LA coquetería de un mango de una sartén que se sale de la bolsa del equipaje podría definir cierto atavío perdido y recuperado, quizás, en la premura del trasiego y tránsito del tiempo, como la rapidez de aquella salida de Egipto del relato bíblico, que me marcaría sin saberlo y que recuerdo cada día. Una huella definida por un antiguo oficio que pude contemplar muy de cerca en mi niñez y que por cuestiones del azar me reconocerían en él. El huésped de la sartén.
Los latoneros, si aún los hay, constituyen todo un vestigio de un concepto artesanal propio de otras épocas en la que con un trozo de lata o de metal se podía hacer viguerías. Mi padre sabía mucho de eso. No había caldero, cocinilla, hornillo, maquina de sulfatar y apero que se le resistieran. En la caja de herramientas los utensilios imprescindibles: los remaches, el estaño para soldar, los pulidores de metal, seguetas, aluminio, cobre, bronce (rara vez, plata), latón, tenazas, alicates, abrazaderas, martillo y clavos de todos los calibres y, lo más importante, el amor a la obra bien hecha. Y ahí, en el patio de la pequeña casa, la consabida y socorrida pólvora para desatascar los pitorros rebeldes de aquellas cocinas de petróleo, auténticas bombas de relojerías que las amas de casa tenían en sus casas para cocer los alimentos. Ah, los domingos, ejercía de latonero a domicilio.
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