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CUENTO DE NAVIDAD

El elfo dorado

Autor: Jorge Dávila; ilustraciones, Jorge P. Dávila
31/dic/08 12:51
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Edición digital .
Jorge P. Dávila

EL ÁRBOL YA ESTABA ARMADO y como todos los años únicamente sobraba una especie de duendecillo de color oro viejo que siempre acababa volviendo al desván olvidado en el interior de una desvencijada caja de zapatos italianos hasta que, en la primera quincena del mes de enero, se volvía a reunir con las estrellas, campañillas, bolas y más artilugios que habían fabricado otra Navidad en el hogar de Eyre, una niña de seis años de apariencia mágica. De piel tan blanca como la nieve, de largos rizos pelirrojos y ojos igual de poderosos que un par de esmeraldas. ¡Una princesita!

-Eran días de sueños, días en los que crecían miradas inocentes que nada tenían que ver con la tristeza que transmitía el rostro de aquella figura dorada que estaba a medio camino entre un enano y un elfo. Un ser que apenas medía cuatro centímetros y que había sido moldeado en plástico. Que era orejón, narigudo y de ojos saltones. Una figurita con serios problemas de policromía que ya se había acostumbrado a pasar un trozo de la estación de invierno en soledad. Todos estaban pendientes de las luces y, antes de buscar el enchufe, cruzaron sus dedos para minimizar las posibles pérdidas. Era muy raro que llegara el mes de diciembre sin que se fundieran dos o tres bombillos. Un grito rompió la incertidumbre.

-“¡Funciona!” (Expresó con júbilo la madre de Eyre).
-Hubo saltos y, a pesar de que todavía restaba una semana para la Nochebuena, más de uno se arrancó con el primer villancico. La euforia se desbordó de tal manera que nadie reparó en el golpe que se dio Eyre contra un sillón tras salir rebotada de un brinco traicionero.
-“Arriba, arriba...” (Insistieron sus padres).
-“¿Estás bien?”
-La menuda soltó una carcajada y se despejaron todas las dudas. La Navidad ya residía en la casa de Eyre.

 

Jorge P. Dávila

El abeto parecía tener algunos problemas de equilibrio, pero brillaba y, sobre todo, había excluido una vez más al duende cabreado. El destierro a su residencia de cartón había dejado de ser una sorpresa e incluso una vez estuvo a punto de acabar en el interior de un contenedor de basura. Por una extraña casualidad no se desprendieron de un muñeco que tenía una borrosa inscripción en su pie derecho (Snok o algo muy similar se podía leer en tinta azul). Algún que otro miembro de la familia no ocultó la idea de que éste pudiera atraer a la mala suerte, pero cuando uno de ellos se proponía eliminarlo una extraña circunstancia se interponía entre el elfo dorado y sus posibles verdugos.    

-Entonces, desaparecía sin dejar rastro y la mayoría terminaba por tachar de su imaginación la seriedad de Snok. Nadie estaba dispuesto a concederle una oportunidad. Una vez, recuerdo, estuvo extraviado casi medio año hasta que finalmente fue liberado del interior de una lata de bombones que un día cualquiera pasó a formar parte de la colección de objetos inservibles que se almacenaban en el trastero por culpa de un dudoso valor estético. El envase metálico tenía incrustada una secuencia medieval con castillos, personajes coronados, dragones y hasta un caballero andante. Al abrirla ya no se apreciaba el aroma a chocolate fundido con crema de naranja que tantos placeres regaló en el pasado. Nunca se supo cómo el elfo había logrado fugarse de su prisión de hojalata para regresar a la caja de zapatos con los adornos navideños, pero lo cierto es que los dos últimos años apareció dentro de su morada de cartón.

Jorge P. Dávila
 

-A través del pasillo se colaron los efluvios del puchero que se estaba cociendo y los estómagos vacíos anularon los pensamientos. Ninguno de los adultos que se encontraban en el salón, los padres y el abuelo de Eyre, repasaron el inventario de los artículos que no se iban a utilizar este año para atraer al espíritu navideño. El almuerzo casi estaba servido.

