Han pasado ya semanas desde el "histórico" 19 de diciembre de 2008. Que podría haber coincidido con el Día de los Santos Inocentes. Ese transcurso de tiempo, me permite ahuyentar el apasionamiento. Pero quiero recogerlo en mi blog. Porque puede ser aliciente para otear el futuro. O, al menos, un testimonio de que la anemia de la sociedad española hay que superarla. Por mi parte, esa coincidencia se refiere a acontecimientos, aparentemente dispares, y caprichosamente convergentes, en los riesgos para el futuro. Me remito al "decretazo" de rebaja de impuestos de IRPF a banqueros y familiares, con efecto retroactivo, y discriminadamente. A la ausencia del presidente del PP en la aprobación de la Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2009, en las circunstancias que está atravesando España. Y el levantamiento -"alzamiento último" le llama un periódico no franquista- de la estatua de Franco en Santander. Brevemente comento tales "datos", que se concentran en un solo día, aunque cada uno haya tenido "causas" diferentes.
En el "decretazo" sobre rebaja del tipo del IRPF a favor de determinadas personas, en un sector concreto y privilegiado, ya se ha dicho casi todo. Los propios inspectores de Hacienda lo han impugnado. El efecto retroactivo es impropio para un Estado de Derecho. Decir de "tapadillo" sería un piropo: pasó sin debatir en un Consejo de Ministros. Estos lo desconocían en su mayor parte. Estaba en ese "índice verde" de temas de la Comisión de Asuntos Económicos del Gobierno, que -por estar "verdes"- se dejan para más adelante. Sorteó el informe del Consejo de Estado. No hay explicaciones públicas, porque el oscurantismo y el secretismo, desde primeros de octubre, ha sido pleno. Escasa toma de conciencia, en este punto, pública de la oposición. Una grieta más en la desaceleración económica. Las leyes son generales y no particulares.
El segundo dato es la ausencia del presidente del PP en la votación final de los Presupuestos, en el Congreso de los Diputados. No caben alegar circunstancias de almuerzos, podían aplazarse. Es un gesto más de Rajoy -y siento mucho transmitir lo que percibo- acerca de la indolencia, la inercia, y la presunta moderación. La obligación es lo primero. No se encamina a encontrar el puesto democrático de una oposición. Que no ha de ser sólo de palabras, sino de hechos y coherencias. Es un aviso. Y de sabios será rectificar. Cuanto antes.
¿Qué decir de la estatua de Franco en Santander? El anterior jefe del Estado lo primero que hizo el 18 de julio de 1936 fue derogar el "decretazo" por el que se produjo, además de privar a perpetuidad la nacionalidad española a la familia real y descendientes, la expropiación de la península de la Magdalena, con su Palacio, al rey Alfonso XII, que el pueblo de Santander había regalado a los reyes, y que luego don Juan lo cedió al ayuntamiento, con abono de su precio. Franco liberó Santander, con ayuda de los italianos -columna Sagardía-, que tuvieron su monumento en el puerto del Escudo, y luego en la plaza de los PP. Redentoristas.
Franco, hoy, a lo sumo, repetiría el famoso discurso sobre la disciplina, cuando se despidió de los cadetes de la Academia General, al cerrarse. Discurso que los enanos, los cobardes, los tibios, o los traidores no podrían leerlo de una tacada. El Ayuntamiento del PP sabrá lo que ha hecho. Pensando en el futuro. Porque se mantiene allí -y me parece bien- el detalle ornamental de la II República, y una nueva escultura que aparecerá, urbanísticamente, en sustitución de la estatua de Franco. Los 300 mártires de la checa Neila, o del barco-prisión "Alfonso Pérez" seguirán rezando, desde el cielo. (Al día siguiente, una visita de amigos al Palacio de El Pardo me permitió comprobar la austeridad con que vivió Franco. Allí se mantiene una Virgen del Pilar. El brazo de Santa Teresa lo devolvió a las Carmelitas de Ronda). Se derribó la estatua, pero queda su mensaje. Y todo esto cuando, ya posteriormente, se van fijando posiciones electoralistas con los nacionalistas, y se vuelve a seguir engañando con la crisis económica. Con la mentira, la codicia, la audacia, la corrupción. Max Weber, al escribir su obra "La ética protestante y el espíritu del capitalismo", predicando una ascética de la riqueza y del dinero, volvería a morir del susto. Y creo que Ortega y Gasset, al pedir claridad para impedir la injusticia, también.
* Jurista. Académico
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