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ÁNGEL RIPOLLÉS BAUTISTA

En el umbral de la pobreza

18/ene/09 07:26
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HE REPETIDO en muchas ocasiones que una parte considerable de la población mundial vive por debajo del umbral de la pobreza.

Ahora acabo de leer que en este mundo lleno de "negros nubarros", más de 1.500 millones de trabajadores ganan, entre uno y dos dólares diarios.

Esa realidad nos hace temblar de inquietud y demuestra, una vez más, nuestra impotencia.

En el mundo, mueren de hambre cada año cerca de seis millones de niños. Más de mil millones de niños, del total mundial, no tienen los servicios mínimos imprescindibles para poder desarrollarse; en suma, para poder subsistir. No hay más que recordar las estampas televisivas donde los niños duermen hacinados, sin ninguna mínima atención, comiendo una bazofia que se reparte entre tristezas, desconcierto y, a veces, llantos.

Esos niños, está harto demostrado, creciendo con tales incovenientes, no tienen una esperanza de vida superior a los treinta años, cuando los países con una economía bien dirigida, superan los ochenta años de pronóstico vital.

Es evidente que mientras el tercer mundo no reciba las ayudas programadas a las que se comprometieron los países desarrollados, del 0,7 por ciento de Producto Interior Bruto (PIB), no se podrá salir de esa angustiosa situación, que nos pone un nudo en la garganta y deja helado nuestro corazón.

Se sabe que muchos países, obligados a esa solidaridad, no cumplen con lo prometido, y ese 0,7 dicho no llega en su totalidad a ese tercer mundo, y otras veces, si llega, se lo apropian gobernantes sin conciencia.

Sin embargo, conocemos cómo se emplea en armamento cantidades que nos asustan por su enorme cuantía y, una mínima parte de esos dispendios, repetimos, no se hacen llegar al mundo de los desprotegidos, hambrunos y cercanos a cualquier enfermedad, sobre todo al amenazante sida.

Habrá que hacer algo para acabar con tan triste situación. Mientras no haya en el mundo una justa distribución de la riqueza, las muertes en ese tercer mundo se producirán diariamente, con nuestra velada complicidad, y llegarán las muertes, y llegarán las guerras, y de alguna manera se nos exigirá una responsabilidad que nos hará temblar.

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