VIVIMOS en un país milagrero por excelencia. Se maravillan algunos individuos de estos alrededores por el énfasis que ha puesto Obama en el esfuerzo de todos durante su primer discurso como presidente. Grotesca reflexión en boca de quienes más han pisoteado ese esfuerzo y, de paso, más han denostado, la responsabilidad personal. ¿Quién ridiculizó a un político tinerfeño cuando propuso que los escolares recibieran de pie a sus profesores? Idea, dicho sea de paso, que ya había tenido anteriormente Sarkozy, a la sazón presidente de un país tan librepensador como Francia. Eso por no hablar de otra sustitución esencial: lo importante, desde hace tiempo, no es el esfuerzo sino la motivación.
Hace años que los maestros de escuela se empeñan más en motivar a sus alumnos, que en inculcarles la cultura del esfuerzo. La motivación, qué duda cabe, es importante. Se lo oí de viva voz a Arancha Sánchez Vicario en una rueda de prensa. "Algunos días me entreno más de diez horas", comentó. "Si lo hubiera tenido que hacer obligada, jamás habría llegado a nada". Nadie se lo discute. Pero tanto la otrora campeona del tenis, como cualquier deportista de alto nivel, saben bien que muchos días no apetece coger la raqueta o calzarse unas zapatillas para sudar la camiseta. En otras palabras, y sin pretender invadir el terreno de los psicólogos, la motivación sin el esfuerzo se queda bastante coja.
Los ejemplos son innumerables. Todo universitario tiene que estudiar muchas asignaturas por las que siente poca predilección -o ninguna- antes de licenciarse. Y eso, se quiera o no, supone esfuerzo. Ni triunfadores, ni tampoco los perdedores se hacen a sí mismo en un solo día. Tanto el triunfo como el fracaso son la consecuencia de una ristra de aciertos y errores, casi siempre entremezclados. Lo fácil, empero, es esperar el milagro. Ahora nos va a ir bien porque Obama ha anunciado una nueva era. Si alguien se toma la molestia de echar un vistazo a la biografía de quien desde el martes es el hombre más poderoso del planeta, quizá se sorprenda -y en este caso con razón- de hasta qué punto la motivación ha complementado el esfuerzo. Hablar de estas cosas no ya en Estados Unidos, sino en países próximos a nosotros sería tan absurdo como manifestar con perplejidad que el sol sale cada mañana por el este. Es decir, estaríamos comentando algo tan obvio, que causaríamos risa.
¿Es esta la situación española? "Al igual que cualquiera nacido en una familia pobre, sobrevivía imantado por la ambición de la prosperidad y el afán de la riqueza, además de idiotizado por el convencimiento -esa era mi mayor estupidez- de que podría colmar mis aspiraciones sólo con trabajo y abnegación", reflexionaba el personaje de una novela. La suya era la historia de un recién licenciado que servía copas a los niños pijos en un bar de moda mientras buscaba un trabajo digno de su formación. Asunto difícil para alguien sin padrinos políticos ni de los otros. Al final, créanme que sí, ya no sé quien tiene la culpa de que vivamos en un país de hojalata incapaz de soñar con otro asunto que no sea la lotería, la bonoloto o la quiniela millonaria. Eso sí, deberíamos tener la decencia de no maravillarnos por que otros hablen de la importancia del esfuerzo.
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