AUNQUE prometí en mi anterior artículo ocuparme hoy de mi interpretación, hace unas semanas, de la frase que hacía referencia a la falta de sueño y su influencia negativa en los conductores de automóviles, voy a dejar las cosas como están. No veo yo la vida actual como para entrar en discusiones, aunque fueran incruentas.
Debo reconocer que es cierto, certísimo, que varias personas, de diversa edad, se han puesto en contacto conmigo para mostrarme disidencias. Pero yo sigo pensando lo que pensaba entonces: que falta de sueño es no tenerlo. Entiendo, de todos modos, que otras personas sigan creyendo que estoy en un error.
Lo que sí admito como error (mejor dicho: errores y de gran alcance, además) es cuanto apareció escrito en uno de los fragmentos de mi artículo del pasado día 15, en el que debió meterse de refilón un hado maléfico, que hizo de las suyas dejándome en el ridículo más evidente. Porque los asuntos de la concordancia los domina a estas alturas cualquier muchacho de instituto, y yo quedé en la materia a la altura del betún. Vamos a verlo.
Yo había escrito estas palabras: "Resulta la mar de sencillo observar que el paisano de Andrés Chaves y Juan Cruz Ruiz sabe por donde camina , de lo que yo me alegro sinceramente porque, aunque no lo conozco personalmente, lo leo todos los días". Pero he podido ver con sorpresa y desagrado que aparecen en tan breve fragmento nada menos que cuatro errores. Las palabras que destaco en negrilla fueron sustituidas (gracias al hado maléfico que cité anteriormente) por otras expresadas en plural. Y sin venir a cuento, además. Porque yo me refería únicamente a Ricardo Peytaví por haber escrito éste en un reciente artículo "ofendedores impunes", lo que a mí no me parecía correcto. La cita que hacía yo entonces de Andrés Chaves y Juan Cruz Ruiz era simplemente aclaratoria o, como se dice ahora con más elegancia y estilo, coyuntural. Con ella se pretendía únicamente poner de manifiesto que los tres escritores son portuenses.
Pero es que, además, se hacía en los renglones que leí el sábado una afirmación que no es real. Cierto que nunca he tratado a Peytaví; pero he coincidido algunas veces con Juan Cruz y he hablado con él por teléfono. Además he leído en el diario deportivo "AS" sus barcelonísimas crónicas. Sí, sí; he escrito el superlativo barcelonísimas porque el famosísimo novelista, articulista y demás parece sentir más admiración por Guardiola, Messi y Xavi que por Cervantes, Quevedo o Garcilaso.
Ocurre también que Juan Cruz y este modesto servidor fuimos compañeros, hace medio siglo, en las columnas de "Aire Libre", cuando él, con sólo 13 años, era el cronista deportivo más joven de España, mientras yo, que firmaba mis trabajos con los pseudónimos Daute, Tinguaro, Mencey y Espectador, pasaba totalmente desaparecido.
Esto, por lo que respecta al autor de "Crónica de la nada hecha pedazos". Lo de Andrés Chaves es diferente. Nos conocimos hace 40 años, concretamente el día 28 de septiembre de 1968. Esa noche actuó en Garachico el grupo juvenil portuense Cima Club, del que Andrés era, no sé si director o representante: vayan ustedes a saber. Desde entonces acá ha llovido mucho, aunque no tanto como quisieran algunos agricultores. Tengo libros de Andrés y él tiene también algunos míos. Y aunque ustedes no lo crean, todavía no lo he pillado en un lapsus linguae ni en un lapsus cálami, como dicen los cursis. Y es que el bueno de Andrés lee y relee sus artículos antes de enviarlos al periódico para que los impertinentes, los inconformistas y los pejigueras de siempre no tengan que dar tres cuartos al pregonero, como creo que se dice en estos casos.
Observarán ustedes que comencé hablando de pepinos y voy a terminar hablando de calabazas. Y es que cuando a uno lo ronda el Alzheimer suelen pasar estas cosas.
Sólo me queda, a estas alturas, averiguar un detalle que vale por cuatro: ¿fui yo quien escribió plurales por singulares o fue ese hado maléfico que cité antes y en el que creo firmemente porque he visto, a lo largo de mi vida, su obra devastadora y burlona muchas, muchísimas veces? Según el ordenador de Inma, la razón la tengo yo porque la pantalla no miente. (Como el célebre algodón de la tele). Así que no tengo por qué entonar un mea culpa.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD