TÉCNICAMENTE la fotografía tan sólo es un proceso que permite grabar imágenes sobre determinado medio. Antes, sobre una película de celuloide con sales sensibles a la luz; ahora, mayoritariamente, en un zócalo electrónico con múltiples unidades también fotosensibles. Sin embargo, una fotografía no se limita a su aspecto técnico. Una foto también puede ser una obra de arte, si bien los artistas puros nunca han estado totalmente de acuerdo con este particular. Una discusión que nació cuando el retrato fotográfico sustituyó al pintado, y que se prolongó durante décadas, aunque hoy parece fuera de lugar. Nadie discute ya el valor artístico de determinadas fotografías. No las que saca el belillo cuando sube a pisar la nieve con parienta, suegra y prole; esas, no. Hablo de otras capaces de mostrarnos un conjunto de ideas -un mensaje- que resulta imposible describir no ya con mil, sino hasta con un millón de palabras. Fotos que han llegado a convertirse en el compendio de toda una guerra, como la del famoso miliciano abatido en Cerro Muriano durante la contienda española, o la no menos dramática de la niña Kim Phuc huyendo desnuda tras un bombardeo con napalm en la guerra de Vietnam; foto, sobra recordarlo, que cambió radicalmente la visión de los norteamericanos -y en general, de todos los occidentales- sobre el devastador conflicto asiático.
Sin llegar a tal grado de dramatismo -o de revisionismo histórico-, ayer publicaba este periódico una foto que extracta la situación actual de Tenerife: un grupo de desempleados, con las manos en los bolsillos para protegerse del viento un tanto frío que sopla durante estos días, atisban junto a las recién iniciadas obras del puerto de Granadilla la posibilidad de un puesto de trabajo. No hace falta imaginar que debe haber muy poco en esos bolsillos donde intentan calentar manos ociosas desde hace demasiado tiempo.
No es, desde luego, la foto de las grandes aglomeraciones ante los comedores de beneficencia tras la crisis del 29. Tampoco son las colas frente a las oficinas de empleo españolas, de momento bastante más cortas que las de antaño en Norteamérica, aunque todo se andará. La foto se me antoja dramática porque muestra la incapacidad de nuestra economía para generar empleo de masas en otro sector que no sea el de la construcción, junto a todas las actividades complementarias, aunque no por ello menos populosas en demanda de jornaleros, que penden y dependen de la construcción.
Una imagen vale más que mil palabras, cierto, pero a veces las palabras realzan la fuerza de una foto. Porque junto a la noticia de los desempleados con las manos en los bolsillos vacíos, otra, a una columna, daba cuenta de que varios profesores de la Universidad de La Laguna han convocado una manifestación contra el citado puerto. Respeto sus planteamientos. En algunos aspectos no les falta razón. Pero también hemos de considerar que a esos docentes, en su calidad de funcionarios, jamás les va a faltar un plato de comida. Es fácil defender rastrojos submarinos cuando uno no tiene que comerse la hierba de los parques públicos como único alimento disponible.
El puerto de Granadilla va a destruir sebadales, nadie lo niega; algo así como el uno por ciento de todos los que existen en Canarias, si bien ese dato conviene ocultarlo. Como también conviene no airear que durante los trabajos de construcción del puerto se crearán 660 empleos, a los que habrá que añadir los setecientos -cien de ellos fijos- que la empresa Gascan prevé para la puesta en marcha de la planta regasificadora. ¿Un poquito menos de yuyos acuáticos y un poco más de trabajo? Que cada cual saque sus conclusiones.
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