SE DICE que fueron éstas las palabras que pronunció Goethe poco antes de morir. Como casi todas las frases más o menos célebres, resulta muy difícil comprobar su autenticidad, lo cual no es óbice para que se utilicen cuando la ocasión se presenta. Y es la deficiente iluminación de muchas de nuestras calles y plazas lo que me permite ahora traerla a colación.
Los tiempos que vivimos condicionan tanto nuestra existencia que, aunque lo queramos, a menudo nos vemos inmersos en situaciones que a priori sabemos que pueden causarnos problemas. Pueden aconsejarnos diciéndonos "no te metas en eso", "mira que es peligroso", "ten cuidado con lo que haces", pero nuestra condición no nos lo permite; tenemos que tropezar en la misma piedra para sacar conclusiones, para comprender la sabiduría que entrañaban los consejos que nos daban. Sin embargo, una cosa es predicar y otra dar trigo, porque cuando hablamos de nuestra ciudad lamentablemente nos vemos obligados a transitar por auténticas bocas de lobo cuya peligrosidad resulta manifiesta. En efecto, ya he dicho en alguna ocasión que me agrada recorrer la ciudad por la noche, sobre todo cuando me vienen ganas de ventilarme y olvidarme de los problemas -pocos, afortunadamente- que el día me ha traído. Circular a poca velocidad sin sentir la presión del tráfico, disfrutar del aire puro que la falta de vehículos produce, descubrir la belleza de muchos edificios públicos que por la noche gozan de una iluminación especial, hace que nuestro ánimo se llene de alegría y dé lugar a una serenidad que inunda nuestros sentidos y nos tranquiliza; una sensación, por supuesto, que no propiciará ninguno de los aberrantes programas que, día sí y día también, nos ofrece la televisión.
Pero hay que ser justo en las apreciaciones: si lo que he dicho en el párrafo anterior es cierto, no lo es menos que en nuestra ciudad esa paz y tranquilidad que he mencionado no se siente en todo el callejero. Introducirse con un vehículo a partir de las once o doce de la noche en muchas calles de la capital es correr un riesgo innecesario o, como antes dije, meterse en la boca del lobo. Las luces -de filamento o de gas-, supongo que con el tiempo pierden parte de su luminosidad, por lo que no es raro que una calle o una plaza nos parezca menos iluminada transcurrido cierto tiempo desde que las luminarias se instalaron. También el polvo del ambiente y la lluvia empañan el cristal de las bombillas, y si a eso añadimos la ocasional rotura o el fundido de algunas de ellas comprenderemos que a veces, como antes dije, circular por algunas calles resulta extremadamente peligroso debido a la oscuridad que reina en ellas. Me han contado que últimamente varias personas han sido asaltadas en lugares céntricos de la ciudad, así como la técnica que utilizan algunos maleantes cuando acosan a conductores que van a coger su vehículo aparcado en calles poco iluminadas. Por mucha confianza que uno tenga en sí mismo, por mucha seguridad que nuestra fuerza física nos produzca, el inesperado asalto de un grupo de jóvenes que buscan artículos de valor para venderlos y comprar droga nos dejará siempre en franca inferioridad.
Y si me he referido hasta ahora a las calles cuya iluminación resulta harto deficiente -bastaría para comprobarlo que el concejal encargado de ese servicio salga de noche como yo lo he hecho en muchas ocasiones-, ¿qué decir de zonas donde el alumbrado público brilla por su ausencia? Son muchas, sobre todo en los barrios periféricos, pero yo diría que se lleva la palma de oro, por el tránsito que soporta, el trozo de la carretera Santa Cruz-La Laguna que discurre entre la Vuelta de los Pájaros y Vistabella; creo, sinceramente, que es una auténtica vergüenza el estado de esa vía, sobre todo después de la terminación de la avenida de Los Menceyes, perteneciente al municipio lagunero. Supongo, ante el olvido con que el ayuntamiento "castiga" a esa zona, que debe de haber algún conflicto de competencias entre aquel y la Consejería de Obras Públicas o el Cabildo; es muy posible que, al ser la mencionada una vía interurbana, el trámite para iluminarla sea algo complejo, pero aunque así sea resulta de todo punto inadmisible que su aspecto sea el de un túnel al que sólo dan luz las viviendas que allí se levantan. Y lo peor, con serlo, no es eso, sino que, debido a la oscuridad, desde hace algún tiempo ese tramo de carretera se ha convertido en una sucursal de la antigua calle Miraflores, creando verdadero malestar entre los vecinos. Es comprensible la actitud de quienes viven en la urbanización que CajaCanarias construyó hace cuarenta y cinco años en la Vuelta de los Pájaros. Con cierta gracia reclamaron emanciparse del Ayuntamiento de Santa Cruz para adherirse al de La Laguna, pues el abandono que sufren tras los más de cuarenta años transcurridos casi no tiene parangón.
Muchos problemas de la ciudad se resolverían con un buen servicio de mantenimiento. Lo he reclamado una y otra vez desde hace bastante tiempo, pero como siempre ocurre -no sólo en Santa Cruz, sino en cualquier ciudad que se precie-, las sugerencias de los vecinos son sistemáticamente ignoradas. Sólo se hace o arregla lo que el concejal de turno establece, sin que la voz u opinión de los profesionales se tenga en cuenta. Lo curioso del caso es que el ayuntamiento capitalino tiene un servicio de mantenimiento, aunque, sinceramente, a veces no sabe uno en qué lo emplea. O puede ser que el excesivo trabajo mantenga a sus operarios demasiado ocupados en unas zonas e impide que se hagan visibles en otras, con las consecuencias que todos podemos adivinar: en el caso que hoy me ha ocupado, una ciudad que poco a poco va perdiendo la iluminación nocturna y que adolece de seguridad.
Frecuentemente oímos decir que Santa Cruz, por las noches, está muerta. Yo, sin embargo, diría más bien que está oscura, debido a las mortecinas y escasas luces que iluminan algunas de sus zonas más representativas, que por otro lado tampoco es necesario que permanezcan encendidas durante toda la noche pero sí hasta las dos o las tres de la madrugada. Si el proverbio chino dice que una imagen vale más que mil palabras, la que da Santa Cruz por las noches en algunos de sus barrios no es la más idónea. Si alguien nos ha bautizado como la perla del Atlántico, recordemos que estas joyas brillan tanto durante el día como de la noche: depende de la luz que incida en ellas.
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