"APENAS HABÍA el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, dejando la blanda cama del celoso marido", cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, con igual entusiasmo que en el polvoriento camino de Montiel, subido en su "rocín con más cuarto que un real, tantum pelis et ossa fuit", cabalgaba por una de las asfaltadas avenidas de Washington.
"Con grandísimo contento y alborozo", el "caballero de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro", "entregado al azar de Rocinante" se dirigió a la Casa Blanca, que según lo que había leído en los libros de caballería "se le representó que era castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata", "con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan". Los que allí estaban, "como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga", extrañados de semejante figura, le preguntaron quién era y qué quería, pues allí no había "ni posada ni lecho", para semejante personaje.
Don Quijote, aunque no quería entrar en pláticas inútiles, contestó: "Soy el Caballero de la Mancha, el de la Triste Figura. Quiero entrar en el castillo. Me siento apretado por la falta que hace en el mundo de mí. Obligado estoy, para eso he venido al mundo, a deshacer agravios, enderezar tuertos, enmendar sinrazones, mejorar abusos y satisfacer deuda. Todo lo hago por la princesa Dulcinea. Y no me moveré hasta que vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano".
Los que guardaban la entrada de la Casa Blanca mostraban un gran desconcierto y atajaban como podían la risa que a las bocas les venía. Uno de ellos, el grandote, le dijo que aquella era la casa del presidente de los Estados Unidos de América, y que él no conocía a semejante caballero vestido a destiempo y que no lo dejaba entrar en tan importante edificio. Que ellos esperaban al nuevo presidente, que no vendría a caballo sino en un automóvil blindado.
¡Ignorantes! Exclamó el hidalgo enfurecido. Puede que no hayan leído el libro de Cervantes en español, pero lo han podido leer en inglés. Shelton, Tobías Smollet, Barton Rafael, Ormsby, Montteux y Grossman han hecho unas estupendas traducciones. La de Grossman lleva un prólogo de Harlord Bloom, un profesor americano que sabe mucho de Shakespeare y de mi biógrafo Cervantes.
¡Gentes de mal vivir!, apartaos, que ahí he de entrar, soy hombre de fe, explorador del hombre antiguo y moderno, aunque soy el más pobre en la misma pobreza, lucho en favor de la independencia, y contra la corrupción de las costumbres, el reinado insolente del dinero y la sumisión a los poderosos. Busco la razón en la sinrazón. Busco el honor en el deshonor. El sentido en el sinsentido. Soy hombre de acción y de pensamiento, rara mezcla.
En el nombre de Dios, permítanme entrar aquí. Yo fui armado Caballero en el primer castillo que encontré -dicen que fue mi venteril aventura, malditos-, yo convencí al mundo entero con mi discurso a los cabreros. Yo aconsejé sobre el buen gobierno de la ínsula de Barataria. Yo a los peñascos, por penitencia subí desnudo, y bajé a la cueva de Montesinos, y allí encontré la identidad del hombre. "Soy el que soy". Luché contra gigantes -dicen que eran molinos-; en desigual lucha, no separe a un vizcaíno en dos partes, que ni el bálsamo de Fierabrás hubiere unido, si Miguel el manco no hubiese interrumpido la novela con mi espada en lo más alto. Liberé a los de las galeras, a las mujeres cautivas. Allí, donde mi valor puse a prueba, la gloria alcancé.
Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno. "Tirad, llegad, venid y ofenderme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago por vuestra sandez y demasía".
Los guardias, convencidos por las palabras de don Quijote, pensando que lo que suponían coche blindado era mero caballo flaco y lo que creían hombre de vestir moderno era hombre armado, le dijeron: "Aquí, aquí, valeroso caballero, aquí es menester mostrar las fuerzas de vuestros brazos".
Don Quijote se sentó en el despacho principal. Recibió a los asesores, a los vicesecretarios. Se vio envuelto en papeles y más papeles. Guerras, economía, racismo, diferencias sociales. Quiso exponer sus ideas, pero aquellos, igual que el cura, el bachiller y el barbero, lo creyeron loco. En esto, acertó a pasar por allí su escudero Sancho, y antes de que comenzara con sus refranes, temiendo que lo convenciera, don Quijote le dijo: "Sancho, ¿qué te parece cuán mal quisto (malquerido) soy de encantadores?". A lo que Sancho contestó: "¡Oh, encantadores aciagos y malintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha!".
"Por sus pasos contados y por contar" salieron de la Casa Blanca. Y "yendo de esta manera" alcanzaron las puertas del Capitolio, donde don Quijote, desencantado y enfermo, levantado la voz para que llegara a toda la gente de la tierra, dijo: "Señores, vámonos poco a poco pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros de hogaño".
"Al alba sería" cuando Obama se despertó, tan alborozado por verse ya presidente, cuando le vino a la memoria el sueño que sobre don Quijote había tenido. Y del sueño recordó, además de las aventuras y desventuras del hidalgo, a los barberos, bachilleres, curas, sobrinas y amas de casa que queman los libros de caballería, y a los encantadores que, aferrados a la vulgar realidad, rompen las ilusiones, los ideales y los sueños.
Obama se apresuró a escribir en su libro de notas, como máximas de su pensamiento y de su gobierno: "quixotic", que significa que se esfuerza con noble entusiasmo por ideales visionarios, y, "tilting windmills", que quiere decir atacar a enemigos imaginarios o a todos aquellos a los que uno no tiene esperanza de poder someter.
Señor Obama. Los sueños no tienen fronteras. El poder tiene límites.
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