LOS SUEÑOS se desvanecen, casi siempre, con el alba. Las ilusiones zozobran en la tempestad de las pasiones encontradas y la colisión permanente de los contrarios. En el callejón sin salida del fracaso de las emociones yacen los sentimientos más nobles de superación de una humanidad anestesiada por su dolor endógeno e incomprensible, a veces. Nos encumbramos en la gloria del bienestar y nos tapamos la nariz frente a la putrefacción de nuestros actos que ensucian los valores que los sustentan o mantienen como tótem de las tribus ancestrales que renegamos por primitivas. No nos reconocemos, pero nos delatan las plantas de nuestros pies y las palmas de nuestras manos, no siempre tan pulcras como quisiéramos o nuestro fuero interior nos sugiere.
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