CUANDO ESTA NOCHE, a las doce, suene en la remodelada y destrozada plaza de España de Santa Cruz de Tenerife el tajaraste del reloj del Palacio Insular tinerfeño, será el momento, quizás, de caer en la cuenta de que lo que se avecina tiene mucho que ver, y será mucho peor, afirman los entendidos, con lo vivido hasta hoy mismo y que guarda una preocupante relación con la incertidumbre (siguiendo los pasos del comunismo, el sistema capitalista fracasó). Esos formidables artistas-responsables que conforman la clase política han dedicado parte de su valioso tiempo a justificar, utilizando la fórmula de incluir balances o mensajes lacrimógenos que nadie entiende ni ya acepta (tal es el grado de inexactitudes -es una expresión menos dura- que suelen utilizar en sus apariciones públicas), aquellas obras que no se han realizado debido a una atrofiada y complicada codificación que enreda a un montón de instituciones. Pero esto no es lo peor. Lo grave se encuentra en las promesas de aquello que queda por hacer en los próximos meses y la contundente decisión política de... terminarlo. La traducción es simple: al finalizar el año que comienza, los compromisos se convertirán en las disculpas para el que viene. Y así, el tiempo transcurre alegremente en los costosos despachos donde lo positivo se convierte en el "leit motiv" de cualquier discurso medianamente bien redactado para, después, ser pésimamente leído. Son días en los que no se tiene ningún sonrojo en acudir a los medios informativos para afirmar que España, Canarias, caminan hacia un horizonte perfectamente nítido donde la claridad será para todos igual. ¿Para todos igual?
Nadie se escandaliza al escuchar que Cataluña, el País Vasco, Galicia, Andalucía o Extremadura son naciones que forman parte de ese Estado de las Autonomías que contempla nuestra Constitución y que todas, algunas bordeando el marco legal, persiguen mayores grados de autogobierno y de relaciones de tú a tú con el Estado. La más mínima crítica, un comentario sesudo, nada ve la luz en los medios que cuestione tales reivindicaciones procedentes de las privilegiadas, concediendo, explícitamente, el plácet a esas apetencias, aunque el Estatuto catalán se haya convertido en el motor de arrastre hacia unos caminos que ya deben definirse como centralistas o federalistas. Lo que el resto de las comunidades no soportamos ni una legislatura más es que siempre, siempre, el Gobierno de España dialogue, principalmente, con el de Cataluña para asuntos de Estado. Y en el fondo no hay más que dos poderosas razones. La primera, la de Madrid, negociación a toda costa, incluso con los independentistas, para conservar el poder. Vergonzoso. Ya lo hicieron con Pujol tanto Felipe González como José María Aznar (este último, el pobre, proclamó que hablaba catalán en privado). La segunda, la de los catalanes que persiguen el autogobierno total y, además, un trato superpreferencial en el reparto de los dineros.
Cuando escribimos estas líneas, el presidente Zapatero ha negociado el modelo de financiación autonómica con la mentada Cataluña, Andalucía (el Per sigue sumando muchos votos), Extremadura (continuación del voto subsidiado), Madrid (Esperanza Aguirre es mucha Esperanza Aguirre), Galicia (los independentistas siguen ayudando a la estabilidad de La Moncloa), Asturias (su occidente se identifica con Galicia), Valencia (idioma y población encima de la mesa)... ¿Y Canarias? Tanto le importa nuestro Archipiélago a Zapatero, como sabemos por aquí, que, producidos los encuentros citados iniciado este artículo, ni siquiera ha convocado a la reunión al presidente de todos los canarios (incluidos godos y conversos). Y esto ya no se puede ni se debe admitir como un error de agenda. Esto es un insulto a una comunidad que debe tener relaciones bilaterales con Madrid como las que existe con la Unión Europea. Ya lo hemos dicho aquí en infinidad de ocasiones. Europa reconoce las especificidades de Canarias. Madrid, no. En la capital de las Españas no quieren saber nada del aumento poblacional desorbitado en nuestra tierra limitada, de la lejanía de la Península, de la cercanía a tierras marroquíes, de las subvenciones al transporte que considere a los canarios iguales a cualquier español continental, de la cogestión en puertos y aeropuertos, y un sinfín de peculiaridades que nos hacen diferentes a, por ejemplo, las gentes de León. El año, en fin, se termina esta noche alejándonos, cada día más, de la metrópoli. Alguna vez tendrán que acabarse estos olvidos y vejaciones.
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