N.P., S/C de Tenerife
Nunca se había citado más ni con más ansias el artículo 78 del reglamento del Parlamento, por el cual si un diputado se siente aludido en la intervención de otro puede pedir la palabra al presidente de la Cámara para su defensa. Lo de ayer no fue sólo el mejor ejemplo de cómo perder el tiempo en un pleno, sino el de un auténtico colegio en el que, en vez de diputados, el hemiciclo parecía estar lleno de adolescentes de 15 años. Se pisaban el turno de intervención, lo hacían sin tener la palabra y veían fantasmas con su nombre en todas y cada una de las oraciones que ayer se pronunciaron en el salón de sesiones. "Éste se metió conmigo, maestro, yo quiero hablar", podría ser el ejemplo, trasladado a un aula.
El récord de alusiones se lo llevó la socialista Francisca Luengo, a quien nacionalistas y populares consideran culpable del origen del "caso Tebeto". Sí, culpable porque fue el término literal utilizado por uno de sus compañeros de pupitre, el diputado del PP Miguel Cabrera Pérez-Camacho. Error o intención, lo cierto es que hubo instantes en los que el ambiente se parecía mucho más a un juicio que a una sesión plenaria.
Incluso hubo un momento en que el "director del cole" -Antonio Castro, presidente del Parlamento- llamó la atención a uno de los intervinientes, José Miguel Barragán, porque éste protestó y le pidió más tiempo de intervención. "Ya está bien de cuestionar a esta presidencia", lo abroncó, y aseguró dar los mismos minutos a todos los grupos. "Gracias, señor presidente", fue lo único que pudo responder el portavoz nacionalista.
Días antes, la Junta de Portavoces había acordado el modelo del debate de ayer y decidió que si el Gobierno intervenía para explicar las acciones judiciales que se han llevado a cabo en la defensa de las arcas de la Comunidad autónoma, los grupos también podrían intervenir en este mismo sentido argumental.
Con esas, el debate se enredó como una madeja de hilo fino -fino, no por la calidad del discurso, sino porque tan poco grosor da para más enredo-, hasta el punto de que hubo varias interrupciones del presidente para aclarar si se respondía al Gobierno, si se fijaban posturas ante la petición de comisión de Tebeto o si se investigaba cómo comer más minibocadillos de la cafetería en un tiempo récord: en el que el ujier cambia el vaso de agua cuando sale a la tribuna un nuevo diputado.
La mordaz verbigracia del diputado Pérez-Camacho, que interviene sin papeles -porque no los necesita-, fue protagonista también de la sesión de ayer. Éste es capaz de citar de memoria el código de una sentencia, contar la fábula del oso, la mona y el cerdo o dar títulos de libros aún no escritos, como "El arte de la mentira, la tergiversación y la difamación en la política". Quizá sea una buena idea para una tesis.
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