CONCLUYE un año de desazón e incertidumbre, y nos anuncian un 2009 mucho peor donde se alcanzarán los cuatro millones de parados. Si se confirman esos malos presagios tendremos muchos problemas, porque cualquier individuo en paro es un gran dilema para su familia, pero si son dos o tres miembros los que se quedan sin trabajo, ya es una situación grave. Acaba de entrar el invierno, y cuando salga a la luz este comentario, ya habrá pasado la primera parte de las santificadas fiestas de Navidad, por lo que estaremos en disposición de dejar al margen los problemas y evocar con nostalgia o alegría (según se vivan) nuestros recuerdos.
Cuando tenía algo más de cinco años, trasladaron a mi padre a tierras peninsulares, concretamente a Jaén, donde viví hasta aproximadamente la mayoría de edad. Mis recuerdos navideños de esos años están siempre vivos porque hacía mucho frío y un manto de blanca nieve cubría el pueblo. Es muy bonito ver nevar. Frente al Parque de la Victoria, donde residíamos, los copos cubrían las ramas de los árboles, y durante el día, si hacía sol, los chicos salíamos a jugar y divertirnos, o a observar las avefrías, unos pájaros que resistían mucho las bajas temperaturas. Dentro de casa, el día de Nochebuena era un gran trajín, y mis padres se afanaban en preparar la gran y esperada cena para nueve hermanos y algunos agregados del pueblo de mi padre. Torredonjimeno. Cada uno tenía su obligación y era responsable de alguna actividad. La cocina era la habitación más calentita de la casa, se juntaba el calor humano con el de los fuegos del enorme fogón de hierro. Se preparaban los braseros y se ponía en los dormitorios, y mi madre usaba una plancha de hierro que pasaba por las sábanas para calentarlas antes de acostarnos. Después, los braseros se guardaban en la despensa. En la cena de primero siempre se tomaba una taza de caldo de gallina, después comíamos huevos fritos con chorizo de Cantimpalo. También comíamos pescado blanco al alioli, que decoraba con hojas de rábanos, y enormes aceitunas. Alguna vez tocó carne, porque en una ocasión recuerdo ver un pavo pasear por dentro de la casa que, casualmente, el día de Nochebuena desapareció. De postre no faltaban los dulces caseros, algún turrón y siempre sidra para brindar. Aquel menú era un verdadero esfuerzo económico y laborioso para mis padres, y de ahí ha quedado la enorme piña que formamos. Es muy importante mantener unida a la familia. Después de la cena acudíamos a la misa del gallo, y la gente salía a la calle con la zambomba y la pandereta a cantar villancicos. No recuerdo bien la letra, pero sí que mis hermanas le compusieron uno a una tía que se llamaba Juliana.
Rememorando aquellos buenos momentos y habiendo formado cada uno su familia, hermanos y cónyuges nos reunimos para nuestra propia cena navideña, que con el jaleo de reuniones, trabajos o el cuidado de los nietos (los que tienen) se ha convertido en un almuerzo fraternal donde recordamos esos buenos momentos, sentimos nostalgia por los que ya no están entre nosotros, y hablamos de las siguientes generaciones, quienes siguen nuestro ejemplo y también se reúnen para no perder el contacto.
En estas fechas de recogimiento y haciendo balance del año que acaba, recuerdo con tristeza a algunos amigos que partieron: Willy Klein, con quien compartía mi afición a la raqueta; Marcos Pérez-Aldana, un gran señor, inteligente y trabajador; José Antonio Rodríguez Márquez, compañero de veraneos en Las Caletillas; Joaquín Córdoba, afable, luchador y un hombre con un salero especial; y precisamente en estos días se fue un compañero de Las Palmas, Pedro Torres, amante de la música. Mi abrazo afectuoso para sus respectivas familias.
No todo han sido noticias tristes. Hemos recuperado a don Francisco Ayala, entrañable compañero, que ha reiniciado su columna diaria. Felicitaciones para todos, especialmente para esta casa por sus éxitos, y para este 2009 próximo, deseo paz y especialmente salud.
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