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PEDRO GONZÁLEZ PINTOR / PREMIO CANARIAS DE BELLAS ARTES E INTERPRETACIÓN

"Mi oficio es ser pintor"

15/feb/09 07:34
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JORGE DÁVILA, S/C de Tfe.

"Vivo en la ciudad que quiero y con la gente que quiero". La frase acentúa todavía más el cariño que le tiene a un municipio que lo eligió como su primer alcalde democrático. Pedro González (1934) se declara pintor. Un creador que no renuncia a sus raíces artísticas ni siquiera en las jornadas en las que no le acaricia la inspiración. "Crecí con el arte abstracto y evolucioné hasta un lenguaje figurativo, pero en el fondo siempre termina apareciendo mi vena abstracta". Exiliado, profesor universitario, político, Premio Canarias en 1988..., únicamente fija una condición en la línea de salida de una entrevista que empieza a tomar altura en una mañana soleada, pero algo fría, en vísperas de San Valentín. "Nada de política... Todo eso forma parte del pasado", precisa.

-Pedro González nos recibe en el jardín de su casa de La Manzanilla. Acomodado en un sillón de mimbre, dice que sus articulaciones le están dando el día, pero que sigue pintando... ¿Sabe cuántos cuadros llevan su firma?

-Soy un desastre (se ríe)... No tengo ni idea, pero unos pocos. Es lo malo que tiene estar casi 50 años con los pinceles entre las manos.

-¿Un pintor nunca descansa?

-Tiene jornadas llenas de inspiración y otras en las que no le sale nada. Da Vinci decía que no había días sin líneas. Un pintor tiene que practicar constantemente porque el movimiento de la creación varía y nunca es bueno estancarse, sino ir en busca de la evolución. Otra cosa es que lo consiga.

-¿Con una obra que ha evolucionado durante medio siglo hay margen para muchos arrepentimientos?

-Alguno sí que hay, pero si me dieran la oportunidad de nacer otra vez volvería a ser lo que soy: pintor. Ahí no hay arrepentimientos. Empecé a estudiar ingeniería, me hice químico y más tarde pintor. He sido profesor universitario en Bellas Artes y político, pero sólo he tenido una profesión. Mi oficio es ser pintor. Siempre he vivido de y para la pintura.

-El solajero no logra desterrar la humedad que se siente al pisar un piso que parece hastiado de tanta lluvia y la entrevista cambia de escenario. El salón de su casa está tomado por recuerdos familiares y un montón de cuadros con el sello de Pedro González. ¿Algún favorito?

-No soy Leonardo da Vinci; yo no tengo un favorito. En mis pinturas siempre hay algo de mí. Una sensibilidad que puede gustar o no, aunque al final hago las creaciones que siempre he querido hacer, las que me apetecen. El valor estético de un cuadro parte de lo individual y, si su autor quiere, puede ser juzgado públicamente. Una vez se llega a ese punto el artista tiene poco que decir.

-¿Ése debate público que se hace en torno a su obra le ha llegado a provocar decepción?

-El arte nunca me decepciona, pero, al igual que otras profesiones, sí me crea problemas.

-¿A qué problemas se refiere?

-Tirando de un sencillo ejemplo deportivo tengo que decir que hay periodos en los que te sale todo y otros en los que te encuentras bajo de forma. Lo habitual cuando llevas tantos años en la misma profesión. Mis problemas en el campo de la pintura al final no son diferentes a los que puede llegar a tener un taxista, un médico o un periodista... Si no estás cómodo, no te sale nada por muchas ganas que le pongas.

-¿Y cómo supera esos ciclos de ausencia de creatividad?

-Pinte o no pinte, intento ir todos los días al estudio. Allí es cuando aprecio si tengo un día favorable para la pintura o mejor lo dedico a otra cosa más productiva. Yo no tengo una fórmula secreta que no sea otra que la de dar respuestas a lo que me está pidiendo un lienzo. A partir de ese intercambio sí que reconozco algunos elementos míos que intento desarrollar con mis gustos personales. En mi caso las raíces están claras. Provengo de un estilo abstracto de la época informalista y evolucioné en dirección a un lenguaje más figurativo, pero sin perder la esencia pictórica de mis composiciones.

-Un artista tiene que reinventarse varias veces a lo largo de su vida profesional. ¿En su caso, se han dado muchas metamorfosis de este tipo?

-Sí que las hubo, pero siempre acabo regresando al mismo punto. Hoy, el arte abstracto ya no causa sorpresa a nadie, pero en la época en la que yo lo hacía (en los años 50 y 60) sí que causaba extrañeza e incluso indignación. Mi libertad es la pintura. Siempre habrá gente a la que le agradará lo que hago y gente que pueda pensar que no es tan bueno. Soy consciente de que tengo etapas buenas y otras en las que no gusta lo que pinto.

-¿Se podría imaginar su vida sin pinceles, colores, lienzos... sin la pintura?

-La pintura ha sido mi ventana al mundo. Un hueco por el que me asomo y veo las cosas que puedo trasladar a mi obra. ¿Mi vida sin la pintura? La pintura no da para ganarse la vida, pero ha sido mi vida. Así que no me imagino lejos de ella.

-¿Usted tiene la sensación de ser uno de los referentes artísticos del Archipiélago?

-¿Yo? Ojalá lo fuera, aunque no soy la persona adecuada para ver si tengo esa categoría de referente. Por el tiempo que le he entregado a la pintura hay argumentos suficientes para que otros se encarguen de valorar si tengo talento o no.

-Volviendo al origen de la conversación, ¿no hay muchos pintores en Canarias con un legado tan amplio?

-Tengo pinturas repartidas por las Islas, pero del peso artístico que tengan en un futuro aún no puedo decir nada (vuelve a reír).

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