El sábado gasté un rato viendo un partido de fútbol. No me gusta el fútbol ni como deporte, ni como espectáculo. Me detuve junto a un campo de hierba artificial porque arbitraba una chica. El juez de línea -sólo había uno- también era una adolescente enjuta con coleta, al igual que la árbitra, y cara de poco amiga de bromas. Parecía que tanto la una como la otra quisieran remarcar su autoridad entre el piberío con esos gestos adustos. Las dos corrían con el torso muy erguido, muy envaradas, en claro contraste con los veintidós futbolistas que disputaban el partido. Los chicos, en cambio, iban a lo suyo; es decir, a ganar el encuentro. Lo mismo les daba que pitara una fémina, o el propio Andrés Chaves vestido de negro con calzón corto después de realizar una entrevista antológica en New York.
Pronto me quedé absorto en el juego sin prestarle la menor atención a la enhiesta árbitra ni a su "linieresa". Resultaba evidente que uno de los dos equipos -el que vestía todo de rojo- poseía un juego, ¿cómo decirlo?, ¿más voluminoso?, que el otro. En una jugada de los rojos, llegó el primer gol. Los que ahora perdían vestían de blanco. Su entrenador era un chico joven en perfecta forma física. Me pregunté por qué entrenaba a un equipo de infantiles, quizá alevines -qué sé yo- , si por edad y condiciones podía él mismo practicar ese deporte en un equipo de más categoría. Reflexiones aparte, aquel preparador animaba continuamente a sus pupilos desde la banda. "Vamos, vamos; aquí no hemos venido a lamentarnos, sino a hacer lo que tenemos que hacer", les dijo tras el tanto que los puso en desventaja.
En ese momento dejé de pensar en el partido, por mucho que la árbitra siguiese corriendo graciosamente tiesa junto a los que en cada momento tenían el balón. Lo hice porque posiblemente, y extrapolando la arengadora frase del entrenador a la situación económica que nos ha caído encima, tal vez ha llegado el momento de gemir menos por la crisis y ponernos a hacer lo que tenemos que hacer. Desde luego, no es lo mismo enunciar fórmulas mágicas que atinar con las políticas adecuadas, si es que las hay, para que los problemas no se transformen en una hecatombe. El empleo se está destruyendo mucho más deprisa de lo vaticinado por los más pesimistas. En Canarias hemos alcanzando antes de que concluya enero el nivel de paro previsto por la CEOE-Tenerife para finales de febrero. Más paro, menos consumo y más paro. Estamos ante un serio problema que se retroalimenta como una espiral devastadora. ¿Qué debemos hacer? Me han gustado las reflexiones realizadas por Juan Antonio Sagardoy, catedrático de Derecho del Trabajo y Seguridad Social, expuestas en un artículo que titula "La batalla del empleo". "El Estado tendría que plantearse echar números de lo que cuesta la prestación de desempleo y las subvenciones a los ayuntamientos, y ver si con ese dinero, más el que pueda poner, se puede invertir con mayor o menor eficacia cara a la creación de empleo", afirma. Una interesante idea cuando parece que las únicas medidas consisten en seguir creando pesebres políticos -a todos los niveles-, para parchear lo inservible. Me temo que no será esa la opción elegida. Seguiremos llorando y tocando en la puerta de papá Estado. Lo malo es que a papá Estado, a los papás ayuntamientos y a las mamás autonomías se les está acabando el dinero también de forma más veloz que la prevista.
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