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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

22 de diciembre

22/dic/08 07:29
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DURANTE mucho tiempo el 22 de diciembre, con su sorteo especial de la lotería, marcó en España el comienzo de la Navidad. Hoy, huelga decirlo, la fiesta del consumo comienza mucho antes. No voy a entrar en si este año las tiendas están más o menos concurridas, si hay mayor o menor trasiego de personas en las calles comerciales, o si los contratos de temporada están siendo menos que en años anteriores. De eso se lleva hablando mucho tiempo y, desgraciadamente, quizá se seguirá hablando mucho tiempo más.

La lotería. Esa era la clave. En la España franquista, cada 22 de diciembre se quedaban en el bombo grande -el de los números- un montón de ilusiones. Sueños de una vida mejor que para muchos jamás se materializaban. Vanas esperanzas de un país que siempre creyó más en la suerte que en el trabajo; en vivir bien a costa del erario, que de la riqueza generada por uno mismo; en la riada instantánea de dinero antes que en el goteo continuo -como una destiladera- de la tarea cotidiana. Muchas veces me he preguntado por qué también en este aspecto somos diferentes a nuestros vecinos europeos.

Da igual. Lo importante es que la lotería de hoy puede fabricar personas famosas, ricas y acaso también dichosas en pocos segundos; en ese breve lapso en el que un niño canta un número y otro le asigna el premio gordo. Y eso es, como digo, lo que nos vale: el golpe de suerte. En España, trabajar es de tontos. Tanto, que a quien se hace rico con su trabajo, se le mira mal. Incluso se le persigue y se le hace la vida imposible. Llegado el caso, hasta se le mete en la cárcel. La historia, tanto la próxima como la ya algo pretérita, rebosa de ejemplos en este sentido.

Cierto que a millones de españoles hoy no les tocará la lotería. Fugaz desilusión porque pasado mañana será Nochebuena y al día siguiente Navidad. Demasiados banquetes, abundante licor, escandalosa serpentina y atronadores petardos. Lo suficiente de todo, en cualquier caso, para entregarnos a la melancolía. El próximo año tal vez... Hubo un tiempo, cuando trabajaba en las redacciones de los periódicos, en que suspiraba de alivio cuando el gordo caía lejos. El primer premio, el segundo inclusive, en las cercanías del periódico hubiese supuesto una cantidad extra de trabajo. Afortunadamente nunca, durante nada menos que un cuarto de siglo, tuve que entrevistar a un agraciado con el gordo de Navidad.

Desde hace un rato se me está ocurriendo dedicar las últimas líneas del folio a explicar que un sorteo de la lotería, sea el que sea, posee la peor esperanza matemática para el jugador. En pocas palabras, y prescindiendo por completo del rigor que requieren los asuntos del cálculo de probabilidades, el beneficio esperado es muy exiguo en relación con el precio del billete. Aunque eso es secundario en el sentido de que hay asuntos más evidentes con los que también nos adormecen. Hoy son los vuelos de la CIA, mañana un supuesto barrido informático en los ordenadores de La Moncloa para ocultar pruebas de no se sabe qué delito, y a la vuelta de enero, lo que toque.

rpeyt@yahoo.es

 

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