ASEGURA la asociación El Defensor del Paciente, por boca de su presidenta, Carmen Flores, que Canarias tiene la peor calidad sanitaria. ¿Y qué hace la consejera de Sanidad, Mercedes Roldós, además de ejercer como canariona y barrer para su isla -la tercera- cuanto puede? De la misma forma que la cabra tira al monte, Roldós sólo tiene ojos para Las Palmas.
Estas noticias, no por tristes y deplorables menos repetidas, nos llevan a plantearnos una vez más la necesidad de que el Archipiélago disponga de una soberanía que le permita administrar sus asuntos sin depender de las limosnas de la Metrópoli. Porque eso es, desgraciadamente, lo que hacen nuestros políticos cuando acuden a Madrid: limosnear para que les doten unas transferencias, en este caso de Sanidad, que graciosamente les han concedido en virtud de ese inservible y vergonzoso Estatuto de Autonomía. Una ley que ahora, de manera no menos ignominiosa, se pretende reformar -si el PSOE al final lo autoriza- para que dure otros cuantos años; para que los de siempre sigan en la poltrona, llenándose los bolsillos con el sudor del pueblo. Qué asco. Qué detestable forma de acabar un año y comenzar otro. Porque algunos quieren que todo continúe igual mientras ellos sigan bien. Algunos como los nacionalistas teóricos, los canarios timoratos que todavía no han comprendido lo mucho que pueden ser y tener una vez que alcancen la condición de ciudadanos libres, y los amantes de la españolidad de Canarias, que son los peores de todos pues persisten en menospreciar la memoria de los guanches; ese pueblo pacífico, masacrado y sometido en una vil conquista.
Lo cierto es que la sanidad va hacia atrás. Durante la dictadura franquista se cometían injusticias y no había libertades personales, pero nunca se desatendió la salud del pueblo. Se construían hospitales y España fue uno de los primeros países del mundo que instauró un sistema sanitario público. Se contaba entonces con la circunstancia favorable de que la población era más reducida, no sólo en Canarias sino en España. Ahora, en cambio, el número de habitantes se ha incrementado notablemente. En las Islas hemos tenido un incremento de medio millón de personas en pocos años, en gran parte debido a la desidia de la Metrópoli a la hora de controlar nuestras fronteras. Una prueba añadida de lo poco que le importamos.
Lo repetimos: no sirve de nada ir a Madrid como mendigos. Es inútil prolongar, mediante su reforma, un Estatuto de Autonomía cuya finalidad última, insistimos, es alargar nuestra situación colonial. ¿Son las necesidades sanitarias canarias las mismas que las de Murcia o Badajoz? En absoluto. Poseemos unas peculiaridades que nos diferencia notablemente de la España continental. Por eso somos canarios, no españoles.
A propósito, señora Roldós: ya que estamos hablando de sanidad, ¿dónde va a instalar finalmente el ciclotrón, en el Hospital de la Candelaria, donde ya funciona el PET, o en Las Palmas de sus amores? La permisividad crónica de nuestros políticos ante la ambición hegemónica de Canaria es otra consecuencia de nuestra falta de soberanía. Sin soberanía, nada es eficaz; ni la sanidad.
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