DECIR ADIÓS cuando se está en la brecha y al filo de los 80 años no es tarea fácil. Por ello, y previniendo cualquier eventualidad personal, puedo decir "hasta luego, vecinos", y mañana seguir en la brega, que es un deporte sano y relajante.
Mis primeros conocimientos del barrio datan de cuando tenía ocho años. Mi madre me comentaba de una tía, hermana de mi padre, que vivía en la costa. Tanto este lugar como Santa Catalina eran un remoto territorio para mí y los amigos de mi edad. Debo decir que nací en Las Aguas (San Juan) y que para los sagüeros de ese tiempo había que diferenciar entre Santa Catalina y la costa.
Una tarde recuerdo que mi tía Rosa -ese era su bello nombre-, cuando regresábamos varios chicos (amigos) de coger moras, y estando ella en el portón de su casa, me columbró y con esa sana alegría de la gente de la década de los treinta del siglo pasado gritó que por la pinta aquel chico era hijo de su hermano Andrés y me besó y me sonrojé. Veinte años más tarde viví muchos rodeado de su cariño.
A los 10, la primera persona de la que tengo conciencia fue doña Carmen Pérez Pérez, a través de sus sobrinos, que eran de Las Aguas. Sin embargo, a los 12, y ya en puesto de trabajo a tan tierna edad, mi personaje inolvidable fue don Felipe Vitorino. Hoy comparto vida social con alguno de sus tataranietos, que a su vez tienen hijos, por lo que doy prueba de que llevo más de seis décadas conviviendo con mis amigos de Santa Catalina.
Sé historias de sus antepasados, y como mi centro de trabajo está enclavado casi en el ecuador del pueblo, me da derecho amigablemente a conocer el cien por cien de los apellidos familiares, así como gran parte de sus propiedades de la zona rústica y urbana y, como anécdota, bastantes números de teléfono fijos de sus hogares.
No caería en el desagrado si dejara por omitir algún apellido de tan carismáticas familias, por lo que pido disculpas. Los Abreu, Afonso, Acevedo, Falcón, Regalado, Hernández, Pérez, Dorta, Silva (2), Darias, Méndez, Gómez, Domínguez, Rodríguez, Marrero, Beltrán, Viñoly, Conde, Reyes, Luis, Álvarez, García, López, Martín, Díaz, Garcé, Castilla, Betancor, Romero, Ravelo, Torres, Socas, González, Núñez, Herrera, Yanes, Bello, Bencomo, Zamora...
Llenaría un pequeño libro sobre los muchos acontecimientos vividos con mis gentes tanto en la alegría como en el infortunio. Personas, muchas queridas como hermanos, se nos han ido para siempre. No reseño nombres por no abrir las heridas que jamás podrán cicatrizar por la pérdida de sus seres queridos. Para los que seguimos en la tarea del día a día, y para todos los vecinos de todas las edades y de ambos sexos, mi gratitud por permitirme integrarme en vuestra sociedad.
El agricultor de Santa Catalina, a partir del año 40 del pasado siglo, y como consecuencia de la inesperada y bendita llegada del agua procedente de perforaciones de galerías, se forjó rudo, musculoso, intrépido. Trabajó y transformó eriales en bellas terrazas cultivables; donde la ladera sur del barrio se convirtió en un vergel. Sabemos casos puntuales donde el campesinado en esa época trabajaba duro y durante el estío en ocasiones hasta 10 horas diarias, llegando a su hogar con olor y sabor a tierra con sus deberes cumplidos.
Se nos antoja difícil ver más tarde que temprano el bello colorido de antaño: plataneras, tomates, viñedos, papas, batatas, millo, frutales, higueras, morales, cebollas, azafraneros, aro, lechugas, ajos, pimientos, etc.
Entre los años 50 y 90 retengo con nostalgia que el 90% de sus habitantes cultivaban sus tierras cosechando los productos antes descritos en cantidad y calidad. Algunos para su subsistencia y otros, como el plátano, tomates, papas y mosto, eran vendidos para obtener unos ahorros que hacían de Santa Catalina una bella estampa en su organizada economía.
Cabe recordar la entonces sana rivalidad que existía entre los labriegos por conseguir mejor peso y calidad en sus productos, sobre todo en plátanos y mosto. Se comentaba en las tertulias -siempre las ha habido- el número de piñas y las pipas de mosto que Fulanito y Menganito habían cortado y recolectado que se cosechaban en armoniosa lid de tan experimentados cosecheros. ¡Qué buenos tiempos aquellos!
Cuando los campos del barrio eran verdes, quien esto escribe conocía aproximadamente los promedios anuales que obtenían los agricultores por sus piñas y a que soy un enamorado de este sector. Debo decir que eran muy buenos conocedores del bello arte del cultivo de la platanera.
Como en toda profesión, y enganchándome en el viejo refrán, no fui profeta en mi tierra, cuestión lógica en todas las facetas por varias circunstancias, ya que muchos amigos plataneros no los conseguí como clientes. Pero los muchos que sí lo fueron representaron y representan al resto del barrio. Dije antes "mi tierra", ya que me siento santacatalinero y además tengo profundas raíces familiares en este noble y leal pueblo.
Debo decir, y así lo hago constar, que las mujeres, al margen de buenas amas de casa, han contribuido a la prosperidad de Santa Catalina, donde las casi aproximadas 350 viviendas con que cuenta en la actualidad son propiedad de sus inquilinos. Muchas familias, privándose del consumismo de todos los tiempos, les han dado estudios a sus hijos, incluso universitarios, por lo que cuenta con médicos, arquitectos, aparejadores, licenciados en Bellas Artes, en Historia, maestros enólogos, en sociales, cocineros, mecánicos, carpinteros... En fin, un rosario de trabajadores cualificados que es el orgullo de los santacatalineros, que son alrededor de mil.
Con nuestra montaña grande (Teide) cubriéndonos con su verde manto las espaldas del barrio, vamos a enumerar muchos parajes queridos por sus habitantes y que sus nombres suenan a ecos armoniosos que agradan a nuestros auditivos. Dejamos para otra ocasión los rincones del litoral, por considerarlos algo distanciados del casco:
Los Granadillos, Puerta Quemada, Los Celajes, La Bautista, El Roque, La Era, La Cañada, La Calzada, La Yegua, Juandana, La Fuente, El Lomo, El Natero, La Ermita, estos dos últimos paradigma y regocijo del pueblo. En el folclore local se canta una bella estrofa y que resumimos a continuación: "Tres cosas tiene Santa Catalina / que no las tiene Madrid, / El Natero, La Ermita / y la cocina de Tití.
Se nota, se palpa por sus entrañables nombres que eran lugares puntuales en tiempos pasados por sus ascendientes.
Si algún familiar, por mi parte, haya recibido algún agravio -con tantos años de familiaridad es posible-, a mi edad les pido ternura y desagravio y de mi benevolencia a todas aquellas que de alguna manera hayamos estado distanciados. ¡Ojalá pueda conseguir ambos ruegos!
Antes de despedirme voy a darles con humildad lo que sería mi semblanza: "Por estancia guanchero, / orgullo de sanjuanero, / sentir santacatalinero, / mi gen es de sagüero.
Amigos, perdonad tan larga carta. La necesitaba. Mi familia y un servidor les decimos adiós y hasta mañana.
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