"REPRESENTACIÓN democrática y partidos políticos. Distanciamiento, acercamiento y crisis en la relación de sociedad y partido" es el título de la tesina recién defendida en la Universidad de La Laguna por Juan Jorge Iván Pérez Peña, sugestivo trabajo de teoría política sobre la relación de la sociedad con los partidos políticos. Coincido con el autor en que el rechazo o aceptación actual de los ciudadanos a los partidos depende mucho más de la actitud de sus dirigentes o responsables que del partido en sí, más desconocido éste que las personas que lo lideran o representan en organismos e instituciones. Interesantes resultan las cuestiones que aborda porque los partidos políticos son la base de la democracia, y por ello a ésta le conviene y necesita del buen funcionamiento de aquéllos, por lo que son imprescindibles, salvo en el pensamiento anarquista.
Lamentablemente la realidad social vislumbra cierta decepción o desencanto respecto a la esperanza que tiene la ciudadanía de que los partidos políticos le resuelvan sus problemas, lo que se traduce en una bajísima participación de ciudadanos como militantes activos (una microsociedad) y la abstención en las consultas electorales cada vez más preocupante, lo que a priori nos dice que el matrimonio sociedad-política atraviesa una evidente crisis que hay que atender para evitar su divorcio. Se pregunta Iván Pérez si han fracasado o triunfado los partidos políticos como organizaciones, objetos de la lealtad de los ciudadanos, como movilizadores de votos y actores clave en la vida política democrática, para a continuación aseverar que hoy no existen organizaciones sociales capaces de sustituirlos en la práctica política, dedicando una parte del trabajo al antipartidismo (actitud escéptica o incluso hostil hacia el papel, función o funcionamiento de los partidos políticos), criticando más las prácticas partidarias que a los partidos en sí, en lo que estoy de acuerdo, porque son las actitudes y actuaciones de determinados políticos, que no de la política, lo que deteriora el concepto que los ciudadanos tienen de los partidos. Baste fijarnos en el caso de Canarias la cantidad importante de denuncias de corrupción, que aunque no todas, una parte trasciende con frecuencia a la opinión pública, con independencia de la lentitud jurídica para condenar o absolver definitivamente. Y eso que del total de comportamientos corruptos son muy pocos los que se denuncian. Por otro lado, si bien la ciudadanía entiende la legitimidad de la lucha interna y competitividad por alcanzar cuotas de poder dentro de los partidos, sin embargo los escándalos y filtraciones sobre su problemática interna y la alta conflictividad e irregularidades ante los procesos de elección de cargos y candidatos cala cada vez más y cuestiona la democracia interna de los partidos, de tal forma que llegan a convertirse en habituales determinadas prácticas nada democráticas.
Nuestro sistema de partidos es relativamente joven, y no fue hasta 1945 cuando por primera vez los reconocen los textos constitucionales europeos, y en el caso de España hasta la Constitución de 1978 sólo existía el derecho genérico de asociación, y ni siquiera la Constitución de la II República se refiere a los partidos, y sin embargo el artículo 26 de dicha Constitución regulaba las confesiones religiosas, de ahí la importancia del clero en los movimientos ciudadanos. Algunas decisiones, como la autosubida de sueldos por decisión de los propios políticos en determinadas instituciones de Canarias, en ausencia de un ordenamiento superior que lo regule y fije límites, ha contribuido al distanciamiento ciudadano de los políticos, que no de los partidos. También la cada vez más notoria presencia de políticos profesionales, esto es, aquellos que ven en un cargo político su puesto de trabajo, y por ello han vivido o pretenden a toda costa vivir siempre de él, toda una contradicción democrática. Creo que la crisis es de la ciudadanía con determinados políticos, no con los partidos. La palabra la tienen, si quieren, los militantes, que hoy no son inocentes.
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