-“¿Eyre?” (Gritó Anne, la madre de la pequeña).
-“¿Alguien sabe dónde está Eyre?” (Replicó su padre).
-“Estará en su cuarto... (Añadió el anciano) Habrá ido a buscar un juguete”.

-Eyre llegó a la cocina con la misma expresión que se le quedaba cuando organizaba una de las suyas. Era una niña noble pero, a pesar de su corta edad, su capacidad para fantasear ya le había  metido en varios líos. Todos sospechaban, pero las ganas de comer cortaron de raíz el interrogatorio.


Eyre no pronunció ni una palabra durante los diez minutos que estuvo sentada en la mesa. Comía de forma compulsiva y no interrumpió ni una sola de las conversaciones que salieron entre las zanahorias cocidas, bubangos, trozos de calabaza, garbanzos, coles e incluso peras...

-“No comas tan rápido” (Advirtió su madre).
-Eyre abrió sus ojos verdes de par en par y dibujó una sonrisa con su boca, pero siguió muda.
-Ni siquiera reparó en la presencia de las cuatro natillas con galleta, su postre favorito, que se enfriaban junto al ventanal. En cuanto ingirió la última habichuela se levantó disimuladamente, mientras los mayores discutían la posición exacta en la que iban a colocar al pastor descompuesto cuando llegara el momento de montar el Belén.

-“Yo lo pondría junto al río” (Aconsejó el abuelo).
-“¿Junto al río?” (Preguntó el padre) “¿No está demasiado cerca del nacimiento?”.
-“Pues yo creo que el mejor lugar es la esquina de la herrería. Ni muy cerca, ni demasiado lejos del nacimiento” (Ofertó Anne).

Jorge P. Dávila

-El rostro de Snok transmitía miedo. Sus labios rabiosos tenían mucha culpa de sus continuos viajes al cuarto oscuro durante las últimas navidades, aunque lo peor eran sus ojos. Desprendían cólera y era casi imposible sostener su mirada durante más de cinco segundos. Era un personaje despreciable que debía compartir protagonismo con la ternura que contagiaban los Santa Claus y los angelitos recién colgados del árbol. Nadie lo quería.  Eyre, no se sabe bien por qué razón, tenía entre sus manos a Snok. Durante una hora y media lo llevó de un lado a otro de la casa de forma clandestina (en el interior del bolsillo izquierdo de su abrigo) sin importarle demasiado su fealdad. Lo duchó con jabón líquido de la Toja en el lavabo del cuarto de baño, le tiró un buen chorro de colonia para contrarrestar el tufo a humedad que captó cuando lo sacó del embalaje de los zapatos y le presentó a sus compañeros de juego.

-“Aquí tienes es Nancy” (Le dijo en voz baja).
-“Es algo presumida, pero es mi mejor amiga”
-“Allí está Laura, la de la estantería es Lidia, en el baúl tengo a Lucía, Vanesa y Esther, en el armario a Jessica...”

-A Eyre se le veía emocionada con su nueva amistad. La claridad de la tarde se había rendido finalmente frente a la oscuridad que anunciaba la noche. El resplandor que provocaban las luces del árbol de Navidad se apreciaba desde el dormitorio de la pequeña. Estaba a punto de comenzar el ritual de todos los días. Un baño calentito, un par de bizcochos con leche y a la cama.

-Eyre, que siempre pedía un cuento para conciliar el sueño, repartió unos cuantos besos y se metió debajo del edredón. Eso sí, antes de apagar su lámpara de cabecera introdujo su mano debajo de la almohada, golpeó tres veces las sábanas y acabó capturando a Snok. Se lo puso a palmo y medio de su nariz y, después de intentar imitar su horrorosa expresión, se despidió de él.

-“¡Buenas noches.., duende!”
-Lógicamente, no hubo respuesta. A oscuras, desde la cama, únicamente se apreciaba el verde fosforito de uno de esos peluches que absorben la luz. Los ojos de Eyre se cerraron rápidamente. Había sido un día de sobresaltos. Y es que la Navidad siempre aceleraba su diminuto corazón.

