DESPUÉS DE que nos falta nuestro querido y malogrado compañero José H. Chela, nadie hace uso del humor en los artículos que publican los periódicos locales. Yo había sido un admirador de Chela desde que él publicaba en el desaparecido diario La Tarde aquellas secciones que él mismo inventaba y que derrochaban un excepcional humor periodístico. "La Buena Uva" se titulaba la última columna que Chela publicó en este mundo. Yo echo de menos ese magistral espacio cada día y es difícil acostumbrarme a su ausencia en estas páginas. Es inútil tratar de igualar el humor escrito del malogrado compañero. Uno lo intenta con poca fortuna, pero comprende que el lector de prensa no merece el dramatismo hacia el que nos inclinamos para tratar todos los temas en la letra impresa. Y uno hace esfuerzos, dentro de sus escasas cualidades, para alegrar la vida de los que leen. Por eso escojo un tema, digamos que más cercano a lo humorístico que a la seriedad en este ladrillo dominical. Creo que alguna vez he hecho mención del caso, pero, seguramente, he dejado algo por contar.
En más de medio siglo de oficio, hay pocas cosas que no le hayan ocurrido a un periodista. Creo recordar que, durante la década de los 60, el director de este diario, Ernesto Salcedo, me encargó llevar la sección de Sucesos. No era fácil porque los redactores de los periódicos, para cubrir ese espacio, teníamos una carencia casi total de noticias. Estábamos sostenidos por las nuevas que la cercana Casa de Socorro, instalada en un edificio de la plaza del Príncipe, nos proporcionaba de los asistidos por accidentes, enfermedad o curas efectuadas; en resumen, noticias de escaso interés. Un accidente de coche en carretera era casi un notición, así como un robo o una pelea en la calle o en una fiesta. Una muerte en accidente o un crimen era ya noticia de primera página.
En esto resulta que, a media tarde de un día, llegó a la redacción el rumor de que se había cometido, creo recordar, que un crimen o una muerte por accidente en el término municipal de Tacoronte, cerca del barrio de Lomo Colorado. Y, sin pérdida de tiempo, este periodista marchó para arriba, sin contar con el Juzgado y la Guardia Civil, que no daban noticias a los periódicos hasta el día siguiente. El posible lugar de la información estaba en una tienda-tasca campestre muy típica de los pueblos, donde igual se servía un vino con yesca que un kilo de arroz o de azúcar. Desde mi lugar, en la esquina del mostrador de la tasca, al que, con poca fortuna, logré llegar separando al montón de gente, traté de informarme del crimen con varias personas de la tienda y recogí toda la información que pude, mientras la venta, rebosando de gente, en general curiosa, no me dejaba abandonar el sitio en el mostrador. Y fue entonces cuando el espantoso pedo que se tiró uno de aquellos magos me cogió de frente la nariz sin escapatoria posible para eludirlo en aquel infierno apestoso. Afortunadamente, en mi vida profesional no se ha repetido algo semejante a lo del pedo tacorontero.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD