LAMENTAN los ganaderos españoles que sólo los dejen producir el 65 por ciento de la leche que necesita este país, pese a que tienen capacidad de sobra para el autoabastecimiento. El resto hemos de comprarlo a los socios comunitarios. ¿Acaso pensaba alguien que durante años nos han estado construyendo carreteras a cambio de nada? Los señores ganaderos y, por extensión, todos los demás señores, siguen sin enterarse de qué va el rollo. Eso de que en Europa estamos construyendo una confederación de estados, como hicieron en su día los gringos en Norteamérica, es una falacia que no se creen ni los propios eurodiputados. Si la Unión Europea fuese un proyecto de país de países, nación de naciones -algo de lo que estamos adquiriendo cierta experiencia en España- o cualquier invento parecido, tendríamos no sólo una moneda común; ejerceríamos también una política exterior común y hasta dispondríamos de fuerzas armadas conjuntas. Un ejército de verdad, y no ese simulacro para cubrir el expediente llamado Eurocuerpo. Siendo consecuentes, ni siquiera permitiríamos que uno de los socios más significativos -el Reino Unido de la Gran Bretaña y el Norte de Irlanda- torpedee las políticas comunitarias siempre que se lo ordenen sus primos los yanquis. Al margen de esta actitud inglesa que raya lo esperpéntico, sobra decir que en asuntos extracomunitarios cada estado miembro hace lo que más le conviene.
Bueno, y si la UE no es, al menos de momento, ese protopaís de países, esa base de un futuro ente federal, ¿qué es? Pues, simplemente, una lonja donde cada cual mercadea a su mejor conveniencia. Dicho esto con cierto dolor y mucho respeto hacia los europeístas honestamente convencidos, que no son pocos. La ambición británica por acaparar mercados -el deseo expreso de que el Made in Germany no sustituyese al Made in England, llevado a su cenit con la concesión para construir el famoso ferrocarril turco de la discordia- constituyó la base económica de la Primera Guerra Mundial. Había, por supuesto, que encontrar un motivo político, montado sin dificultad tras el atentado de Sarajevo. El caso es que aquella primera guerra construyó las bases para la segunda contienda planetaria. El mayor holocausto que ha conocido la Humanidad. Aunque no sólo aquella guerra; de hecho es difícil encontrar una contienda importante desde la prehistoria hasta hoy que no posea un trasfondo económico.
Los tiempos, sin embargo, han cambiado. Hace décadas que los economistas, y con ellos los políticos, comprendieron que resultaba más rentable esclavizar mercados por métodos pacíficos. Por ejemplo, desarrollando a países atrasados para elevarles el nivel de vida y convertirlos en clientes potenciales. Se hizo en su momento con España, Portugal y Grecia, se hace ahora con los antiguos países del Este y se hará, cuando llegue el momento, con el Norte de África. Pero como en Bruselas no dan gratis ni la hora, el precio es comprar lo que nos vendan y dedicarnos a lo que nos han destinado. Lo cual, en el caso de Canarias, se circunscribe a una economía de servicios: hostelería, hospedaje, parques recreativos, alquiler de hamacas en las playas y poco más. ¿Reindustrialización? Bueno, si es para fabricar manteles, cubertería y vasos de papel, pues sí. Que nadie se lleve a engaño.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD