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ANTONIO SALGADO PÉREZ

"Tarzán querer morir"

28/ene/09 07:24
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EL PASADO día 20 de enero se cumplió un cuarto de siglo de la muerte de Johnny Weismuller. Quienes en momentos tan dolorosos estaban a su lado, aseguraron que nos dijo adiós con una sonrisa en sus labios. Pero estimo que con su forma de hablar, en infinitivo, antes emitió aquello de "Tarzán querer morir", epílogo a sus últimas correrías por los pasillos de clínicas mentales donde, de forma intermitente, lanzaba un caricaturesco aullido gutural que quería parecerse al canto de victoria que todos, de alguna u otra forma, habíamos intentado, infructuosamente, imitar delante del espejo o debajo de la ducha matinal.

En su longevidad sufrió la enfermedad y el raquitismo de su niñez. Pero todos le seguiremos recordando fornido, atlético y olímpico. Todos le recordaremos por su fidelidad con Jane; siempre amó profundamente a su hijo Boy y se desternillaba con las monerías de "Chita", que no alcanzó el Óscar de interpretación por su carácter de irracional.

El lejano óbito del bebé-náufrago amamantado y querido por una tribu de gorilas mastodónticas, cuyo único modo de comunicación eran los gritos vesánicos, nos recordó, inevitablemente, nuestros lejanos "matinées" infantiles, de las cuatro de la tarde, cuando alboreaba la década de los cincuenta del pasado siglo. "Matinées" en el cine La Paz, con su ciclópeo "gallinero" de peculiar y oloroso mingitorio. "Matinées" en el Cinema Victoria, que luego convirtió su habitáculo -que olía a perenne nicotina- en una especie de descomunal ataúd.

Tras la sesión de aquel adelantado de la ecología que volaba en las lianas y corría en los lagos y mares africanos; cuando nuestras mentes de kínder se habían impregnado con las hazañas del héroe más popular de las pantallas, defensor de aborígenes y animales, protector de la naturaleza, que terminaba triunfando siempre sobre sus perversos enemigos; cuando aquel cachorro humano de casi dos metros, con taparrabos y músculos longilíneos vencía a los blancos ansiosos de riquezas y de poder, era entonces, decíamos, sólo entonces, tras aquel desahogo que nos emocionaba y nos hacía, incluso, aplaudir desde las gradas, cuando celebrábamos el triunfo del bien sobre el mal atiborrándonos en los "carritos" de la Rambla, con cucuruchos de papel que contenían chochos y chufas, sabroso binomio vegetal que luego orlábamos, en plan postre, con algarrobas, tamarindos, pitangas, "pirulines" y afines.

Todo ello era el preludio del posterior "ataque a las chiquillas" -ofensiva de una probada e ingenua castidad- en la plaza de la Constitución, que luego sería vencida por la plaza de España, lo más moderno de la época, donde, por supuesto, aún el tráfico no la asfixiaba con sus tubos de escape ni sus humos contaminantes.

Murió Tarzán y con él surgió la remembranza de aquellos años donde el tranvía se cansaba subiendo por la empinada Rambla de Pulido y donde una legión de laboriosos limpiabotas hacían su agosto dominguero en los aledaños de la plaza de La Paz, que aún no presumía de fuente.

En el rancio celuloide, el personaje creado por Edgard Rice Burroghs, seguirá viviendo entre lianas, orangutanes y en su casa del árbol alto con Jane, Boy y "Chita". Él era el auténtico rey de la selva porque el otro, el león, siempre salía con el rabo entre las patas ante aquel primitivo "Superman", que incluso doblegaba a los más poderosos cocodrilos africanos, haciéndonos olvidar las otras hazañas de "El Zorro", Robin Hood, el capitán Marvel, el "Guerrero del Antifaz" y las caballerías ant indios.

Allá, en Acapulco, el 20 de enero de 1984, nació para la muerte un héroe simple y químicamente puro que había creado, sin apenas darse cuenta, un personaje que criticaba agriamente la civilización a la que pertenecía.

Cuando la chufa, el tamarindo y la algarroba se habían convertido, para una mayoría inquietante de nuestra juventud, en porro, droga y alcohol, puede que no hubiese sido descabellado pensar que las últimas y posibles palabras que pronunciara Johnny Weismuller fueran éstas: "Tarzán querer morir".

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