EL PRÓXIMO jueves será, D.m., el 25 de diciembre, Navidad, día en que los cristianos celebramos el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios. También cuando nos referimos a la Navidad abarcamos las fechas desde el Adviento (preparación) hasta la fiesta de la Candelaria, 2 de febrero. He leído en varias ocasiones que realmente Jesucristo no nació en esa fecha del año, incluso ni en ese año, sino que la Iglesia lo hizo coincidir con una fiesta pagana, en gran parte para buscar una explicación científica a la aparición de la estrella que guió a los Magos de Oriente. Sin embargo, Benedicto XVI, con su gran solvencia intelectual, cuando aún no era Papa, escribió varios textos dedicados a la Navidad, y de ellos entresacamos el siguiente: "El primero en afirmar que Jesús nació un 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204. También en el evangelio de san Lucas los relatos del nacimiento de san Juan Bautista y de Jesús están referidos uno al otro, presuponiendo el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. Ese día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del templo, introducida en el año 164 de nuestra era por Judas Macabeo, simbolizando así que Jesucristo aparecía como la luz de Dios en la noche invernal, y que la verdadera dedicación del templo era la llegada del Hijo de Dios a la tierra. De todas maneras, la fiesta de la Navidad no adquirió en la cristiandad una forma definida y clara hasta el siglo IV, cuando desplazó a la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz. Donde podemos situar la celebración de forma más parecida a la actualidad es en la Edad Media, siendo san Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al "Dios con nosotros", ayudó a materializar esta festividad con la construcción del Primer Nacimiento.
El evangelio de san Lucas 2,1-14 dice: "En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, que ordenaba hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llego el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: "No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama".
Fue Juan Pablo II, el Grande, el anterior e inolvidable Papa, el atleta de Dios, quien, recordando el sentido de la Navidad, nos explicaba el porqué de los belenes e incluso del árbol de Navidad en nuestras casas. Conviene recordarlo ahora que se cuestiona la colocación de los belenes que antes proliferaban en muchos centros públicos, y en especial en las escuelas. Este año no se ha hablado demasiado, será que ya dan por hecho la no colocación de los mismos. ¡Si quieren quitar hasta el crucifijo, símbolo de amor y reconciliación! El belén nos recuerda el nacimiento de Jesús y fue materializado por primera vez por san Francisco de Asís en Greccio (Italia), afirmando: "Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana"; quien no lo asuma no entrará en el reino de los cielos. Esto es lo que san Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores. Sabemos que indican san José, la Virgen, los pastores, los Reyes Magos de Oriente? ahora bien, el buey y el asno no son simplemente producto de la fantasía piadosa. Gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. En Isaías 1,3 se dice: "Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne". Simbolizan, por tanto, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia constituida por judíos y gentiles (el resto), para que el Niño del pesebre les abra los ojos y reconozcan a su verdadero Dios. En la Edad Media se realizaban estos animales con rostros casi humanos reflejando a los humildes, que son los primeros en abrir los ojos a la verdad.
El abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere, recordando el árbol de la vida, representación de Cristo, supremo don de Dios a la humanidad. El árbol de Navidad, siempre verde si se hace el don, no tanto de las cosas materiales, sino de sí mismo: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca. Contribuyendo así el belén y el árbol de Navidad a facilitar el encuentro de las personas con su Salvador, que, al nacer en Belén, ofreció al hombre de toda época su mensaje de verdad y de amor. Todos los años, en San Pedro del Vaticano se coloca un monumental belén, cubierto hasta que se celebra la Misa del Gallo, el 24 por la noche. El que sí está iluminado y decorado desde antes es el gigantesco abeto de 110 años y 32 metros de altura.
Para los cristianos, el verdadero espíritu de la Navidad debería ser el conmemorar el inmenso amor de Dios que se hizo hombre para salvarnos, naciendo de mujer y en el seno de una familia, en un pesebre de un pueblecito perdido en el mundo.
Volviendo otra vez a Benedicto XVI, nos dijo el 24 de diciembre del 2007: "Jesús ha venido por cada uno de nosotros y Él nos ha hecho hermanos. De ahí el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, derribar barreras y eliminar las contraposiciones que dividen o, peor, enfrentan a las personas, para construir un mundo de justicia y de paz". Este es el mensaje de amor que se quiere transmitir en estas fechas, fechas en que muchos de nuestros hermanos, como hijos de Dios que somos, lo están pasando muy mal, no digamos países como el Congo o Sudán, donde poblaciones enteras se mueren de hambre y son obligadas a dejar sus pocas pertenencias y a emigrar. Debemos ser conscientes y que predominen en estas entrañables fiestas la unión de las familias, una sana alegría y tratar de evitar el lujo y el despilfarro.
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