-Un ruido llamó la atención de la durmiente en plena madrugada. Al principio, quiso dar el grito con el que solía reclamar la presencia de sus padres, pero al girar la cabeza sobre el costado izquierdo distinguió la silueta de Snok. Resplandecía más que nunca y parecía estar vivo.

-Acercó su mano derecha hasta él y el plástico se había convertido en una especie de arcilla. Su textura era más blanda, pero seguía enfadado.

-“¿Quién eres?” (Preguntó Eyre).

El elfo dorado

Snok permaneció en silencio mientras Eyre exploraba su cuerpo buscando una evidencia de vida. El duende se sentía atrapado en un calabozo cuyos muros habían sido construidos por diez pequeños dedos igual de pálidos que la luna, pero aquel cautiverio no le disgustaba. Y es que llevaba tanto tiempo sin llamar la atención que no le importó soportar una ración de achuchones.

-“¿Quién eres?” (Consultó por segunda vez la pequeña).
-Eyre apagó sus ojos, contó diez en sentido descendente y volvió a fijarse en Snok. Nada. El elfo dorado continuaba callado e inerte. Repitió la emboscada tres veces más incrementando el cálculo a veinte, treinta y cincuenta, pero el resultado siempre fue el mismo. Sin embargo, cuando el sueño estaba a punto de derrotarla, percibió un hormigueo entre sus manos.

-“¡Te pillé!”.
-“Ahora sí que te has movido”.
-“Sabía que estabas vivo”.
-“¿Quién eres?” (Encadenó con cierta agitación).
 
-El enano elevó su cabeza sin alterar la amargura de su cara y contempló el efecto que había causado en Eyre. Acababa de ser descubierto. La niña cerró un círculo con sus brazos para evitar la fuga, pero éste en lugar de buscar una posible vía de escape decidió sentarse y esperar. Mantuvo la calma en medio de una gran desconfianza. Quizás, aguardaba que la soñadora reclamara a gritos la presencia de sus padres y, al final, todo lo sucedido formaría parte de una ligera pesadilla, pero Eyre se mantuvo serena e insistió con la pregunta.

-“¿Quién eres?” (Reincidió con un tono más agudo).
-“¿Puedes hablar, de dónde has salido, por qué eres tan diminuto, cuándo has venido?”.
-“Yo soy Eyre” (Le dijo al tiempo que acercaba su índice derecho a la barriga de Snok).

-Snok mantenía bajo vigilancia al gigante (Eyre), pero, a su vez, era consciente de que estaba a merced de éste. Sabía que en cuanto se hiciera visible debía cumplir con la tarea asignada para desbaratar el hechizo que estaba activo desde la ruptura de la tregua en el valle de los dragones.

-“Snok.., soy Snok” (Repitió el duendecillo áureo).

-Eyre compensó aquella sincera confesión con una mueca de felicidad que acabó derivando en una larga presentación. Poco a poco, la niña y la criatura fantástica aclararon sus dudas. Las preguntas se cruzaban de lado a lado, aunque normalmente la princesita de los cabellos rojos se mostraba más curiosa. Snok perdió el miedo y empezó a describir episodios de su larga existencia.

-“Estoy desterrado”.
-“¿Desterrado?” (Interrumpió Eyre).
-“¿Qué es estar desterrado?” (Añadió la pelirroja).
-“Es vivir entre extraños, en un lugar en el que nadie te conoce y nadie te quiere” (Le explicó Snok de la manera más sencilla posible).

-“Cometí un error y todavía lo estoy pagando”.
-“¿Cuál fue tu error?” (Volvió a consultar Eyre) “¿Tan grave fue?”.
 
-“Los elfos no podemos morir de viejos y jamás caemos enfermos. Los dragones nos dieron la posibilidad de ser inmortales, pero tuve un desliz... Una vez, -prosiguió Snok- secuestré a uno de ellos y se quebró la paz. Fui condenado al ostracismo, a morir de tristeza mientras se marchitaba el valle de los dragones. Los elfos sólo podemos fallecer así: tristes y en soledad”.

