LA PRIMERA vez que me acerqué a Valle Gran Rey fue allá por el año 1964 y recuerdo que una de las estampas más inesperadas, gratificantes y que me impactó sobremanera fue el platanal y palmeral rodeando, y a veces incrustado, haciendo cuerpo en esas parcelas perfectamente limitadas y sostenidas por robustos paredones evitando que la inclinación del terreno, escarpado y difícil, no influyera en su derrumbe que eran y son los bancales. Verdaderos monumentos naturales donde están escritas las mejores y a veces más penosas historias del hombre de campo gomero. Allí se percibe la huella del esfuerzo transitando por empinadas laderas que, aunque es un modelo conocido desde los árabes, es el más preclaro referente de subsistencia de la agricultura gomera de Valle Gran Rey y que da luminosidad al espacio con su verdor.
Una vez que el tiempo ha transcurrido y contemplamos esos bancales nos llega al ánimo una cierta preocupación y desazón porque muchos de ellos ya han perdido su productividad agrícola estando yermos; pero lo más significativo y lamentable no es eso; es que gran parte de los paredones están derruidos, y el terreno en vías de desaparición desde La Vizcaína, Lomo Balo, El Retamal, Los Reyes y, más abajo, en las espaldas de la Casa de la Seda.
Se entiende que la agricultura haya dado un paso atrás, ya que el hombre huye del campo buscando metas no tan trabajosas y a veces incomprendidas en el intento de encontrar otras formas menos penosas de subsistencia. Pero aunque así sea, se debería hacer un esfuerzo por rescatar, reponer y adecuar los bancales deteriorados y retrotraerlos a su situación primigenia, ya que forman parte del Parque Rural de la isla y más concretamente del de Valle Gran Rey.
La Gomera tiene 17 espacios definidos con una superficie global de 12.450 hectáreas, lo que quiere decir que una tercera parte de su territorio está bajo protección. Y el Parque Rural de Valle Gran Rey, lo que lo distingue y ennoblece además de las características de elementos geomorfológicos que se entremezclan en el barranco de Guadá, con sus palmerales, es la presencia de los bancales, que son los que dan personalidad al espacio territorial.
Los bancales de Valle Gran Rey constituyen un monumento natural de envergadura y de extraordinaria belleza, enriqueciendo el paisaje con contundencia, y, como tal, es un patrimonio que se debe conservar a toda costa, como cualquier edificio emblemático, sea una catedral, una escultura, que ante un derrumbe inminente y evidente hay que apuntalar para que su huella siga siendo imperecedera en la historia viva de los pueblos.
Por eso, sería deseable que desde el Cabildo y con la interlocución y gestión del Ayuntamiento de Valle Gran Rey, que seguro va a ser así, se ponga en marcha el proyecto de conservar y reiniciar lo que está derruido para que el patrimonio natural del valle no siga deteriorándose y, sobre todo, para que su fisonomía, su cara más amable y característica, no se pierdan en el tiempo y que al final sólo sea el recuerdo de una belleza que se nos ha ido de las manos.
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