"LA GENTE no sabe de qué va el rollo". Me lo dijo un camarero hace muchos años para explicarme su manera de actuar en la empresa que lo tenía contratado. Una forma de hablar algo chanflona, no lo niego, pero harto explicativa. Desgraciadamente, hay mucha gente que sigue sin saber de qué va el rollo. Pero no sólo en el comedor de un hotel. También en cualquier aspecto de la vida en tiempos de crisis. Dicen, por ejemplo, que Solbes y Zapatero siguen sin enterarse del mal rollo económico que tenemos encima. Pienso que no es cierto. Más aún: estoy perfectamente convencido de que ambos conocen cuán grave es la situación, aunque callan. Zapatero porque sólo sabe jugar a ventajista político, y Solbes porque Zapatero lo obliga a tener la boca cerrada. Parece, empero, que el ministro de Economía se ha cansado y está dispuesto a marcharse. Ya veremos.
No es preocupante, pese a todo, que un Gobierno sepa de qué va el rollo pero no quiera decirlo. Alarma más que el español medio siga sin enterarse de dónde está. No saben por donde andan, verbigracia, quienes piensan que su casa sigue valiendo lo que ya nadie pagará por ella. Me he llevado las manos a la cabeza al leer un reportaje en un diario nacional sobre las tribulaciones de algunas familias para enajenar su vivienda. O de algunas familias en potencia, pues entre los entrevistados para ilustrar el asunto estaba una ex pareja de novios. Rompieron antes de los esponsales pero después de haberse comprado el adosado. Llevan dos años intentando colocárselo a alguien, cada vez más barato, pero ni así. Los casos de familias consolidadas se me antojaron más dramáticos al enterarme de sus cuitas; congojas que no son esencialmente distintas a las padecidas por los protagonistas del noviazgo fallido, pues inciden, igualmente, en una errónea percepción de la nueva realidad. Otra vez el rollo mal entendido. "Ya no la bajaremos más de precio", decía, con ufana firmeza, un marido de su parienta y padre de su prole. "A partir de marzo, la alquilaremos". O se la comerá usted con papas, como oí que le decía una niña habanera a su madre, con un grácil enfado de cinco años.
Mal que les pese, algunos se van a tener que comer con papas no sólo una casa, que sería lo de menos, sino todo un inconsistente conjunto de ideas acerca de lo que ya no somos; quizá de lo que nunca hemos sido. ¿No comprende usted, señor de donde sea, que su vivienda no vale hoy 500.000 euros aunque usted la comprase hace un par de años por 480.000? ¿No se ha dado cuenta usted de que en un país que ha construido más casas en un año que Italia, Francia y Alemania durante el mismo tiempo, el precio de los inmuebles está hiperinflado?
No sabemos de qué va el rollo. Ese es nuestro principal problema. En caso contrario, no nos hubieran contado tantas trolas durante tanto tiempo y, lo que es peor, encima nos las hemos creído. La gran mentira, sin ir más lejos, de que la enorme deuda adquirida por las familias españolas quedaba sobradamente compensada por el valor de su patrimonio inmobiliario. ¿Qué pasa ahora cuando se está desinflando ese valor?
La aversión a las matemáticas. Esa es otra circunstancia agravante del desdén por el intríngulis del rollo. La aversión, si hemos de ser precisos, por la aritmética de las cuatro reglas. Bastaba sumar, restar, multiplicar y dividir para caer en la cuenta de que algo no iba bien. De que no éramos tontos al comprar una propiedad por el doble, cuando no por el triple, de su valor. Eso se puede hacer, incluso con provecho, cuando uno es consciente de que lo hace. Lo patético es que muchos han comprado a ciegas, convencidos incluso de que sellaban grandes negocios.
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