-“Entonces, ¿estás muerto?” (Se cuestionó Eyre con una fonación afligida).   
-“Hoy he estado cerca, pero aún vivo”.

-“Tú me salvaste” (Reveló Snok a su improvisada compañera de conversación).
El elfo dorado

La niña no supo identificar en qué instante evitó que Snok perdiera la vida, pero no quiso frenar el relato porque intuía que obligatoriamente la respuesta acabaría apareciendo. Eyre apoyó su cabeza en una almohada y aguardó acontecimientos. Si hubiera querido, el elfo de oro habría escapado aprovechando las facilidades concedidas por su preciosa e inocente “carcelera”, pero prefirió quedarse y explicar los orígenes de su pena. Eso sí, conforme avanzaba aquella gesta su voz se iba debilitando en medio de una noche gélida y lluviosa.

-“¿Tienes frío?” (Le trasladó Eyre).
-El ser liliputiense encogió sus hombros en lo que Eyre entendió como una señal afirmativa. Gracias a la aureola del duende, la fosforescencia de algunos juguetes y la claridad que se colaba por un postigo entreabierto, la soñadora localizó una bufanda con la que improvisó un albergue más caldeado para Snok. No obstante, el espectro debió sufrir una reacción alérgica al contacto de su cutis con la lana, pues la nariz se le puso casi tan roja como un semáforo y sus ojos se licuaron.

-“¿Estás bien?” (Insistió la pelirroja).
-“No estoy acostumbrado a que me cuiden”, y añadió que, “hace tiempo que no me dan tantas cortesías”, admitió Snok mientras se llevaba un pulgar a su cada vez más colorado apéndice nasal.
-“Presta atención”... Así fue cómo el gnomo habló del episodio más trágico de su vida.

-“Hubo un tiempo, hace más de tres mil años, que dragones y ogros rivalizaban por el control del valle”. Según Snok, se registraron muchísimas muertes y los duendes tomaron partido por los animales de largas alas que escupían lenguas de fuego a través de sus mandíbulas. Los combates duraron siglos hasta que, cuando la aniquilación de las especies ya era una realidad, se acordó un pacto que fragmentaba la vaguada en dos: el valle de los dragones y la ciénaga de los ogros.

-“En el valle de los dragones todo era luz y felicidad”, describió un melancólico Snok. “Era como pisar sobre una gigantesca alfombra de color verde que se extendía desde unas colinas hasta la orilla de un río que parecía transportar plata líquida. La vida brotaba a su alrededor con fuerza y los seres que se aprovechaban de su belleza y frescura vivían en paz. La ciénaga de los ogros, en cambio, era un lodazal repulsivo y maloliente en el que la ruindad crecía a la misma velocidad con la que brotaban las flores que adornaban la cuenca de los dragones...”.

-Snok se quedó pensativo antes de proseguir con un testimonio que le incomodaba. El duende explicó que muchos elfos no tuvieron noticias del pacto entre ogros y dragones hasta que ya era demasiado tarde. “Unos vivimos en el valle y otros permanecieron atrapados en el cenagal. Ellos, no pudieron elegir y compartieron el pantano con las bestias. Cada vez que uno de los nuestros intentaba cruzar la frontera moría”.

-“¡Morir!” (Exclamó Eyre).
-“¿No me dijiste que los duendes no podían morir?”.      
-“Sólo de tristeza y de forma violenta... Y los ogros eran muy crueles”. 

-El armisticio entre dragones y ogros estaría en vigencia siempre y cuando las partes fueran capaces de respetar los lindes asignados. Si se cruzaba la línea, guerra segura.  
El elfo dorado

Jorge P. Dávila
 

Las escaramuzas eran frecuentes en el borde maldito. Sobre todo, cuando el cielo se teñía de un negro apelmazado igual de sombrío que el corazón (si es que lo tenían) de los monstruos del barrizal. Por eso, no resultaba nada extraño hallar un esqueleto en los prados o en las charcas más cercanas al abismo de la muerte. Así conocían los elfos a un paraje que sus antepasados le enseñaron a odiar. Los huesos eran descomunales, tan grandes como los ogros y los dragones. El castigo para los duendecillos que intentaban permutar la tristeza por la felicidad era todavía más salvaje. La atrocidad consistía en convertir en piedra a todo ser mágico que intentara pisar la hierba. Habían sido condenados a residir eternamente sobre el fango. Así, cuando esta maldición fuera efectiva, sus iguales conocerían el miedo que desprendían aquellos sílices tan desgarradores. 

