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LA MEDIA COLUMNA FRANCISCO AYALA

El moro vecino

19/dic/08 07:27
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PARA un servidor, que conoce y ha convivido con el moro marroquí, que creo conocer al presidente del Gobierno español, señor Rodríguez Zapatero, y que conozco a mi pueblo, el resultado de la "cumbre" hispano-marroquí ha sido un acierto indiscutible aunque hace ya años que pensé que, aquí, lo que había que dar es el primer paso.

El primer moro que conocí en mi vida -yo tenía unos cinco o siete años- fue "Farico", un hombre cordial y amable que se alojaba en la Torre del Conde de San Sebastián de La Gomera, la cual limpiaba por encargo del ayuntamiento. "Farico" correspondía a la curiosidad y la admiración del chiquillaje de la Villa, y estos muchachos servimos para acercar al musulmán al pueblo. Porque aquel hombre silencioso de chilaba era una persona como otra al sentir de aquellos vecinos, en los que todo era curiosidad. Ocurrió que, al margen de la espectacularidad de su presencia, nos llegamos a enterar de que "Farico" era un moro culto, un santón que llegó a "declararse" a otra persona culta que residía también en el pueblo. Se trataba de una súbdita alemana, escritora, que residía en la capital de La Gomera, y que le gustaba al moro hasta el punto de pedirla en matrimonio.

Estaba ya lejos el recuerdo infantil de "Farico", cuando llegué al poblado rústico marroquí de Rincón de Merdik, entre Ceuta y Tetuán. En aquella localidad, que ostentaba la distinción de Centro de Cábilas, se asentaba el Regimiento español de Artillería Antiaérea, al que fui destinado como alférez de Artillería de la Milicia Universitaria. Y allí estuve medio año haciendo vida en Rincón, en Ceuta y, sobre todo, en Tetuán, que era la población más importante del que se llamaba Protectorado español sobre Marruecos.

En Tetuán, que era entonces -y espero que siga siéndolo- una bella y monumental ciudad, residían las autoridades marroquíes y españolas del Protectorado en una admirable armonía. Y recuerdo el espectacular paso de los uniformados, de nosotros, ante el Cuartel Central de la Guardia marroquí, cuyo uniforme era muy vistoso. Se cuadraban los soldados y celebraban casi una parada militar. En todo lo demás, empezando por la convivencia, los actos militares y civiles, y hasta la asistencia a los actos típicos moros, todo era familiaridad, cordialidad y un entendimiento que, dada la diversidad de orígenes, era realmente admirable.

Al cabo de los años, si lo que pensé entonces pudiera hacerse posible ahora, habremos dado un gran paso en esta "cumbre" hispano-marroquí.

En cuanto a la salud, con mi reiterada gratitud a tantos amigos, a tantos compañeros y a tantas personas que, lógicamente, me estiman, aquí estamos.

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