PERCIBO y entiendo la vida como un bien absoluto e irrenunciable, pero también frágil, relativo y efímero. Como experiencia única e irrepetible, al menos en este plano existencial y cósmico, su valor es inconmensurable, y se me antoja que nada debe menoscabarla, ni siquiera en su estadio más primitivo o embrionario. Sin ánimo de entrar en connotaciones propias de la fecha, sólo me cabe repetir el mensaje: "Quien salva una vida, salva a la humanidad entera".
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