-La madrugada avanzaba a toda velocidad, pero Eyre no perdía detalle. Incluso, quiso ver una lágrima que se columpiaba junto al pómulo izquierdo de Snok, pero aquel lunar casi transparente era una marca de nacimiento.

-“¿Tu tristeza tiene algo que ver con la ciénaga de los ogros?” (Preguntó Eyre).
-Snok esquivó la investigación y optó por llevar la iniciativa.
-“Sólo te contaré una minúscula parte de mi desgracia. Aún no necesitas saber más”. 

-“Guft era mi compañero de juego. Un dragón joven, de apenas 150 años, cuya inexperiencia me divertía. Azul celeste. Así era el tono de su piel. Un añil tan apuesto como el firmamento de un día de primavera sin nubes. Volaba tan mal, que muchas veces terminábamos estrellados contra unos colchones de trigo, pero en cuanto nos reponíamos del aterrizaje ya estábamos planificando el siguiente vuelo. Una vez a punto estuvimos de atravesar la línea prohibida. Fue una casualidad, aunque enseguida percibimos la frialdad de la tierra de los ogros. Desde allá arriba se apreciaba con nitidez la diferencia entre el trozo resplandeciente y el que permanecía entre tinieblas.

-“Algún día entraremos” (Le gritó Snok a Guft).
-El aprendiz de dragón emitió un sonido indescriptible (maravilloso) que acompañó con una raquítica llamarada naranja.
-“Ja, ja, ja... ¡Vuela, vuela Guft! Más rápido y alto, Guft”. (Vociferó el duende, mientras el animal sobre el que galopaba se preparaba para trazar un escorzo en picado hacia la derecha).
-“Volvemos a casa” (Chilló el enano).

(MUCHO, MUCHO, MUCHO TIEMPO DESPUéS)

-Guft seguía arrastrando graves problemas aerodinámicos cuando Snok le propuso un trato. El elfo insistió en vendar sus ojos para ganar pericia en el aire. De esta forma, su voz controlaría cada uno de sus movimientos. El dragón aceptó temeroso el plan y acabó despegando desde un montículo ubicado junto a un vetusto molino de agua. Guft y Snok se elevaron sin problemas y, poco a poco, surcaron una interminable bóveda celeste hasta perder la noción del tiempo.

-“A la derecha, a la izquierda, y ahora abajo...”. (Ordenó el duende dorado).

-El entusiasmo impidió identificar el peligro que estaba a punto de desbordarse en torno al jinete y su montura. Un destello cegó a Snok antes de soltar sus manos de las sogas que le unían al cuello de Guft. El dragón perdió el equilibrio y la criatura amarillenta se precipitó contra el suelo. El golpe fue tremendo y, esta vez, no había grano para poder amortiguar la costalada.

-Cuando el elfo despertó buscó desesperadamente a su amigo, vio que casi estaba acariciando con una de sus botas el abismo de la muerte y se temió lo peor.

-“¿Guft, dónde estás Guft?”.
-“¿Guft?” (Insistió).

