Parece imposible que de nuestra mente se aparten las imágenes del robo del que fuimos objeto, hace ahora un mes en el aeropuerto internacional de Maiquetía, en Caracas. Hacemos cuanto podemos para olvidar los trágicos momentos vividos allí. Imposible.
Los archivos personales de casi toda una vida que invariablemente cruzaban el charco, acompañándonos de un lado a otro con el fin de tenerlos siempre a mano, tanto en Venezuela como en Canarias, o donde el destino nos ha llevado en estos largos años, eran elementos que suponían un constante apoyo a nuestra actividad, por lo que a diario tenemos forzosamente que acordarnos de ellos.
Familiares, amigos y conocidos nos cuentan sus amargas experiencias en estos campos del delito, queriéndonos consolar en estos tristes momentos, que no sabemos cuándo van a concluir? pensamos que nunca.
Ahora, golpeados como fuimos hace solo unos pocos años por una maquiavélica acción, con la cual no pudo ni la Justicia, recordamos cómo nos desvalijaron y asaltaron hasta nuestras cajas de seguridad bancaria, llevándose cuanto encontraron a su paso personajes que siguen pululando por esos mundos del diablo -no podemos decir de Dios-, amparados en sutiles engaños y en la credibilidad que siempre hemos querido darle a personas que considerábamos amigos. ¡Qué ingenuidad!
Ni siquiera esta acción que comentamos, y sus implicaciones -inclusivas de carácter familiar- pueden compararse a la pérdida que hemos padecido en Maiquetía.
Y es que, refugiados en la realidad, de la que no podemos evadirnos, intentamos por todos los medios superar el fuerte impacto que nos ha producido la indefensión en que nos encontramos y, sobre todo, la toma de conciencia que nos dice que no somos nadie. Que estamos expuestos no sólo a que nos roben hasta las cajas de seguridad de los bancos, sino, ante nuestras propias narices, las cosas más valiosas de nuestra existencia, aunque su valor material no le sirva para nada a nadie, y sólo sea su valor espiritual el que debía ser respetado en toda su extensión. La vida debe de ser así. Pero los que sabemos ya del engaño, la infidelidad y la mentira no deberíamos extrañarnos de nada.
"Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando", dice el famoso tango. Esto es lo que ocurrirá, pero la marca indeleble de la tragedia humana que vivimos permanecerá como una constante en nuestra vida, cada vez que nos sentemos ante el ordenador, o tengamos que recordar aquella dirección que apuntamos hace mas de 40 años en la agenda que invariablemente transportábamos en el famoso maletín, del cual -como infinito tesoro ahora- guardamos una fotografía que le tomamos, hace ya unos años, en el hotel Europa, de San José de Costa Rica, sobre una descomunal cama matrimonial, para mostrar las exageradas dimensiones de la misma.
No, no nos ayudan en nada los insólitos casos que nos cuentan. Los habíamos oído toda la vida, pero nunca pensábamos que podía ocurrirnos a nosotros, y menos aún con las mil y una medidas de seguridad que decíamos conocer. ¡Qué ingenuidad!
La historia es una e irreversible. Los hechos están ahí y no se pueden cambiar. La advertencia es para aquellos que, como nosotros, crean saberlo todo y tenerlo controlado. Nos maltratan, nos roban y nos destruyen nuestras mejores ilusiones toda una caterva de sinvergüenzas delincuentes inadaptados que nos acechan por todos lados, sin que nos demos cuenta de ello, hasta que no tengamos más remedio que aceptar la realidad que se nos presenta con toda crudeza a la vista, haciéndonos el mayor de los daños?
Eso es lo que hay.
El desahogo de poder escribir estas líneas y verlas publicadas son la esperanza de que haya quien recoja estas enseñanzas, y aún puedan evitar situaciones que parece sólo detectamos cuando ya no tienen ninguna posibilidad de enmendarse. Son los lamentos del loco, del que, enfurecido en ver que ha sido salvajemente tratado, robado y vilipendiado, no tiene otro medio mejor para quejarse. Que Dios nos ayude.
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