ESTE ARTÍCULO debería haberse publicado mañana, porque mañana, 1 de enero de 2009, se cumplen 50 años del triunfo de la revolución cubana. La revolución de Fidel Castro, para ser precisos, porque en la Gran Antilla revoluciones ha habido varias. Pero mañana es uno de los tres días del año en que no se publica este periódico; una de esas tres fechas en que los lectores descansan de nosotros, y nosotros de los lectores.
El caso es que tal noche como la de hoy hace cincuenta años, Fulgencio Batista huyó de Cuba y la gente se echó a la calle para celebrar, con motivos más que suficientes, el final de una dictadura tan odiosa como sanguinaria. Hemos visto en innumerables películas a las multitudes rompiendo los parquímetros con bates de béisbol y arrojando a la calle, con una cólera ya no contenida, las ruletas de los casinos arrasados. Nunca tuvo tan cabal significado el manoseado dicho de año nuevo, vida nueva. Todo eran esperanzas justificadas en pos de una vida mejor. ¿Y por qué no? ¿Acaso no era Cuba el segundo país en cuanto a nivel de vida de toda América? El prostíbulo de los gringos. Esa fue una de las ideas más utilizadas por la insurgencia contra Batista. En este caso, tampoco les faltaba razón. En el Museo de la Revolución, ubicado sarcásticamente en el que fuera palacio presidencial durante la denominada dictadura batistiana, se muestran las fotos de algunas supuestas meretrices para apostillar la propaganda contra la indecencia. Lo curioso es que aquellas mujeres no parecían prostitutas. "Podían serlo, pero nadie en la calle lo sabía", me dijo un habanero que vivió los últimos años del antiguo régimen, y que ha sobrevivido, con muchas fatigas, el medio siglo de la nueva etapa que se cumple mañana.
"Cuba, 50 años de perdición", titulaba un periódico español su suplemento dominical sobre lo que había supuesto para ese país cinco décadas de absolutismo castrista, primero con Fidel y desde hace muy poco, y sin ninguno de los cambios apreciables que se esperaban, con su hermano Raúl. Cincuenta años en los que Cuba ha dejado de ser el lupanar de su opulento vecino del norte para convertirse en el burdel de todo el mundo, con la diferencia añadida de que a las jineteras actuales sí se las conoce cuando salen a la calle. Qué más da. Nadie dijo nunca que el comunismo tuviese que ser elegante.
No; no han sido cincuenta años de perdición absoluta. Castro ha conseguido un protagonismo para su país que nunca le hubiese correspondido a Cuba atendiendo a su extensión y número de habitantes. Durante medio siglo, Cuba ha sido uno de los símbolos de la izquierda mundial. La prueba palpable de que David puede enfrentarse a Goliat no sólo en la Biblia. El gigante no ha podido con el pequeño, ciertamente, pero los cubanos han pagado un alto precio a cambio de esta resistencia numantina. ¿Valía la pena? Quizá convendría preguntárselo no sólo a los cientos de personas que días atrás hacían cola frente a la embajada de España para acogerse al nuevo reparto de pasaportes de Zapatero, y también a los dos millones de cubanos que viven desde hace medio siglo en Miami -casi tantos como en La Habana- y, sobre todo, a los otros once millones que todavía no han podido huir del paraíso comunista y caribeño.
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