Solía contarme más de una vez mi padre que le había tocado vivir una época de la humanidad absolutamente irrepetible por la serie de acontecimientos y hechos acaecidos en el corto lapso de tiempo en que solemos permanecer en esta tierra perdida en la inmensidad del espacio, ese espacio cuyo silencio eterno asustaba a Pascal cuando, como creo recordar, decía: "Le silence éternel des espaces infinies, m'effraie". Y lo decía con bastante fundamento, porque la larga serie de circunstancias que enumeraba comenzaba nada menos que por la aplicación de la electricidad a la iluminación de ciudades, lo que él había conocido en su Puerto Real, Cádiz, donde había nacido, y de cuya instalación en Santa cruz nos ha informado varias veces Juan Arencibia. Realmente, es fácil imaginarse el asombro que a toda una gran ciudad como Santa Cruz (aunque la primera en crearse como tal fuese La Laguna, como se nos recuerda de vez en cuando) produjo pasar de aquellas farolas de gas, que había que ir encendiendo poco menos que una a una, a la explosión de un encendido simultáneo en cientos de calles y plazas.
Y la serie seguía por la aviación, que ya parece que nadie recuerda los tiempos en que la única forma de llegar a nuestras Islas era por barco, por donde también iba y venía todo el comercio que hacía posible la vida en las Islas. En casa había una foto de mi padre en el aeropuerto de Sevilla, allá por los primeros 30, al pie de la escalinata de un avión de la LAPE que hacía el trayecto Sevilla-Madrid, lo que era poco menos que una osadía y una aventura, y mi primer viaje en avión fue un Santa Cruz-Madrid, allá por el año 48, hace 60 años.
La larga serie de eventos que mi padre vio nacer incluía algo tan vulgar hoy, ya casi desconocido, como fue el telégrafo, que hizo posible una comunicación inmediata en lugar de esperar días o hasta semanas para poder comunicarse, vía cable o inalámbrico, y en mi mente todavía están las famosas Cuatro Torres de Santa Cruz, que aún me parece verlas, aunque lo que mejor recuerdo es que así se llamaba un equipo de fútbol del Cabo. Y lo mismo podríamos decir, ya en época más reciente, del teléfono, que en mi casa se puso, como he recordado alguna vez, ya después de nuestra Guerra Civil. Esta larga serie se completaba con extremos como la radio, la televisión, los plásticos y un enjambre de cosas más que habían cambiado la faz de la tierra que él había conocido de pequeño.
Muchas son las novedades que la técnica de los ordenadores ha introducido en la vida tal como hoy la concebimos, en la casa, en el trabajo, en el transporte, en la informática, en la cocina, en la medicina. Pero la más trascendental y de aplicación general que a todos nos afecta cada día, en mi modesta opinión, es esa que me permite escribir este texto y mandarlo al periódico de forma instantánea y que tal como está escrito pase al papel sin necesidad de manipulación mecánica alguna, que ha desaparecido también aquello de echarle la culpa de eventuales errores al linotipista, que también ha desaparecido, mal que le pesaría a don Pablo Iglesias. Como ya saben ustedes, me refiero a internet, que, como tantas otras aplicaciones de la técnica, han tenido un nacimiento en el mundo militar, porque otra de esas asombrosas novedades que hubiesen entusiasmado a mi padre, como es el teléfono móvil, junto con internet, han cambiado otra vez la faz del mundo que yo mismo vi al nacer.
En lo que a mi propia experiencia se refiere, hay tres momentos que creo han cambiado el curso de nuestra forma de estar y también el futuro inmediato, y que he podido contemplar por ese artefacto del que ya no podemos prescindir un solo día, cual es la televisión, que vi por primera vez en los primeros 50 en un viaje con mi suegra y mi mujer a París, donde visitando la mansión de un fabricante de equipos que era entonces suministrador de la fábrica en la que trabajaba, nos enseñaba orgulloso uno de aquellos primeros televisores con una visita que hacían al aeropuerto de París. Y recuerdo cuando por aquellos años hasta se podía ver televisión los veranos en Bajamar y nos explicaban no se qué de la reflexión de las ondas electromagnéticas en ciertas capas de la atmósfera. Se veía francamente mal, pero pude ver, por ejemplo, una competición atlética que se desarrollaba creo que en Inglaterra; la imagen iba y venía al capricho de esas ondas y capas, pero no había quien nos separase del televisor que alguien había comprado adelantándose años a la llegada de la televisión normal.
