CON el solsticio de invierno nos aproximamos a la noche más larga del año. El frío y la oscuridad nos provocan nostalgia de calor y luminosidad, y añoramos la luz que se antepone a las tinieblas. Hanuka y Navidad son dos celebraciones, que si bien difieren en contenidos y origen, presentan el denominador común del apego a luz y a la fuerza del espíritu que se yergue sobre la materia que invade lo cotidiano. Durante ocho días, a partir de esta noche, en muchos hogares del mundo irradiará miles que serán recuerdo de aquellos milagros de otras épocas, como la de aquel tarro sellado de aceite puro encontrado en el templo de Jerusalem, para su reapertura al culto, hace 2.200 años, que sólo daba para una noche y duró ocho. Así, no es de extrañar, que en determinadas ciudades o urbes compartan espacio un árbol de navidad y un candelabro o hanukia. ¡Felicidades!
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