ESTOY EN UN SIN VIVIR con esto de la lotería. Hoy es el día de los pobres, de los que mantenemos la esperanza en un golpe de suerte, ilusión que se desvanece cuando, a eso de las dos de la tarde, digamos aquello de "ni el reintegro, pero somos afortunados en salud, que es lo importante". Un consuelo falso, el punto y seguido al sueño de un diciembre que termina, con honrosas excepciones, como el rosario de la aurora, aunque aún nos quede la oportunidad de soñar con el sorteo del Niño. Particularmente, me gusta que los premios estén repartidos, que los agraciados sean personas humildes, con necesidades, crispándome leer la noticia de que alguna hoja completa es depositada, de forma aparentemente anónima, en una sucursal bancaria.
Ahora que todos somos laicos, que se convierte en razón de Estado el tener o no un crucifijo en las aulas y que gracias al nuevo Ministerio de Igualdad podemos exigir que el Niño Jesús sea una niña, deberían de eliminarse estas fechas del calendario, pues el concepto de celebración de la Navidad está contaminado y carece de sentido para los que no sean creyentes. La realidad es que esta fecha se ha convertido en una cita con el derroche y el desenfreno, sin atisbo alguno de religiosidad, una responsabilidad que se atribuye a la sociedad de consumo por despojar a las fiestas más entrañables del año de su origen humilde. Son una excusa para hacer obscena exhibición de riqueza, para comer más, disfrutar de vacaciones y recibir regalos de los que nos deben favores, además de obligarnos a educar a nuestros hijos en el consumismo.
Todos nos quejamos de lo escaso de nuestros salarios, pero nos empeñamos en servir en la mesa marisco, cordero, salmón, cava y turrón. Lo hacemos en detrimento de los productos locales, olvidándonos del conejo, el cabrito, el vino tinto, la mistela, los rosquetes y las truchas. Los platos que, junto con el caldo de gallina vieja, las papas negras y la carne mechada, han sido tradicionalmente los protagonistas de la cena de Nochebuena. Da igual que los mayores se queden sin cenar y que acabemos haciendo una tortilla para los más pequeños, lo importante es contar a los amigos que en la mesa pusimos este u otro manjar, aunque no lo hayamos probado en la vida ni sepamos pronunciar su nombre. Es un ejercicio de hipocresía social.
Sigo insistiendo en que la Navidad, con crisis y sin ella, es un puro consumir, ya sea por méritos de un orondo Papá Noel al albur de las sinergias culturales, o por el misterio de los tres Reyes Magos de Oriente. Los niños de diez años piden una playstation; los de quince, un ordenador portátil; el de dieciocho, un coche de gran cilindrada; la nena, unos pechos de silicona, talla 90; el padre, un televisor de plasma, y la mamá se regala esa sortija de brillantes que, por novecientos euros al mes, pagará en cómodas mensualidades. ¿Qué fue de las bicicletas, los balones de fútbol, la cadena de sonido, el abrigo tres cuartos y el detallito de oro?, ¿dónde está el espíritu de la Navidad? Déjenme que les responda, a los primeros se les puede encontrar en los centros comerciales; al segundo, en forma de belén o árbol, en algunos hogares, en las entidades bancarias, en las dependencias oficiales, en los colegios, en los restaurantes, en cualquier lugar en el que se venda algo? Lo que resta de la esencia de la Navidad son luces de colores, villancicos de otras latitudes en el hilo musical de calles y almacenes, colas en los sitios de encargo de las comidas preparadas y familias con quebranto económico por el dispendio de las fechas. Por costumbre algunos asisten a los oficios religiosos y otros pocos practican la solidaridad con los más desfavorecidos. Los más se van de vacaciones y la mitad de los jóvenes no saben lo que se conmemora. Hay una euforia callejera, una alegría fingida que no obedece al anuncio de la buena nueva, el vivir unos días al límite. A esto se ha reducido la Navidad.
No entiendo que se monte el belén por mera costumbre en los edificios públicos, no lo justifico en un país enzarzado en constantes disputas dialécticas entre partidos políticos sobre si dejamos o no los símbolos religiosos. Si se es laico, obviando una tradición de siglos, en la toma de posesión, ¿a qué viene la milonga de mandar una tarjeta en estas fechas con el Misterio del Nacimiento? Y si además uno se jacta en público de no asistir a los cultos significados de la comunidad, haciendo dejación de las obligaciones inherentes al cargo de representar a los vecinos que lo han elegido, ¿cómo acudir, entonces, a inaugurar el belén municipal? También carece de sentido que se ofrezca una cena de Navidad por mero trámite social, llámenla encuentro con profesionales, pago por servicios prestados, ocasión para lanzar un mensaje subliminal, lo que se quiera, pero no lo hagan al amparo de una tradición milenaria que festeja el nacimiento de Jesús.
Si se es laico, se es laico para todo. Hay que ser honesto con los principios, no aceptar reducción de jornada ni días libres si no se está de acuerdo con la celebración, evitando así las posteriores crisis de conciencia y el consumo de antidepresivos. Es triste, pero es lo que queda cuando el hombre se rebela contra las tradiciones y los credos: una inmensa soledad.
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