AL PROFESOR de hoy en día se le quedan pequeños los modelos de Sidney Poitier en "Rebelión en las aulas". Al menos ésa es la sensación que transmiten los datos acumulados recientemente en los medios de comunicación acerca de casos de violencia escolar e indisciplina y otros sacados de estudios y encuestas. Nos encontramos efectivamente ante un aumento de la violencia escolar. Un profesor de instituto de Alicante recibió una paliza a manos de un ex-alumno del centro mientras una alumna lo grababa con su teléfono móvil. Otras dos profesoras de primaria fueron agredidas por una madre. Un profesor también de primaria en Almería tuvo que ser operado después de que el familiar de un alumno le rompiese la mandíbula de un puñetazo. El Consejo Escolar del Estado ha enviado a sus miembros un documento de trabajo acerca de la violencia escolar. En él se afirma que en los medios de comunicación los problemas de este tipo "se magnifican y se presentan de tal manera que parece que es habitual lo que sólo es ocasional? produciéndose una cierta alarma social". Y sin embargo miles de profesores se manifiestan contra la violencia escolar y por los insultos y vejaciones.
Los profesores y parte de las familias están de acuerdo en que una de las raíces más graves del problema -sea cual sea la dimensión de éste- está en la pérdida de autoridad por parte del profesor. Esta crisis de autoridad también afecta a los padres. En lugar de aumentar el número de normas, directrices y reglamentos, las administraciones deberían promover una nueva alianza educativa donde las familias se implicaran más en la educación de sus hijos y lo hicieran confiando en el profesor, no sospechando de él y su palabra. Pero resultaría incompleto el diagnóstico si no se buscase causas de ese descenso de autoridad.
El documento elaborado por el Consejo Escolar del Estado dice que "el clima de convivencia y las relaciones entre los miembros de la comunidad educativa son sustancialmente mejores en los centros escolares que en los entornos sociales en los que se ubican, y el clima escolar no es peor que el de los centros escolares de los países de nuestro entorno cultural". O sea, que éste no es un problema creado en la escuela, sino social, y no es de España sino de toda Europa. Pero, en cualquier caso, no cabe duda de que dificulta la tarea escolar.
Si el entorno social es muchas veces un obstáculo, no es de más ayuda la industria que alimenta ciertas diversiones juveniles sobre uso de videojuegos. Ya desde los 7 años, en los juegos que usan algunos chavales hay "drogas, asesinatos y atropellos". El asunto se agrava después con violaciones, agresiones a mujeres, venta de drogas, personas descuartizadas o prostitución. Este contacto con la violencia más salvaje debe de influir en la agresividad de los jóvenes consumidores.
La inestabilidad familiar es otro problema de la agudización de los problemas juveniles y de la conflictividad escolar que ha sido comprobada en numerosos estudios. Sin embargo, en España, todavía reina un silencio políticamente correcto sobre esta cuestión. En cambio, en Gran Bretaña, donde el problema es mucho mayor -tanto el juvenil como el familiar- un informe elaborado por una organización de centro-izquierda ha señalado que los problemas de comportamiento juvenil vienen marcados, entre otras causas, por cambios en las familias, como las tasas crecientes de divorcios y de familias monoparentales.
José María García-Hoz va en la misma línea cuando se pregunta de dónde salen esos padres a los que se acusa de faltar a su compromiso de educadores: "Es el resultado de años de una legislación y una práctica social contraria a la familia". Han conformado un escenario legal en el que la unión entre hombre y mujer es circunstancial y de fácil ruptura, mientras que el matrimonio de un hombre con una mujer para toda la vida, y el compromiso de los dos en la educación de los hijos, aparte de no ser específicamente reconocido por la legislación vigente, se presenta como un modelo caduco y retrógrado.
La esquizofrenia social e ideológica es otra causa. Mientras no se acepte esa realidad, las soluciones no irán más allá de acumular parches. Pero el pensamiento dominante sigue cayendo en una notable esquizofrenia. Mientras se fomenta, por ejemplo, la más absoluta autonomía en el desarrollo de la actividad sexual desde joven -con la única barrera de no forzar la voluntad ajena-, se pretende que ese mismo joven limite su consumo de alcohol o evite los excesos en cualquier otra faceta del comportamiento, precisamente en la edad en la que las hormonas hacen el control sobre la conducta más difícil.
La educación en España hace tiempo que está al servicio de la política y no al revés como sería lo natural. La implantación de forma obligatoria de la asignatura Educación para la Ciudadanía vuelve a confirmar esto. ¿Qué se pretende con esa asignatura? Pues ni más ni menos que ir implantando en la sociedad un sistema de valores, una concepción del hombre que responde a las líneas directrices de la ideología socialista, en contra de lo que estamos necesitando: un modelo de hombre universal de acuerdo con la naturaleza.
De los errores también se aprende y quién sabe si al final acabamos dándonos cuenta de que la educación que estamos necesitando es una educación humana y humanizada al servicio de la persona y no al servicio de intereses políticos u otra clase de intereses. Quizá el problema exija invertir más dinero en educación, desplegar más policías en torno a los colegios, aprobar normas que den más autoridad a los profesores? Pero todo ello será secundario mientras falte coherencia. La violencia escolar, reflejo de una crisis social.
* Catedrático
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