NO ES LA PRIMERA vez que nuestra Cámara Legislativa rechaza aportar una ayuda para fomentar la Cultura, en esta ocasión, en la isla de Tenerife. El Parlamento ha dicho rotundamente no a la alcaldesa del Puerto de la Cruz, doña Dolores Padrón, la cual se ha atrevido a solicitar dicha ayuda, que es económica, asunto que fue tratado en la sesión del jueves último de la Cámara, para destinarla a la rehabilitación de un edificio de la Ciudad Turística que sirva para instalar definitivamente el Museo de Arte Contemporáneo que lleva el nombre del conocido crítico de arte Eduardo Westerdahl. Las piezas destinadas a este museo se guardan provisionalmente en la Casa de la Aduana del Puerto, donde, al parecer, se permite visitarlas porque se trata de valiosas demostraciones artísticas dignas de guardar en un museo.
Eduardo Westerdahl, a quien personalmente conocí, era profesionalmente alto cargo de la principal sucursal del Banco Central en Santa Cruz de Tenerife, pero, al margen de esta dedicación, tenía, y ejercía, una extraordinaria preparación en materia artística. Había sostenido una gran relación, durante su estancia en París, con muchos artistas, entre ellos el tacorontero Óscar Domínguez, cuya valía en el arte europeo dio a conocer Westerdahl en la tierra natal de Domínguez. Westerdahl se casó con Mau, compañera que fue del famoso pintor tacorontero, y, por sus contactos y su saber artístico, fue estimado, apreciado e, incluso, seguido en su liderazgo artístico por todo el mundo dedicado al arte de Tenerife y de algunas otras islas del Archipiélago. Para un servidor, que ya desempeñaba este oficio y como todoterreno, que entonces, y creo que siempre, somos los periodistas, tenía muchas veces que enfrentarme con juicios críticos sobre exposiciones y conferencias artísticas. Westerdahl tendía bastante hacia el arte moderno, no sólo el surrealismo, que para el crítico era poco moderno, sino otros estilos más avanzados. Y para el antiguo figurativo, ni un elogio. Fue cuando, en una confusa exposición del Círculo de Bellas Artes, el conocido y gran pintor Teodoro Ríos, creo recordar y perdón si estoy equivocado, entró con un pincel y trazó un montón de rayas sobre una obra suya. El entonces catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Laguna, don José María Hernández Rubio, muy conocido por sus ocurrencias y su carácter de cantar verdades a cualquiera, contaba una anécdota de Westerdahl a quien engañó inventando un cuadro raro que hizo el propio Hernández Rubio y al que también le inventó el autor. Westerdahl se tragó como verdad la trola. Lo malo de la popularidad y del liderazgo artístico de Westerdahl fue, durante una época, que el que no practicara arte moderno, no era un artista verdadero. Y quedaban en la sombra magníficos escultores y pintores de la tierra, entre ellos una especie de escuela de excepcionales acuarelistas, entre los que sobresalía mi querido y admirado amigo Paco Pérez Nondedeu, quien, a sus ochenta y pico años, todavía pinta las que, para un servidor, son obras maestras. No ha alcanzado Paco la fama que merece, aunque a él no le importa. Nos importa a los que somos sus amigos.
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