El primer momento estelar que nos brindó a todos la televisión fue, para mí, la llegada del hombre a la luna, y que supuso el cumplimiento en tiempo de una promesa hecha ocho años años antes por John F. Kennedy de "poner un hombre en la luna y hacerlo volver antes de cumplirse esta década" para paliar el impacto que para todos supuso el éxito soviético del envío de un hombre al espacio alrededor de la Tierra, como antes habían hecho con la famosa perrita "Laika". Recuerdo que fue en un verano, en un viaje a Tenerife, cuando oí aquel famoso ¡bip, bip, bip?! del primer satélite artificial, el "Sputnik", como también luego ver el famoso globo espacial "ECO", que contemplaba por las noches desde el balcón de mi casa madrileña. El viaje a la luna para poner pie en ella fue sin duda el gran acontecimiento del siglo pasado y todos estuvimos pendientes en la noche de aquel 20 de junio de 1969 del desembarque del módulo lunar en el Mar de la Tranquilidad (de donde salió la palabra "alunizaje", hoy también con otra acepción más terrestre) después de haber salido 110 horas antes de la base de Houston. Era ya muy de noche cuando pude ver con más temor que alegría los primeros pasos de Neil Armstrong en el satélite que tanto han cantado poetas de todo el mundo, con lo que se terminó con esa fuente de inspiración.
El segundo momento estelar, por disparidad con la inmensa alegría y orgullo para la humanidad que supuso la llegada del hombre a la luna, lo pude presenciar un once de septiembre, hace ahora ocho años. Estaba tranquilo en casa cuando me llama un entrañable amigo, ya fallecido por cierto, que me dice simplemente: "¡Vete inmediatamente al televisor!", lo que hice para encontrarme con el increíble espectáculo de un enorme incendio en los pisos superiores de una de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, producido por el impacto voluntario y terrorista de un avión Boeing 767, raptado por los islamistas de Al-Qaeda. Pero la impresión más horrible y dolorosa fue poder contemplar minutos después el impacto de un segundo avión, esta vez en la Torre Norte, ya que la primera había sido en la Sur. Y allí nos quedamos en mi casa clavados ante el televisor hasta que, de pronto y de forma totalmente inesperada, se hundió la primera torre a los 59 minutos del primer impacto y media hora después vimos el derrumbe de la segunda. En menos de una hora habían muerto 2.750 personas que allí trabajaban, más del doble de los habidos en la actual situación bélica en Gaza después de dos semanas, y todavía estoy esperando desde hace años que los progresistas de este país y de todo el mundo se manifiesten en sus calles y plazas en protesta contra estos islamistas asesinos, que igual destrozan unas instalaciones arquitectónicas y urbanistas ejemplares que me cupo visitar el año 1979, que provocan con sus misiles lanzados de forma constante desde Gaza a territorio israelí, dos países en paz, provocando una lógica reacción con consecuencias muy penosas pero sólo atribuibles a esos mismos terroristas, que sí que han conseguido que miles, millones de personas se movilicen para pedir una paz que ellos desprecian siempre.
El tercer momento estelar ha sido, sin duda, la elección el pasado martes, día 20, del cuadragésimo cuarto presidente americano, en el cual se han concentrado las esperanzas de medio mundo en una rápida solución de la actual crisis económica y moral que estamos atravesando y que amenaza tantos hogares no sólo humildes. Que el Señor se sirva iluminarlo y que la paz y la prosperidad vuelvan a todas las familias.
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