Hace algunos meses, relatábamos en un artículo en este periódico ("Muerte en el Teide") el triste fallecimiento de un montañero tinerfeño, Carlos Rodríguez, secretario del Ayuntamiento de Santiago del Teide, en el refugio del Teide. Si recuerdan, en aquel artículo se mencionaban las "precarias" atenciones que el enfermo pudo recibir en el refugio más alto de España, Altavista (3.200 m.), por el que pasan miles de personas, turistas y locales, cada año. En ese sentido, denunciábamos, a través de los testimonios de algunos de sus compañeros en aquella aciaga noche, la falta de un botiquín adecuado así como la inexistencia de un mínimo protocolo de emergencia ante este tipo de situaciones extremas, pero no inusuales ni infrecuentes en este aislado lugar.
Es habitual y bien conocido por todos los que frecuentamos este refugio que la gente contraiga el famoso "mal de altura", es decir, la falta de adaptación del cuerpo a la altitud y a la diferencia de presión entre su espacio habitual de vida, la costa o las medianías, y en breves horas, pasar la barrera de los tres mil metros. Casi siempre, el mal de altura en el Teide se queda en síntomas leves: cefalea, náuseas, apatía? pero algunas veces se complica, sin que la ciencia haya logrado explicar con certeza sus causas, y los síntomas se agravan: vómitos, debilidad general, y más grave aún, principio de edemas pulmonares (el edema cerebral necesita mayor altitud). Sólo existe un remedio eficaz y rápido a esta enfermedad de rápida aparición y más rápida extinción, descender al enfermo a altitudes más bajas. Por desgracia, en el caso que nos ocupa no se pudo hacer a tiempo.
Sin embargo, existen medicamentos y herramientas médicas que permiten atenuar sus efectos y mejorar el estado del enfermo cuando no es posible su descenso inmediato. Los medicamentos más extendidos contra el mal de altura son diuréticos, que evitan que el agua se acumule en los pulmones causando un fallo respiratorio. Además, existen las cámaras hiperbáricas, una especie de saco autoinflable que recrea en su interior la presión a cotas inferiores, mejorando el estado general de la persona, hasta que pueda ser evacuada adecuadamente. Su precio oscila entre los 3.000 y los 6.000 euros, aproximadamente, y cada día es más frecuente encontrarla en expediciones en el Himalaya o en los Andes, o bien en hoteles en lugares con altitudes similares al Refugio del Teide.
Todo esto viene a colación porque en el pasado mes de diciembre el Patronato del Parque Nacional del Teide tuvo conocimiento puntual de estos hechos, a través de la Federación Canaria de Montañismo, y ha emitido el correspondiente ruego al Cabildo Insular de Tenerife, titular de la infraestructura, y a la Sociedad Teleférico del Teide, que tiene encomendada su gestión actual, para que revise y mejore con carácter urgente el botiquín existente, de forma que se adapte a las patologías más frecuentes en este lugar, así como la formación en socorro y primeros auxilios -importantísima- de los guardas del citado refugio. Asimismo, que se estudie la elaboración de un protocolo de emergencia (coordinado con los organismos competentes) para que casos como el de Carlos no vuelvan a repetirse, en la medida que se puedan adoptar todas las mejoras materiales y técnicas que estén a nuestro alcance. La misma petición también ha sido cursada a la Dirección Insular de Emergencias del propio Cabildo.
Es evidente que no podemos dar marcha atrás en el tiempo, pero no es menos cierto que tenemos que aprender de los errores y que este tipo de situaciones lamentables no pueden repetirse ni perpeturarse en el tiempo, y mucho menos cuando implican riesgos para la vida de las personas. Para ello es necesaria e imprescindible la denuncia pública y la perseverancia en la queja, de forma que nadie pueda archivarla en una gaveta u olvidarla en un montón de expedientes. No quiero pecar en exceso de optimista, pero una vez que este asunto ha trascendido a todos los niveles a la opinión pública, ¿qué responsable político del refugio o qué gerente de teleférico se atrevería a dejar las cosas como están hoy?
A modo de conclusión, tenemos que decir que, en estos momentos, el Refugio del Teide no tiene el nivel de seguridad y prevención de riesgos exigible en una sociedad desarrollada y responsable, y esto no es aceptable ni tolerable. Hemos de exigir a la Administración pública que vele -de forma urgente- por paliar y subsanar estas graves e inexplicables carencias. Es obvio que con ello no le devolveremos la vida a Carlos, pero al menos servirá para que un hecho semejante no vuelva a repetirse jamás. Y, en definitiva, es el mejor homenaje que una persona como él, que tanto trabajó y se esforzó por los demás, se merece, cuando celebramos por primera vez -sin su presencia- la Ruta del Almendro en Santiago del Teide, que ayudó a crear y consolidar.
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