ENTRE los lectores que me envían mensajes por correo electrónico con cierta asiduidad se encuentra un joven, creo recordar que anda por los 25, de encendidas ideas revolucionarias. Un joven que se considera importante porque acaba de licenciarse en sociología, si bien tiene la deferencia de debatir algunos temas con un periodista a quien estima, intelectualmente, inferior. Aunque eso a mí no me importa porque sus largas cartas son divertidas. En la última arremete contra un programa que dediqué hace poco en EL DÍA Televisión al triunfo de la Revolución cubana, junto a tres colegas. Uno de ellos era Pepe Moreno, el peor parado en las críticas del bisoño e incisivo lector; en cuanto a los otros dos, también periodistas, uno es habanero de nacimiento aunque vive en Tenerife desde hace catorce años, y el tercero realizó su tesis doctoral en Ciencias de la Información precisamente sobre la incidencia de la Revolución castrista en la prensa canaria. Todo esto se dijo en antena, pero el joven sociólogo, acaso cegado por ideas preconcebidas, no se enteró.
Sea como fuese, mientras leía sus diatribas con una sonrisa en los labios, mientras recibía lecciones de "cubanidad", mientras caía en la cuenta de cuán ignorante había sido hasta ese momento por no darme cuenta del ingente beneficio que ha supuesto para los habitantes de la Gran Antilla el triunfo de los barbudos, recordaba las caminatas que me daba entre la casa que tenía alquilada en Vedado -vivía en Paseo, entre 23 y 25, por si a alguien le sirve la referencia-, y Guanabacoa. Supongo que a ningún habanero se le ocurriría una pateada semejante bajo ninguna circunstancia. Incluso una habanera joven hubiese preferido las inevitables metidas de mano en los camellos -una suerte de guaguas arrastradas por la cabeza tractora de un camión- antes que someterse a una fatiga semejante. Más aún: desde Paseo se puede ir hasta el barrio por excelencia de la santería de forma más directa que la elegida por mí habitualmente, pues recorría la calle 23 hasta el Malecón, luego el Malecón hasta el Morro, después la Avenida del Puerto y a continuación Desamparados hasta la barca de Regla. En ese momento salía de La Habana turística y entraba en La Habana habanera; la auténtica, la real.
Una realidad que se hacía más patente cuando cruzaba Regla, ya con andar cansino, en demanda de Guanabacoa. Una fatiga de pies doloridos que suponía la excusa irrefutable para descansar en dos lugares. Uno era una farmacia con estanterías en las que sólo había unos cuantos frascos o frasquitos color ámbar, con algunas píldoras en su interior y una etiqueta de papel escrita a mano indicando el contenido. El otro, una ponchera; un taller donde parcheaban ruedas de coches, motos y bicicletas. Sobre todo de bicicletas. Era imposible no quedarse embelesado viendo como el mecánico conseguía inflar de nuevo un neumático reparado previamente no menos de media docena de veces.
Recordé aquel taller de Regla, negro y mugriento, algún tiempo después en una tienda de bicicletas de Tenerife. "Sigo vendiendo las cajas de parches, pero ya no los pongo", me explicó, presuntuoso, su propietario. Ya entonces Tenerife, Canarias y, en general, toda España, habían dejado atrás la miseria del reaprovechamiento continuo. Ahora éramos ricos y, salvo algún que otro delirante sociólogo de nueva hornada, nadie quería la comunistoide solidaridad de una farmacia semivacía. Pero como los tiempos cambian, leo en un periódico que la venta de piezas de coches en las chatarras ha aumentado un 30 por ciento en las últimas semanas. Y eso, según dice el propio Zapatero, que la crisis y la destrucción de empleo todavía no ha tocado fondo. No quiero ser agorero de mal agüero, pero de aquí a seis meses veo a más de uno, y a más de dos, poniendo parches hasta usados. Lo cual, dicho sea de paso, no nos vendría mal. Despertarse de la pollabobez colectiva en la que habíamos caído siempre es conveniente.
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