FUE MI AMIGO. Fue mi alumno y, sin él saberlo, lo admiré profundamente.
Como yo, nació en Las Palmas, pero los dos vivimos siempre en Tenerife.
Aquí nos casamos. Aquí nacieron nuestros hijos y aquí todos ellos ejercen sus respectivas profesiones.
Él y yo estamos tan unidos a Tenerife que parodiando al poeta, hemos de decir que, al separarnos, nos romperíamos en mil pedazos, o Tenerife en mil trozos se partiría.
Sin tener nada ni nadie que nos orientara hemos llegado a ocupar posiciones privilegiadas.
Munguía estudió el Bachillerato desplazándose caminando, diariamente, casi veinte kilómetros, porque carecía de medios económicos para abonar el transporte, y además de esto, con precisión recogía los apuntes que después preparaba primorosamente, restándole horas al descanso, para venderlos y poder pagar el Colegio Mayor donde estudiaba.
Al terminar la carrera, se dio de alta como procurador de los Tribunales, actividad en la que permaneció hasta el día de su óbito, dándonos lecciones de eficacia y de amor al trabajo.
Jamás se le oyó quejarse por nada. Todo lo hacía con dedicación y amor, corriendo por los pasillos del Palacio de Justicia para llegar a tiempo. Sudando para notificar puntualmente las resoluciones importantes.
Nos dio todo un ejemplo de vida. Toda una manera de comportarse. Se lo mereció todo. Por ser un trabajador infatigable, por hacer, con el máximo interés, todo lo concerniente a su profesión de procurador de los Tribunales, durante más de cincuenta años. Él supo, como nadie, que procurador, según el diccionario de la Academia, es el que en nombre de otro, autorizado por él, ejecuta cosas, actos, conciertos, litigios.
El nombre de procurador en Cortes viene de ahí. La persona autorizada por ciertas ciudades, en nombre de ellas, vota en las Cortes.
Y, ya se sabe, al final se tiene lo que se ha dado. Él dio mucho, y por eso recibirá mucho.
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