-Guft apareció tumbado a unos doscientos metros, pero en el margen oscuro. Su corazón había sido atravesado por una lanza de plata. ¡Estaba muerto!
El elfo dorado

La corte de los sabios formada por cinco de los elfos más longevos del valle de los dragones  -la suma de las edades de los miembros del tribunal superaba ampliamente los 1.300 años- sentenció al temerario Snok. Únicamente Gorck, un antepasado del reo con unas deficiencias auditivas severas, se atrevió a emitir un voto en blanco. Inapelable. El ex compañero de Guft debía emprender su destierro tras la puerta dorada. Era la primera vez que se abría el portal de la vergüenza después del cese de la guerra con los ogros. La comunidad del dragón, la más afectada por la desdicha de la ciénaga, tanteó la posibilidad de que se aplicara el mismo castigo que el que sufrió el torpe volador (Guft), aunque con un matiz. Rachaat, un ejemplar de más de tres mil años al que un espíritu concedió el don de la palabra, pidió que el familiar más unido a Snok perforara con un alfiler de plata su corazón. Nadie prestó atención ante semejante brutalidad. Ni siquiera él, que había vivido en primera persona la pugna con los bárbaros, creía en la justicia del ojo por ojo y diente por diente, pero acumulaba tanta ira en su interior que expuso aquel soberbio disparate.

-Rachaat, un espécimen de pensamientos puros e ideas nobles, solicitó perdón públicamente por su vehemencia: “Lo siento... Que se cumpla la decisión de la corte”.
-“Que se marche en paz. Sus malas decisiones y bravuconería estarán con él durante siglos” (Añadió el viejo, pero todavía poderoso dragón cárdeno).  

Jorge P. Dávila
 

-Cruzar por debajo del portón de oro en dirección al espacio asignado a los humanos suponía la mayor de las humillaciones a las que se podía enfrentar un ente mágico instruido por las hadas. Unos 1.500 pasos (de duende) separaban la cancela del edificio en el que fue juzgado Snok. Eso sí, justo antes de que un envalentonado dragón verde lechuga accionara el mecanismo que dejaba al descubierto los secretos de los dos mundos (el real y el fantástico), un aspirante a juez leyó las condiciones para que Snok pudiera regresar al valle de los dragones.

-Snok sabía que en cuanto pisara suelo mortal se transformaría en un adorno navideño. En el elfo irritable que casi todos rechazaban. Sólo Eyre apreció en él una belleza que no cazaba con su lenguaje corporal. Durante años conoció lo difícil que es vivir en soledad, pero mientras esperaba un milagro similar al que se precipitó la tarde en la que la niña de la melena rojiza lo recogió de la caja de zapatos italianos tuvo tiempo de enmendar su fogosa naturaleza.

-“¿Qué misión debes cumplir para volver a tu mundo?” (Demandó Eyre).
-“¿Misión?”.
-“No hay encargo, simplemente, tenía que esperar y ser rescatado por un ser inocente”.
-“¿Un ser inocente?” (Replicó la hija de Anne).
-“Cuando me juzgaron sabían que no sobreviviría en un espacio dominado por el egoísmo, la traición, el individualismo... Tarde o temprano, acabaría muriendo de tristeza o desamparo, pero tú me salvaste”.
-“¿Yo?..  Ahora entiendo la presencia del dragón azul y barrigón en el árbol de Navidad”.

-Snok detalló efímeramente que una chiquilla de largos cabellos rojos y alma cristalina debía frustrar el proceso que acabaría convirtiendo al elfo dorado en una de esas figuritas de escayola que ornamentan los jardines de los humanos. Posiblemente, si no lo hubiera “raptado” aquella helada tarde de diciembre, el próximo año no habría aparecido en el castillo de cartón (la caja).

-“Gracias” (Reiteró Snok). “Ahhh, el dragón del abeto es Guft. A él siempre lo han querido”.

-Ya estaba casi amaneciendo y Snok seguía hablando de la puerta dorada, pero eso pertenece a otro sueño. El duende prometió a Eyre que habrían muchas madrugadas por delante para viajar al universo de los dragones, diminutos seres inmortales y encantadoras. 
-“Pero ahora debes descansar, princesa”. (Advirtió el elfo dorado).

-Por la mañana, el rostro triste y feucho del duende se había mutado en una imagen sonriente y dulce. Eyre le dio un beso y susurró: “No volverás a sentir la soledad”...  
                                                                                                                  ...y le regaló una sonrisa.

 

JORGE DÁVILA
*Redactor de la sección de Cultura de EL DÍA y máximo responsable del suplemento EVS


 

 

 

 

 

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