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ENRIQUE GONZÁLEZ

A la vuelta de la esquina

15/feb/09 07:34
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ENTRE RUIDOS y humos de automóviles, entre gente desconocida, entre las sombras y las luces que las casas dejan, por un pavimento irregular y sucio, por una larga y ancha calle, un hombre de años transcurridos caminaba con parsimonia. Iba por la acera, por la derecha, rozando los edificios. Mientras caminaba, observaba y observaba. Observaba lo que se ofrecía a los ojos e indagaba más allá de la mirada. Buscaba el sentido de las cosas, más que las cosas mismas. Siempre con parsimonia, la rapidez no permite profundizar. La rapidez se desliza por la superficie. Hay que dar tiempo para que las cosas se expresen. El hombre, marcado por el tiempo, que había abandonado el orgullo y el desdén y se había acogido a la humildad y a la comprensión, poseía la mejor de las facultades, la facultad de juicio.

Los años obligan a oír, mejor a escuchar, a profundizar, a buscar el sentido de todo. A juzgar imparcialmente las cosas. Si no es así, uno puede pasar por la vida pero la vida no pasa por uno. Se vive la vida si se escucha a la vida, no sólo el ruido estridente de la vida, sino los murmullos imperceptibles del silencio de la vida. Quizá, porque cuando se alcanza las cimas arrugadas y canosas, lo único importante es el sentido de la vida. La vida no se traga simplemente. Hay que masticarla, digerirla y absorberla. Abrir los poros para absorber la vida.

A la vuelta de la esquina el hombre se encontró con otra calle y otra gente, otras luces y otras sombras. Los automóviles, aunque iban en la misma dirección, eran más numerosos. El aire le daba en el otro lado de la cara y los rayos de sol le caían en otra parcela de su cuerpo.

A la vuelta de la esquina la vida cambia. Ya quedó atrás la calle llena de baches de las largas peripecias de la juventud. Atrás quedó el deseo irrenunciable a alcanzar un título universitario, una carrera profesional, cierta estabilidad económica, armonía familiar, equilibrio entre el trabajo y el ocio. Y quedó atrás la busca afanosa por ocupaciones y entretenimientos satisfactorios. La calle tiene una sola dirección. Es imposible volver atrás. Lo pasado, pasado está. Lo bueno y lo malo no pueden cambiarse. Es el tiempo.

A la vuelta de la esquina la ciencia ha cambiado. Los objetivos son distintos. La medicina, la ciencia que estudia e intenta curar las enfermedades, se ocupa de partes cada vez más pequeñas, de estructuras cada vez más pequeñas, y olvida el todo. Enferman las células y los órganos; el individuo poco cuenta. Lo pequeño hace lo grande. La herencia y el medio ambiente son los responsables. La voluntad suma muy poco. Grave error. La que enferma es la sociedad. La que sufre es la persona. Las ciencias han progresado tanto que alcanzan la posibilidad de la destrucción total. La bondad de la ciencia conduce hasta la maldad de su aplicación. Se han roto todos los equilibrios. La utilización de la naturaleza ha conducido a su destrucción. La manipulación de la humanidad conduce a la deshumanización. La creación una sociedad uniforme ha producido la mayor de las desigualdades. Las grandes palabras apestan, repelen.

A la vuelta de la esquina, el comportamiento familiar y el individuo han cambiado. Los motivos que mueven a las personas han variado. Las aspiraciones, si las hay, son distintas. La amistad y el amor, si los hay, tienen otros ingredientes y otros fines. La caja de los sentimientos se ha vaciado.

A la vuelta de la esquina, impulsado por el progreso, el hombre transitaba una calle distinta. En esta calle no hay terrenos cultivables. No hay talleres de artesanos que fabriquen cosas baratas. No hay casas de comida sencilla y de poco precio. No hay animales, burros o caballos, que carguen en sus lomos los productos del campo y lleven sobre sus castigados espinazos a los agotados trabajadores. Las casas no son terreras, ni tienen huertas con verduras plantadas, ni gallinas que cloquean dejando los blancos huevos, ni conejos de rojas carnes. Ni cabras de grandes y retorcidos cuernos, que regalan cabritos y espesa leche; no hay vacas que produzcan leche y carne.

A la vuelta de la esquina, en la calle nueva, las casas son de muchos pisos. En sus plantas bajas hay tiendas y más tiendas, casi se confunden. Todas tienen carteles de rebajas sobre rebajas. La moda de cada estación se impone. Los televisores de todos los tamaños, las radios, los ordenadores, los juegos. Los grandes almacenes repletos de automóviles, las motocicletas preparadas para embestir al mundo. Oferta y ofertas. Si la única oferta es vender, la única respuesta es comprar. El único entretenimiento es comprar. Comprar no es una necesidad material, es una necesidad psíquica. En la nueva calle se compra para disminuir la ansiedad y aplacar el aburrimiento.

A la vuelta de la esquina, en la nueva calle, hay muchas cajas de ahorro y muchos bancos. Tarjetas de crédito e hipotecas. Funcionarios y funcionarios. Funcionarios nacionales, internacionales, autonómicos, provinciales, municipales. Ministerios, consejerías, asociaciones. Hay más funcionarios en la administración de la agricultura que trabajadores en el campo. Pensionistas, parados, trabajadores que no trabajan por bajas laborales o permisos, jubilados y prejubilados. Se paga por este concepto, por ese concepto y por aquel concepto. Fiestas, el Día del Padre, de la Madre, de los Enamorados. Los domingos, los sábados, las fiestas nacionales, autonómicas, provinciales y locales. Los días de alerta, las horas de protesta y las de confraternidad. Más gasto que producción. ¿Cuántos producen? Puras matemáticas.

El hombre miró a las paredes de la esquina buscando el nombre de la calle. En el rótulo se podía leer: calle de Los Errores, antigua de El Progreso. A la vuelta de la esquina, que es el tiempo: la crisis.

El tiempo no tiene retorno. El progreso tiene una sola dirección. La Edad de Oro quedó atrás.

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