el paso del tiempo y el aumento del nivel de vida y del consumo. El primer taller data del año 1969, mientras que el actual permanece abierto desde 1982.

Pese a todo, el trabajo se mantiene, pero no está garantizada la continuidad de la profesión en su estado puro. Los materiales para la confección del calzado han derivado desde el cuero hasta el cartón y elementos sintéticos, según explican Inocencio Iglesias y José Albelo. La calidad y resistencia del calzado ha variado, antes duraban más tiempo sin pasar por el taller, dado que eran de cuero. No obstante, debido al roce de la base de los zapatos o botas, el deterioro afecta más a las suelas o tapas. Las expectativas de vida de un calzado moderno suele ser de uno a dos años, aunque se puede mejorar si se extrema el cuidado y no se le somete un uso agresivo. El cuero soporta mejor el desgaste del tiempo y del uso continuado, pero siempre que sea tratado convenientemente, se lustre o betune.

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