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Cartas al Director

22/dic/08 07:29
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Decepción, no; indignación

La verdad es que la decisión del nieto de mi amigo de igual nombre, a quien me parece ver todavía asomado los domingos al balcón de su casa de la Rambla, aquella casa con una puerta de entrada preciosa, me ha dejado no frío ni helado, sino más bien más caliente que un potaje de berros hirviendo. Comprendo la indignación del maestro Francisco Ayala, que en plena convalecencia tiene ya fuerzas para decirle cuatro verdades no al pregonero sino al mismísimo alcalde de la ciudad, con este sorpresivo fin de año con que nos ha obsequiado, que el señor es así de atento con sus parroquianos.

Pero no va esta carta de hoy por estos derroteros, no, señor lector, sino por un pequeño lapso de don Francisco en la enumeración de los generales con cuyo nombre les recordaba esta ciudad, pues en la lista de los Franco, Mola, Fanjul, Sanjurjo y Goded que menciona como generales, se le ha colado uno que no lo es, García Morato, quien, que yo recuerde, no pasó de comandante de Aviación, el jefe de aquella escuadrilla García Morato que se cubrió de gloria en nuestra guerra civil, que aprovecharon los de uno y otro bando para que sus aviadores profesionales militares hiciesen aquí sus prácticas previas a la segunda guerra mundial.

García Morato murió luego en accidente de aviación y el recuerdo de su escuadrilla y la célebre cadena (en la que participó mi cuñado Manolo Marañón, si la memoria no me falla, la histórica y la otra) persiste a través de los años.

Y no son todos generales los que ostentan u ostentaban su nombre en las esquinas, sino que vamos desde soldados (Santiago Cuadrado, cerca de la mía, hoy soñolienta) hasta tenientes, como el teniente Martín Bencomo, allá por la Rambla, algunas rebautizadas en ausencia de capellán alguno. Soldado y teniente, las escalas más bajas de clases y oficiales; canarios los dos.

Será curioso observar cómo don Miguel va cargándose uno a uno ese casi centenar de nombres, igual que acaba de desaparecer la última versión ecuestre del llamado "dictador". Vivir para ver.

José María Segovia Cabrera

(Madrid)

Sobra paz o falta gente

En las medianías de nuestro ánimo, acurrucados y temblorosos, se encuentran los miedos, las angustias, las melancolías. Cada cual quiere inventarse una nueva forma de ser o de estar, de afrontar los próximos trescientos sesenta y cinco días. Aquí vamos a cambiarlo todo para que todo siga igual. Atravesaremos el tiempo y el espacio y en ella consideramos el camino recorrido y qué éramos o dónde estábamos antaño.

Vamos despreciando los valores a cambio de fondos de inversión, seguimos adorando al buey Apis y quieren que nos preocupemos por los acontecimientos del vaivén de la llamada crisis. ¿Qué crisis, amigo mío?

Ésta es la crisis diseñada para frenar la inmigración, para evitar el desplazamiento de los pobres a la supervivencia. Ya no es necesario que sigan construyendo muros que alejen a nuestros hermanos pobres. Los que andaban en la raya de la pobreza han caminado a la pobreza con mayúsculas al punto de no retorno, y para ellos sí que hay crisis, sobre todo porque habrá que satisfacer una de las conductas básicas para la supervivencia del ser humano: comer. No siempre podrán. Es muy penoso vivir de la caridad ajena.

Se acabó la codicia por el momento -ya volverá-, la ambición desmedida; los encantadores del dinero les han jugado una mala pasada; nos hemos olvidado de la vieja lección de nuestros padres: "Hay, guarda para cuando no haya".

Nuestros conciudadanos -modernos Ulises- han sucumbido al canto de las sirenas bancarias y es Poseidón, el dios de la crisis, el que les va a castigar de lo lindo. Pero alcanzaremos las playas de Ítaca. Seguro. Volverán tiempos de bonanzas, y reaprenderemos a invertir en los verdaderos valores, a desechar lo superfluo y extinguir de nuestras vidas tan arrogantes niveles de soberbia y exhibición de riqueza dineraria. Hay que acometer los próximos tiempos con renovadas esperanzas, mostrándonos solidarios con nuestros hermanos dolientes, con los que no tienen pan que llevarse a la boca.

La transformación radica en cambios y apuestas por los valores auténticos que mueven al ser humano. Hay que invertir en ellos, son de altísimo interés.

A pesar de las tristezas que se arrinconan en las esquinas de nuestras almas, te convoco a la alegría de los inocentes en estas fechas, a revolcarnos en las arenas de nuestras playas, a descubrir la ilusión de los Reyes Magos, a encender una vela por el recuerdo de los sufrientes, de sus familias y de los que nos precedieron camino a la nueva vida.

En nuestra sociedad occidental hablamos de crisis, ¿y qué diríamos de ese mundo lleno de pobreza que no tiene más obsesión que comer, de ese otro al que me vinculan mis raíces palestinas, que lucha por liberarse de la maldición sionista y se mantiene vivo comiendo cebollas del camino? Tenemos el derecho de la queja aquí y allá pero no cabe duda de que "las penas con pan son menos".

Los hijos de nuestra enamorada Palestina amamos la libertad. Abriremos con nuestros dientes agujeros en el Muro de la Vergüenza. Estamos preparados para ayudar al Mesías a traspasar el puesto de control (check point), que tendrá que sortear exhibiendo su "hawiya", su documento de identidad, ante los soldados judeo-sionistas en Ram-Elias, en el entresijo del alto muro de 720 kilómetros de largo por nueve metros de alto que encierra a los palestinos cristianos y musulmanes.

Llegará a Belén. Se anunciará "paz a la gente de buena voluntad" en Hakelrua, a escasos metros de Beit Sahour, el pueblo de los pastores. Sobra paz y falta gente, gente de buena voluntad, claro.

Haya paz en nuestros corazones.

Carlos Juma

(Ex presidente de la comunidad

palestina en Canarias)

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